Del rosa al gris amarillento

Los ancianos homosexuales, además de hacer frente a la decadencia física y emocional, deben superar los prejuicios de una sociedad que les margina Si en muchas personas la homosexualidad se sigue sufriendo como un estigma, para los mayores de 50 ó 60 años la herida se acrecienta por el solo hecho de ser mayores. Para ellos la cuestión ya no suele ser salir o no del armario, ni obtener el reconocimiento social y legal de su situación, sino algo más sencillo y dramático: soportar la soledad y vencer el miedo al vacío. Es difícil encontrar estudios fiables sobre vejez y homosexualidad. Los pocos elaborados hasta ahora, más militantes que científicos, ofrecen sin embargo algunas conclusiones dignas de ser consideradas. Se estima, por ejemplo, que en medio siglo serán en el mundo más de doscientos millones los gays y lesbianas mayores. Un número más que suficiente para buscar, con seriedad y sin prejuicios, remedio a ciertos problemas específicos de los ancianos homosexuales. O por lo menos para mentalizarse de su existencia, puesto que hay un extraña propensión a creer que la homosexualidad -la sexualidad, en general- se esfuma a partir de ciertas edades. Y sin embargo en este periodo de la existencia, donde las goteras físicas, mentales y emocionales se suceden unas a otras, la orientación sexual del individuo puede constituir un factor que influya de forma determinante en su calidad de vida. En especial cuando es fuente de discriminación social añadida a la que ya de por sí sufren todos los ancianos por el hecho de serlo en una sociedad que exalta los modelos asociados con la plenitud física, con la hiperactividad y con la juventud. Un ejemplo elocuente lo ofrece la cuestión de las residencias para mayores, que ha saltado a la palestra en los últimos años por efecto de algunas iniciativas innovadoras en este terreno. A los mayores homosexuales alojados en establecimientos ordinarios no se les autorizaba a compartir habitación con sus parejas -al contrario que otros matrimonios o parejas heterosexuales-, ni siquiera tras largo tiempo de convivencia. A esta interdicción se le añadía un sinnúmero de barreras emocionales y psicológicas que les conminaban a ocultar su orientación y reprimir cualquier manifestación de afectividad en una edad en la que los afectos son tal vez lo más necesario. Marcas de la vejez Eso condujo a que en diversos lugares del mundo se proyectaran residencias de mayores específicas para los denominados 'colectivos GLBT' (es decir, gays, lesbianas, bisexuales y transexuales). Curiosamente, fue en el seno de estas mismas colectividades donde se manifestaron algunos de los mayores rechazos a tales iniciativas. Para unos eran reprobables porque consagraban guetos y en consecuencia daban carta de marginalidad a las opciones sexuales diferentes. Otros las consideraban innecesarias o preferían dar la espalda al asunto: de nuevo el tabú de las relaciones sexuales entre ancianos se imponía sobre la evidencia. La discriminación de los mayores no heterosexuales proviene, pues, de un doble frente. A la reprobación social que aún pesa sobre todo lo distinto se añade la incomprensión de aquellos mismos que, en virtud de su propia opción sexual, deberían manifestarse más sensibles ante el problema. Es aquí donde con frecuencia -no por norma, afortunadamente- emergen los peores hábitos de unas colectividades no necesariamente ejemplares por el hecho de estar necesitadas de atenciones y ser acreedoras de derechos negados o escatimados. Tal vez la homosexualidad (más la masculina que la femenina) ha privilegiado en exceso el valor de lo corporal, tanto estética como sexualmente, sin darse cuenta de que con ello dejaba desprotegidos a quienes, por mucho que tratasen de alargar su lozanía -patéticamente, en ocasiones-, tarde o temprano iban a encontrar las marcas de la vejez en el espejo. La sociedad gay no es ajena a los mitos negativos sobre la edad avanzada que rigen en todos los ámbitos sociales. Ocurre así que el drama de la diferencia sexual toma un derrotero cíclico: es vivido traumáticamente en la adolescencia, resuelto o aplacado con más o menos fortuna a partir de la juventud y en la madurez, pero vuelto a encontrar en la vejez, y esta vez con su rostro más fiero. Al parecer la crisis de la decadencia es vivida con menos dolor por las mujeres lesbianas que por los hombres gays, tal vez debido a su mejor capacidad de adaptación y a una cierta facilidad para establecer o mantener relaciones admitidas por el entorno, cosa que en los hombres ocurre con menor frecuencia. Por suerte, las generaciones de veinteañeros y treintañeros que ahora admiten su condición con naturalidad y se han ganado el reconocimiento social al tiempo que empiezan a recibir los frutos de la lucha por la igualdad legal encontrarán en el futuro menos problemas. A nadie se le ocurrirá apartarles de otra persona que ha sido su pareja visible durante muchos años. No tendrán que ocultar sus manifestaciones de afecto hacia los seres queridos, independientemente del sexo de éstos, ni sufrirán en silencio la angustia de una soledad provocada por el vacío de la falta de familia o, peor aún, por el vacío de una familia que se avergüenza de ellos. Pero eso ocurrirá en el futuro. En el presente, el aislamiento, la frustración y la depresión son la única compañía de muchas personas doblemente apartadas: por ancianas y por diferentes.

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