Dejo un trocito mas para vuestras majestades jejej
Cierta mañana, después de una noche de tempestuoso vicio y en la que creí ver mi cabeza reventar en mil astillas, aparecí por la taberna a intentar matar tamaña resaca hija del diablo y de mil demonios más.
¡Vaya! Pero si es el caballero Don Jaime después de la dura batalla. Aspecto de cansado y derrotado traéis mi señor.
Se oyeron risas de los allí presentes que terminaron por destrozar el poco bienestar del que me sentía capaz.
Rodrigo. Vuestras palabras con cierta sorna e ironía se me hacen y la verdad no estoy para afrontar semejantes lances.
¿Ironía y sorna mi joven caballero? Cuentan (claro que tal vez de relatos de las malas lenguas se trata) que después de los esmerados y cariñosos juegos de una hermosa joven os quedasteis dormido y que tal joven quedó hambrienta de tanta satisfacción que presumís dar.
Nuevas risas atronaron en mi embotada cabeza y una ira como nunca hasta entonces había sentido hizo presa en mi llevando mi enfurecida mano a la empuñadura de mi espada.
¿Dudáis de mi hombría Rodrigo? Juro que vuestras palabras habrán de ser borradas con vuestra propia sangre.
¿Dudar de vuestra hombría con la espada amigo Jaime? Jamás me atrevería a tal duelo.
Sin embargo si tengo un reto que ofreceros y de cuyo resultado depende que las malas lenguas callen para siempre.
¿Las malas lenguas Rodrigo? Las malas lenguas sois vos. Habla y hazlo ya y será mejor que tu propuesta me convenza o juro que no saldréis vivo de este maldito lugar.
Supongo que conoceréis aunque solo sea de pasada claro esta. A Isabela hermosa joven de estos lares.
Si la conozco. ¿Qué pasa con ella? Escupe ya de una maldita vez. Porque vos Rodrigo no habláis ni con mala lengua. Vos escupís como las serpientes envenenado cuanto acontece a vuestro alrededor. ¡Escupe ya! O por mil demonios que sin cabeza os he de dejar.
¡Sosiego Jaime! Sosiego. Que para el reto que os he de plantear tiempo habemos de daros. ¿Qué menos que tiempo nos des para plantearlo?
Como os decía Isabela hermosa joven donde las haya, famosa es por lo impenetrable de su corazón y es ahí donde se os plantea el reto. ¿Que mejor forma de demostrar vuestras dotes de hombre que conquistar lo inconquistable cuan capitán con tan solo cinco hombres o tal vez el solo escala las murallas para así abrir las puertas que llevarán al resto de sus fuerzas a la toma del lugar? En definitiva. Os propongo un juego de astucia e inteligencia frente al consabido dominio de vuestra espada.
Pensativo quedé ante aquella propuesta que hoy no puedo considerar menos que barbarie.
¿Así que esta es vuestra apuesta? Conteste.
¿Apuesta? Yo no hable de apuesta sino de vuestro honor recuperar.
Acepto con una condición.
Vuestra es la palabra don Jaime.
Si venzo en este lance vos os mandareis cortar la lengua para que nunca más un honor se haya de recuperar de vuestros embustes.
Se hizo un silencio ensordecedor en la taberna. Pero yo sabia que Rodrigo habría de aceptar aunque me asía con fuerza desmesurada a su conocida cobardía para no hacer frente a una propuesta que por intuición me sabía perdedor. Pero a Rodrigo le iba en juego la lengua o la vida y para tamaño cobarde mejor vivir callado que no vivir.
Sonó retumbado como mil ecos en las cavernas.
Es justo. Acepto.
Nos veremos Rodrigo.
Deteneos Jaime.
¿Y ahora que mosca os ha picado?
Estaba pensando yo………………
Hablad de una vez.
Pues veréis. No veo justo que su yo pierdo en esta aventura yo haya de pagar un precios y vos ninguno.
¿En que habéis pensado?
Si perdéis vos haréis que os cuelguen del cuello un cartel donde se pregone vuestra impotencia.
Una terrible ira se apodero de mí y a punto de desenvainar mi espada estuve para atravesar de lado a lado a aquél miserable.
¿Por cuánto tiempo habré de llevar dicho cartel?
Por siempre Jaime. Por siempre.
¿Habéis perdido la razón?
Yo mi lengua jamás podré reponer.
Nos veremos.
¡Jaime!
Me di la vuelta con los ojos ensangrentados por el odio y un nuevo y aterrador silencio se hizo en el lugar.
No habéis dado vuestra conformidad al pago.
Rodrigo……….. Os juro que algún día conseguiré que vuestra miserable cobardía os permita batiros a espada.
Acepto.
Salí de la taberna arroyando todo cuanto se me interpuso.
Fustigue a mi caballo como si se tratara del único culpable de todo lo sucedido en la taberna. Lo precipite hacia una carrera sin fin huyendo de aquel lugar.
Esta creo que fue mi primera huida hacia lugares que jamás me pudieron ocultar.
Aquella misma mañana cuando mi caballo ya agonizaba por el esfuerzo de aquella interminable carrera como perseguido por dragones de tres cabezas y por designios no se ya si de Dios del Diablo o del destino se cruzo en mi camino aquella hermosa muchacha que habría de malograr.
Buenos días Isabela. Se vuestro nombre pese a no haber hablado nunca con vos porque hasta el aroma de las flores trasmiten con el viento la dulzura de vuestro ser.
Sois muy amable.
Permitirme que me presente.
No es necesario. Vos sois Jaime hijo de Don Jaime dueño y señor de las tierras del norte por gracia de su majestad y con la bendición de Dios.
¿Puedo preguntar porque me conocéis?
Vuestra fama os antecede. Borracho, holgazán y mujeriego. Eso es lo que de vos trasmite el viento y las flores si así lo queréis.
Habladurías Isabela. Las malas lenguas.
¿Estáis seguro?
Pues claro mujer.
Se me olvido deciros que vuestro aliento y la mugre que lleváis encima dicen lo mismo.
La mugre es por el duro cabalgar del que vengo.
No necesitáis excusaros. Vuestra es la vida que manejáis y solo a vos os compete que hacer con ella. Ahora he de marcharme libre estoy de holgazanear.
Estaba furioso. Mi primer encuentro con Isabela no había echo más que presagiar lo que mi intuición ya me había anunciado. Sin embargo mi furia fue contenida por lo cerca que había estado de algo tan hermoso. Su fresco aroma, su sonrisa, su voz dulce pese a la dureza de sus palabras, su largo y hermoso cabello hondeando al viento, sus ojos llenos de vida.
Subí sobre mi agotada montura y nuevamente lo precipite en una frenética carrera hacía el castillo de mi padre. Pero esta ve no huía. Esta vez ansiaba llegar a casa.
Cuando llegue, entre como exhalación buscando a mi madre al grito de ¡Madre! ¡Madre! ¡Madre!
¿Qué os sucede Jaime? ¿Ocurrió algo grave?
Madre necesito que me prestéis a dos de vuestras doncellas.
¿Y para que necesitáis tal cosa?
Para que me limpien, me laven, borren de mi toda huella de mugre y me perfumen con sabiduría de mujer.
¿No creéis que ya sois mayorcito para tal menester?
Para lavarme si madre. Pero para acicalarme no sabría.
Está bien. Yo os preparare agua caliente para que os lavéis y una vez limpio enviare dos doncellas para arreglaros y cortaros el pelo, rasurar esa barba que tan sucio aspecto os da y perfumaros
Gracias madre. Os quiero.
Leonor.
Decidme Jaime.
He visto a vuestro hijo como alma que lleva el diablo entrar en la casa gritando no se que. Pero seguro que alguna estupidez. ¿Se puede saber que mosca le ha picado?
Tan solo desea lavarse y acicalarse.
¿Y para que semejante memez?
Para lo mismo que deberíais hacerlo vos. Es decir para no oler mal.
Me gusta oler mal. Huelo a hombre, que es como debe de ser.
Quizá sea esa la razón de que solo a vos mismo os gustéis.
Callaos y seguid con vuestros quehaceres. O perderé mi paciencia.
Vos habéis preguntado no yo.
Cierto es que después de aquel baño y acicalado me sentí nuevo. Como si un enorme peso me hubiera quitado de encima. Me sentí más limpio y sano de mente. Como rejuvenecido como si la mugre que llevaba encima hubiera arrastrado consigo toda la inmundicia de mi alma. Me propuse no beber una sola gota de vino, cenar con mesura y retirarme a dormir temprano para con la frescura del nuevo día cabalgar despacio para no levantar polvo que manchara mi nuevo y fresco aspecto.
Fue así como antes de que cántara por primera vez el gallo, partí en busca de no perder mi honor. Porque……….. ¿No vais a decirme vuestro nombre?
Yo no he dicho tal cosa.
¿Qué dijisteis entonces?
¿Recordáis hechos sucedidos ya hace tanto tiempo y no recordáis lo acontecido quizá tan solo hace unos momentos?
¡Momentos! ¿Tan solo mementos han pasado?
¿Intentáis cambiar de tema Don Jaime? ¿Queréis volver a huir? ¿Esta vez hacía que lugar? Dejadlo, es igual tal sitio no existe y no podréis llegar.
Si. Es cierto en busca de no perder mi honor. Porque como ya dije antes yo nunca ame a esa hermosa muchacha. Eso si. La admire. Dios como la admire. ¿Cómo pude ser tan miserable? ¿Tan cobarde? Si existe Dios ¿Por qué no me impidió tal atrocidad?
Busqué a Isabela por los lugares que imagine encontrarla y al fin la hallé.
Buenos días Isabela.
Lo mismo os deseo Jaime. Parece que el nuevo día os dio un nuevo aspecto.
El nuevo día y mi interés por vos.
¿Y cual es vuestro interés por mí? Espero tener derecho a saberlo.
Amor lo llaman mi querida Isabela.
¿Amor Jaime? Esa es una palabra muy amplia y mi corazón ya esta lleno de ella.
¿Quién es el?
Eso no os concierne.
Si me concierne. Pues es un rival en lo que mío ha de ser.
¿De vos he de ser? Vuestro rival no es el. Sino mi corazón y este no empuña espada alguna pues lo que tiene de el es y ni vos ni cien mil hordas más podrán arrebatar de mi corazón lo que ya no es de el. Pues entregado está.
Aquellas palabras sonaron tajantes, fulminantes, irrevocables como la muerte misma.
¿La muerte? Esa era la salvación de mi honor. No mi muerte. Demasiado cobarde para tal cosa. Sino la muerte de el. La muerte del dueño de su corazón. Por un momento vi mi honor salvado. Todo estaba arreglado. La seguiría hasta el encuentro con su galán y cuando se separaran y teniendo como amigas y cómplices las tinieblas en la oscuridad atravesaría con mi espada a quien osaba interponerse en la recuperación de mi honor.
Fue así como con mi nuevo y flamante plan decidí tomar habitación en la posada del lugar. Así podría estar cerca de ella. Estudiar sus costumbres y seguirla llegado el momento.
También decidí que no tenía prisa, pues ni Rodrigo ni los demás dieron plazo alguno para el cumplimiento de tan monstruosa cobardía.
Esa noche decidí matar el tiempo y la impaciencia entregándome a una de mis acostumbradas orgías. Bebí hasta que ya apenas me mantenía en pie. Pague a una ramera y la hice llevarme al lecho y de repente me vi a mí mismo diciendo: Salid de aquí sucia ramera, no servís para nada, no sabéis hacer nada, maldita seas.
Es a vos que no se os pone dura, sois vos el impotente.
Gritaba la muy puta.
Salid de aquí si no queréis que os decapite esa cabeza de mala puta que tenéis.
Que te zurzan maldito cabestro. Ni una catapulta levantaría esa porquería que tienes entre las piernas.
Hacía tiempo que yo notaba en mí aquella falta de virilidad, pero siempre lo achaque al vino y la mala vida. Bueno siempre me puse por excusa estas razones y nunca acudía donde una mujer sin haber bebido pues de lo contrario no habría tenido excusa para ella y sobre todo para mi mismo.
Esta bien si. Te estoy mintiendo.
No Jaime te mientes a ti mismo.
Tienes razón. Bebía antes de cualquier refriego para que ante los demás el vino fuera la excusa de mi impotencia. Pero esta excusa solo sirvió durante algún tiempo y de ahí el reto que el miserable Rodrigo echo sobre mis espaldas. ¡Que estúpido fui! Rodrigo ya sabia que lo tenia ganado y yo que creí saberlo todo caí en la trampa.
No Jaime no fuiste estúpido. Fuiste orgulloso pero ante todo fuiste ignorante.
¿Ignorante? ¿Qué queréis decir?
Que no sabías lo que ahora sabes Jaime. Solo eso.
Como decía hace un rato. Tomo aposento en la aldea y dedique los sucesivos días a la noche de mi refriega con la ramera a espiar paso a paso todos los movimientos de Isabela y tan solo una cosa me llamo la atención des sus costumbres y que me hizo pensar que estaba en el buen camino. Ella todos los atardeceres montaba su precioso corcel blanco y cabalgaba armoniosamente y sin prisas hasta una morada más allá del bosque. Junto al barranco. Una morada humilde, sencilla pero que irradiaba paz, tranquilidad y acogimiento. Isabela estaba preciosa sobre su corcel su pose esbelta y radiante orgullosa de sus pasos. No. Es cierto que no la ame pero es que yo era indigno de amar tanta hermosura.
Como decía este hecho me llamo la atención y como quien no quiere la cosa un día dije: ¡Posadero!
Decidme Don Jaime.
¿Quién habita la morada tras el bosque?
¿Morada tras el bosque mi señor?
Maldita sea no os hagáis el diota ante mi. La morada que esta junto al barranco.
¡Ah! Ya caigo. Decís la morada de Maria.
¿Morada de Maria?
Si Don Jaime. Una mujer hermosa muy hermosa con cierta fama de bruja en el lugar.
¿Y a que es debida esa fama?
No lo se mi señor. Quizá sea a que vive sola. Nunca se le conoció compañía alguna. Se sabe muy poco de ella y por la aldea viene muy poco y cuando lo hace sus palabras son muy escasas.
¿Y dices que es hermosa?
Si muy hermosa. Mujer madura. No es ninguna moza pero quizá también sea por sus poderes de bruja que conserva hermosura y radia juventud.
¿Y decís que nadie más habita la morada?
Nadie de quien se tenga conocimiento mi señor. ¿A que es debido vuestro repentino interés si puedo preguntarlo mi señor?
No. No puedes preguntarlo. Son cosas mías.
Decidí que al día siguiente la seguiría y una vez llegado a la casa del barranco me escondería en la maleza del bosque y cuando las luces del día atenuaran me aproximaría para investigar tal misterio.
Y así lo hice. ¿Cómo habéis dicho que os llamáis?
No lo he dicho Jaime. Continuad por favor.
Está bien. Sois duro de pelar. ¿No os aburrís con tanta monserga?
¿Os habéis aburrido vos en vuestra vida?
¿Siempre respondéis con otra pregunta? No. Aburrirme en mi vida desde luego que no. Me he asqueado eso si y mucho pero aburrir precisamente no.
Ahí tenéis la respuesta a vuestra pregunta.
Entiendo.
Cuando la ocasión fue propicia, me acerque sigilosamente hasta la morada. Con la mala suerte de un ruido improvisado.
Isabela hay alguien fuera.
Maria son los sonidos del bosque. ¿Nunca dejareis de sentir miedo?
Te digo que hay alguien fuera. Voy a mirar.
Como quieras.
Tuve suerte y pude esconderme entre los leños amontonados que servían para el hogar de la morada. Pero mi alma estuvo en un vilo. No se porque me sentí atemorizado y tan solo eran dos mujeres. ¿Qué podía temer aún siendo descubierto?
Tenías razón Isabela. Fueron los sonidos del bosque que me alertaron.
¿Alertar de que Maria? ¿Qué teméis?
Temo por ti Isabela. Mi vida salvo para ti misma poco valor tiene pero si te hicieran daño a ti no podría soportarlo. Ni el mismísimo infierno sería mayor condena que verte sufrir a ti.
Pude asomarme con exhaustivo cuidado a una de las ventanas.
Maria abrázame. Necesito que me ames. Tus caricias. Necesito sentir tu respiración sobre mi piel.
¡Oh Dios! Isabela ¿Por qué? ¿Por qué? Esta condena.
Tú lo dijiste hace tiempo. El amor siempre se cobra un precio pero no es en este en lo que hemos de fijarnos sino por lo que de el hemos obtenido. Y yo Maria solo dicha y felicidad he obtenido.
Si. Pero temo tanto no poder pagar ese precio.
¿Qué precio Maria?
Solo uno temo Isabela. El de verte sufrir. Lo demás aunque con mi vida haya de pagar no me preocupa.
¿No te preocupa? Si pagas con tu vida ¿Crees que yo me quedaría feliz? ¿Qué no sufriría?
No, Isabela sabes que mis palabras no han querido decir tal cosa.
Yo no podía dar crédito a todo lo que estaba oyendo.
Entonces Maria ámame. Tómame en tus brazos y hazme dichosa como tantas y tantas veces. Si algún día somos descubiertas nuestro amor nos protegerá y estoy segura que no habremos de presentar cuenta alguna ante Dios pues no creo que el se pida cuentas así mismo. Él que predico el amor.
Temo tanto por ti Isabela.
Yo temo por las dos.
Y entonces vi la escena de amor más bella que jamás presencie. Se entregaron en cuerpo y alma allí mismo. Rebozo pasión, el ambiente se impregno de dulzura, caricias, entrega total de la una a la otra. Sus caricias eran acompañadas de suaves susurros que apenas el aire podía traerme. El precioso vestido azul de Isabela se deslizo lentamente como las hojas de otoño llevadas por suaves vientos. Su cuerpo allí desnudo, era acariciado con lentitud por los labios de Maria. Como queriendo saborear cada instante. Deseando que aquello no tuviera fin.
Te amo tanto Isabela.
Y yo a ti Maria pero no hables tan solo susurra. Acaríciame con tu voz. Quiero ser tuya. Necesito ser tuya.
Te necesito tanto Isabela.
Ambas nos necesitamos. Jamás fui tan dichosa. Cada caricia tuya me hace depender más y más de ti.
Como digo jamás contemple tan hermosa escena. Me retire casi de inmediato del lugar. Tan sigilosamente como llegue. Yo no tenía ningún derecho a manchar con mi infamia tan bello y dulce lugar. Volví la vista atrás y todo el lugar me asombro por su incomparable belleza. Estoy seguro. Dios habitaba en aquel lugar. Él como dijo Isabela predico amor y nunca presentí tanto amor como en la morada más allá del bosque. Junto al barranco. ¿Que otro lar podía elegir Dios para estar presente?
Cuando me hube alejado lo suficiente para no corromper tanta belleza subí sobre mi montura y lentamente cabalgue. No tenía prisa. Cada imagen, cada palabra que había visto y escuchado recorrían mi mente con exagerada lentitud. Necesitaba revivir cada momento. Aquellos instantes de sosiego, pasión y amor en los que mi alma tanto necesitaba verse inmersa.
De pronto mi cuerpo se vio recorrido por un terrible escalofrío. Tan bellos pensamientos se alejaron de mi como acompasando al trotar de mi caballo y entonces me di cuenta que mi honor estaba perdido. Yo jamás podría atravesar con mi espada a una mujer y menos aún después de la experiencia vivida. Mi flamante plan se venia abajo. No tenía posibilidad alguna de resarcir mi honor. ¡Dios! ¿Por qué? Semejante castigo. ¿Por qué?
Solo me quedaba un camino. Perder mi cobardía y zanjar mi miserable vida que a nadie beneficiaba. Con esta idea hice galopar a mi caballo haciéndole agonizar de nuevo en una nueva y estrepitosa huida.
Cuando por fin llegue al castillo me sentía abatido, hundido, destrozado. Demasiado cobarde para cumplir con mi propia sentencia de muerte.
Caí estrepitosamente sobre un sillón en la sala principal. Quede somnoliento, con la mirada perdida en un terrible vació. No se si pasaron minutos o tal vez horas cuando me despertaron voces provenientes del salón de caballeros. ¡No podía ser! No eran tiempos aquellas fechas para reunión de caballeros.
Me acerque sigilosamente para poder escuchar mejor.
Entre el cortinaje pude ver al caballero que acompañaba a mi padre y no lo podía creer era nada más y nada menos que Don Felipe Del Gran Canal emisario personal de su majestad el rey Jaime mi madre se encontraba presente. Cosa extraña pues nunca a ella le gustaron las reuniones entre caballeros. Sin embargo más tarde pude saber que fue Don Felipe Del Gran Canal quien exigió su presencia allí.
Decidme Don Felipe ¿Cómo se encuentra nuestra amada majestad?
Bien, bien. Como buen soberano responsable de sus dominios y es por ello mismo que estoy aquí pues lamentablemente esta no es una visita de cortesía.
Mi padre se levanto como catapultado.
¿Qué queréis decir Don Felipe? ¿He ofendido yo en algo a nuestro bien amado rey?
No, no en absoluto. Si así fuera me habría presentado con la guardia necesaria para arrestaros. Sentaos y tranquilizaos y sobre todo dejad que termine de deciros las razones de mi visita.
Esta bien Don Felipe. Os ruego perdonéis mi brusquedad.
Mi madre permanecía callada pero sin perder atención a los hechos. Pude intuir que en aquella atención por parte de mi madre había preocupación. La sentí inquieta, nerviosa pero firme sin perder la compostura como había hecho mi padre.
Bien Don Jaime. Como estoy seguro ya sabréis que nuestro estimado soberano está intentando estrechar relaciones con el Santo Padre. Bien sabéis que en los últimos años ha habido por así decirlo ciertas inquietudes y tensiones entre la Santa Madre Iglesia y nuestro reino y no está bien estar a mal con Dios. ¿Lo comprendéis verdad Don Jaime?
Id al grano Don Felipe. Os lo ruego.
Note que mi madre se ponía mas tensa, prestando su mayor agudeza a lo que estaba escuchando.
El caso Don Jaime es que han llegado ciertos rumores a la corte de ciertos hechos que estoy seguro no cuentan con vuestro beneplácito pero son tantos vuestros dominios y preocupaciones que seguro se os han escapado inocentemente.
Por Dios Don Felipe os vuelvo a rogar rapidez en vuestra exposición.
Los rumores son sobre brujería.
En aquellos momentos vi sobresaltarse a mi madre y como el libro que asía en sus manos caía al suelo.
¿Os ocurre algo Leonor? Habéis palidecido. Pregunto y afirmo Don Felipe.
No mi señor Don Felipe. Me he sentido algo indispuesta por un momento pero ya estoy bien.
Prosigamos entonces. Como os decía Don Jaime los rumores son sobre cierta mujer que habita en vuestras tierras. Una tal Maria o algo así, que vive ermitaña desde hace años.
Mi madre palidecía por momentos. Nunca jamás la vi tan indispuesta.
¿Brujería Don Felipe? Jamás permitiría tal infamia en mis tierras.
Lo se, lo se Don Jaime y también lo sabe el rey es por eso que estoy aquí. Para intentar averiguar si a tanta obligación y deber por vuestra parte se le ha podido escapar algo tan importante pero a la vez insignificante en comparación a vuestras obligaciones como fiel servidor de su majestad el rey Jaime.
Aquella era mi oportunidad. De repente vi las puertas de mi salvación. Mi honor estaba salvado. Si Maria e Isabela eran arrestadas por brujería sería condenadas a la hoguera y yo estaría libre para siempre de mi compromiso con Rodrigo.
Don Felipe no veo como tal cosa se ha podido escapar a mi control. Bien sabéis que las gentes viven de rumores cuando no tienen otra cosa a la que atender.
Aquel era el momento de mi entrada triunfal.
¡Padre! ¿Me dais vuestro permiso?
¿Cómo os atrevéis a interrumpir tan importante reunión con el emisario personal de su majestad?
Padre es que es en relación al tema que Don Felipe ha venido a exponer.
Mi madre se levanto como un resorte.
Jaime. Vuestro padre tiene razón. Salid de aquí inmediatamente. Vuestro rango no os permite estar presente en esta reunión.
Fui a darme la vuelta y salir poco menos que corriendo cuando la voz de Don Felipe:
Leonor excusar a vuestro hijo. Es el ímpetu de la juventud. Y por otro lado parece tener algo interesante que decir en relación a las razones de mi visita.
Con vuestro permiso Don Jaime me gustaría oír lo que vuestro hijo tiene que decir.
Ya que Don Felipe así lo desea habla entonces Jaime.
Veréis padre. Don Felipe tiene razón en decir que vuestras obligaciones os mantienen terriblemente ocupado. Y hasta mí al igual que a su majestad el rey Jaime llegaron rumores sobre ciertos actos de brujería en la morada que esta pasado el bosque junto al barranco. Así pues decidí indagar por mí cuenta para salvaguardar vuestra autoridad y control sobre las tierras. Así pues ayer al atardecer decidí espiar los alrededores de esa morada.
Mi madre palidecía por momentos. Creé verla desmayarse en cualquier momento.
Prosigue Jaime.
Si padre. El caso es que con todo sigilo conseguí ver el interior de la casa. ¿Y cual fue mi sorpresa? No una sino dos brujas se entregaban en cuerpo y alma a la lujuria, al pecado ante Dios, blasfemando desnudando sus pecadores cuerpos y entregándose a la más blasfema de las orgías.
Mi padre se levanto enfurecido nunca vi tal odio en sus ojos. Su voz sonó atronadora.
¡A mi la guardia! ¡Maldita sea he dicho que a mi la guardia!
A vuestras ordenes mi señor.
Traedme a esas dos brujas. Traédmelas empaladas y quemadas para que sus sucios cuerpos no manchen mi morada.
Mi madre se levanto con el semblante pálido pero con una voz firme y tajante.
Don Jaime mi señor. No podéis dar tal orden.
¿Cómo habéis dicho Leonor? Pregunto mi padre con los ojos ensangrentados. Por un momento cerré los ojos creyendo que allí mismo y en ese preciso instante mi padre decapitaría a mi madre de un solo tajo.
He dicho que no podéis dar tal orden. Eso sería desobedecer la ley del rey a quien decís amar y servir. La ley de su majestad da derecho a un juicio justo y vos le estaréis desobedeciendo si dais tal orden.
¿Un juicio justo? Esta bien tendrán su juicio. Pero no olvidéis que esas perras han faltado directamente a la ley de Dios y por tanto no es a su majestad a quien corresponde juzgarlas.
¡Guardias!
¿Mi señor?
Arrestar y encarcelar a esas hijas del averno y enviad con cien caballos si es preciso para que no se detenga un emisario en busca del inquisidor.
Mi madre perdió todo color en su piel y nunca vi tamaña tristeza en sus ojos. Mil calvarios sufrió con mi padre pero nunca la vi tan abatida.
¿Vos no tenéis nada que decir Don Felipe? Pregunto mi madre casi en un susurro.
En grave responsabilidad me ponéis Leonor.
La que os corresponde Don Felipe Del Gran Canal. Solo la que os corresponde.
¿Cómo os atrevéis? Vocifero mi padre.
Tranquilizaos Don Jaime. Vuestra esposa tiene razón. Tal responsabilidad me corresponde como máximo representante del rey en esta sala.
Tenéis razón Doña Leonor en vuestro razonamiento y si vuestro marido no llega a rectificar su orden yo mismo habría arrestado a vuestro marido por desobediencia y desacato la las leyes de su majestad. Pero vos habéis sido sabia y con buen tiento le habéis hecho rectificar. Y quiero pensar que consideráis sabia la decisión última de vuestro marido pues con la acción contada por vuestro hijo se ha faltado principalmente a la ley de Dios y por tanto corresponde a los jueces designados por la Santa Madre Iglesia designar un juez que imparta justicia en el nombre de nuestro señor.
¿Puedo considerarlo así Doña Leonor?
Si mi señor Don Felipe. Podéis considerarlo así. Si me lo permitís me gustaría retirarme pues nuevamente me siento indispuesta y me gustaría descansar.
Claro que podéis retiraros Leonor. Espero que descanséis y muy pronto os sintáis repuesta. Deberíais prestar más cuidados a vuestra esposa Don Jaime. Es toda una mujer.
Y también deberíais sentiros orgulloso y satisfecho de vuestro joven hijo. En cuanto os sea posible quiero que lo llevéis a la corte para presentarlo al rey como digno heredero vuestro.
Así se hará Don Felipe. Podéis estar seguro de ello.
Yo no pude menos que salir corriendo a vomitar. Sentí nauseas de mi mismo. Del crimen que acababa de cometer. Mil remordimientos tal vez un millón hicieron presa en mi. Me retorcí, vomite y termine en las gigantescas barricas de la bodega de mi padre. Intentando ahogar aquellas nauseas y remordimientos. Aquél terrible asco que sentí de mi mismo.
Desperté al día siguiente en las bodegas del castillo. Envuelto en mis propios vómitos, mi bilis, apestaba a inmundicia. Me levante como pude y me encamine hacía mis aposentos con la intención de asearme. Entonces vi la puerta de la habitación de mi madre entre abierta.
Madre. ¿Puedo pasar madre?
Pasad Jaime pasad pues ya lo mismo me da tanto si estas como si no estas. Tan solo puedo veros ya como a uno más pues vos mismo habéis arrancado de mi alma vuestra existencia.
¡Madre! ¿Por qué me habláis así? ¿Qué os aflige tanto? Tan solo son dos mujeres endemoniadas y pecadoras a los ojos de Dios.
Mi madre se levanto despacio, lentamente y avanzo hacía mí.
Miradme a los ojos Jaime.
Yo no podía mirarla. Mantenía la cabeza agachada incapaz de alzar los ojos.
Os digo que me miréis a los ojos.
Como pude y con terrible esfuerzo alce la cabeza. Cualquiera que hubiera visto los ojos de mi madre habría dicho sin temor a equivocarse que estaban llenos de odio y necesidad de venganza. Pero yo sabia que no era así yo sabia que aquella mirada clamaba justicia TAN SOLO JUSTICIA.
Entonces pude escuchar el eco de la tremenda bofetada que mi madre me propino. Nunca desde que tengo uso de razón recuerdo que mi madre me alzara la mano. Aquella fue la primer y única vez pero ni un millón de heridas en combate pudieron jamás igualar su dolor.
¿Endemoniadas y pecadoras a los ojos de Dios? ¿Acaso veis a vuestra madre como a tal?
Yo no podía contestar.
Contestad maldita sea contestad.
No madre. A vos no os veo así.
¿A no? ¿Y que os he dado yo sino amor? Crimen del que se les acusa a esas endemoniadas. ¿Decidme?
Madre lo de esas mujeres es pecado y no amor.
Miradme a los ojos Jaime.
Yo temía otra enorme bofetada.
Miradme a los ojos. Os lo ruego
Cuando conseguí alzar los ojos pude escuchar.
Poneos la mano en el corazón y decidme ¿Qué visteis a través de esa ventana?
¡Madre yo…………….
Poneos la mano en el corazón y sin dejad de mirarme decidme que visteis.
Ni una sola palabra pude balbucear. Ni una tan solo.
Lo suponía. Marchaos. Dejadme sola. Necesito descansar y pensar.
Madre……..
Marchaos he dicho. Dejadme sola.
Cuando salí de la habitación en lugar de encaminarme a mis aposentos corrí a las caballerizas, cogí mi montura y llevado por el remordimiento y el dolor de las palabras de mi madre cabalgue y cabalgue buscando un lugar que nunca me habría de ocultar.
Llegue a la aldea con ansias de buscar la taberna cuando sin saber porque escuche una multitud gritando JUSTICIA, JUSTICIA A LA HOGUERA CON ELLAS y entonces recordé. ¡Dios son ellas! Me acerque lo que pude ante tanta multitud gritando y clamando no se sabe que y pude ver a la guardia de mi padre escoltando un carromato enrejado. Y fue cuando las vi. Díos no se parecían casi en nada a las hermosas mujeres que yo vi junto al barranco. Habían sido arrastradas, golpeadas, insultadas. Una tremenda tristeza se apodero de mí. Una angustia que jamás ni aunque un millón de años viviera podré olvidar. Me pareció ver, pero no lo puedo asegurar. Que Isabela me miro. No alcanzo a saber si fue mi imaginación pero creí verla sonriente, tranquila. Quizá asustada. Como con una mezcla de miedo y dicha. A quien si pude ver claramente fue a Maria.