quienes me conocéis ya lo sabéis, y en el caso de las personas que no, basta con que leáis los datos de mi perfil que se muestran bajo mi avatar.
Estoy hablando de mi edad. 29 años.
Algunas personas me llaman jovenzuelo imberbe, mientras que otras ya me tratan de usted por rondar peligrosamente la treintena.
Pero ahora no quiero hablar de eso, y tan solo lo comento para facilitar una composición de lugar acerca de aquello de lo que quiero hablar.
Y quiero hablar de los recuerdos.
Mi oficina se encuentra a menos de cien metros de la casa en la que me crié, y muchas veces, al salir a la calle, no me cuesta imaginarme a mí mismo correteando arriba y abajo, jugando con los compañeros del colegio, corriendo a casa porque se había hecho tarde y aún tenía que hacer los deberes (en eso no he cambiado). Y me paro a pensar en el tiempo y, sobre todo, en las cosas que han pasado desde entonces.
Ahora soy mayor, me he convertido, casi a golpe de traición, en un adulto que va atrabajar todos los días. Un adulto de esos con los que me tropezaba cuando corría por la misma calle que hoy tengo que recorrer para ir al trabajo.
Lo que fue mi colegio hoy es una residencia de ancianos. Parece un mal chiste en el que mi colegio ha envejecido todavía más que yo.
Veo la cafetería a la que acudían muchas de nuestras madres a desayunar tras dejarnos en la puerta del colegio. Y hoy soy yo quien, de cuando en cuando, desayuno allí. Las dos tiendas en las que podíamos comprar bollos y chucherías desaparecieron a la sombra del colegio. Ya no hay tantos niños correteando por mi antigua calle, ni tanto ruido, ni procesiones de uniformes grises (nosotros) y de cuadros (ellas) los jueves para ir a misa o al parque sindical.
Hace más de veinte años. Y todo se ha seguido moviendo. Aunque algunas cosas todavía son iguales. El portal de mi antigua casa no ha cambiado en nada. Sigue siendo exactamente igual. Hace tiempo que no me asomo furtivamente cuando el portero no mira, para comprobar que todo en su interior sigue igual.
Seguro que el patio del edificio, que solo era accesible desde mi casa, sigue estando igual. Seguro que siguen ahí las cuerdas de tender la ropa que, a veces y con esa maldad sin mala intención que tienen los niños, quemaba, observando extasiado como se quemaban.
¿Que pasaría si un día entrara en ese portal? A veces me da la impresión de que sería como cerrar un círculo que, de repente, se dibujo en mi mente cuando mi empresa se mudo a las nuevas oficinas. Me imagino que un día salgo de trabajar, entro por el portal, subo corriendo las escaleras, llamo a la puerta, y ahí está mi madre que ya ha preparado la merienda, y miro el espejo que había en el recibidor y me veo hace veinte años, siendo de nuevo el niño que admiraba a los adultos que pasaban por mi calle para ir a trabajar, y no el adulto que envidia a los niños a los que ve por su calle cuando va a trabajar.
Un beso,
David.

..en finss, todo se sigue moviendo incluso nosotr@s aunque no nos demos cuenta de ello.

igesis ---> el petonety delfín sick.giflly