Esperar sentados

La Iglesia católica deberá tarde o temprano revisar y replantear cuando menos algunos de sus principios y lo mismo ocurrirá con los diputados y senadores de este país con relación al tema de la homosexualidad, en particular aquello que se refiere al reconocimiento de los matrimonios, entre otros aspectos de la vida cotidiana. Los legisladores lo harán antes que obispos y cardenales y fuera de tiempo, cuando la mitad del mundo civilizado y abierto haya reconocido que homosexuales y lesbianas deben tener los mismos derechos y obligaciones que los heterosexuales y que considerarlo de otra forma es una manera de discriminar a este grupo social. Con la Iglesia los cambios siempre son más lentos, debido en gran medida a su tozudez por aceptar que el mundo ha cambiado y que no se puede seguir con las ideas y principios del siglo antepasado. Hace poco tiempo, el militante gay Miquel A. Fernández García escribía que: “No debe sorprendernos que la Iglesia católica considere la práctica de la homosexualidad como actos intrínsecamente desordenados o contrarios a la ley moral natural, pues la misma consideración le merece el uso del preservativo, las relaciones sexuales prematrimoniales o extramaritales, el uso de anticonceptivos, el divorcio... y un largo etcétera de prácticas y costumbres sexuales”. No todas las Iglesias del mundo son cerradas a su entorno. Hace poco, el nombramiento de un obispo abiertamente homosexual en otra Iglesia generó cierto descontento dentro de la misma grey pero, no obstante, se nombró al obispo. Éste es ya reconocido dentro de su comunidad y de este modo acabaron con el mundo de las simulaciones, en contraposición a la Iglesia de Roma. El recién nombrado presidente de la Conferencia del Episcopado Mexicano, José Guadalupe Martín Rábago, afirmó recientemente que: “Los homosexuales no son candidatos idóneos para el sacerdocio... ciertamente las normas de formación humana en los seminarios prevé que se utilicen todos los recursos que se tienen a disposición para poder detectar a tiempo alguna desviación en este sentido, y cuando es el caso, ayudar a superarla”. Y ya para culminar la perla de declaración, dijo que si son declaradamente gays, habría que despedirlos. Estas declaraciones del prelado no sorprenden (al revés, la conmoción sería que señalara lo contrario), pero muestran un tufo de Inquisición, una idea de que el pasado está instalado en el cerebro de los representantes de la Iglesia católica. Incluso la utilización que hace, de manera explícita, del término “desviación”, es a estas alturas del siglo XXI, políticamente incorrecta. Por otro lado, los diputados del DF, llamados en la ciudad de México asambleístas, vetaron la ley de convivencia que podría aceptarse en la legislación pasada. Era un principio nimio pero importante, de buscar la regulación, aceptación y sobre todo, reconocimiento de las parejas homosexuales y otras, pero la pichicatez de nuestros legisladores no les permitió votar a favor, entre otras razones, supongo, por el susto de que, como enfermedad, se les pudiera contagiar la opción por la persona del sexo opuesto. Y mientras obispos, arzobispos y sacerdotes, diputados y senadores locales y federales se niegan a reconocer a las parejas homosexuales, en el mundo civilizado, moderno, tolerante, democrático, cada vez se hace mayor énfasis en el reconocimiento de los derechos de todos, independientemente de su opción sexual, raza, género o lo que sea. En este contexto, un país tan contradictorio como Estados Unidos, que en ciertos aspectos es muy liberal y en otros muy conservador, acaba de aprobar, en uno de los estados de la unión americana, Massachussets, el matrimonio para homosexuales y lesbianas. Habrá que esperar sentados, para no cansarnos, para ver en qué momento los legisladores mexicanos dejan de ser pueblerinos, es decir, dejan de ver más allá de su pequeño mundo donde sólo ellos caben. De la Iglesia católica mejor ni esperar.

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