¡Gracias, muchas gracias a Isabela y Angelina, y también al resto de lectoras/es del presente teatrillo! Mercè, dilette amice!
Sabido es que la historia de las personas es así mismo la historia de sus pasiones; no sé quien fue el pájaro que emitió tal sentencia pero bueno, poco importa. El hecho es que, por muy raro que parezca, también puede amarse muy vehementemente aun cuando se carezca del órgano físico que precisamente se encarga de recibir placer... ¿No era acaso Beethoven sordo? ¿Y Cervantes manco? Pues eso.
Bien, pues el telón se alza ya y nos hallamos ante el
PRIMER ACTO
"El súcubo"
Pues nos encontramos, como ya dije, a principios de los años ochenta; Alfonsín es presidente de Argentina y el grupo de pop Mecano arrasa en las discotecas con sus éxitos para adolescentes (luego se volverían algo más comprometidos, pero como ya sabréis, todo resultó un puro ejercicio de márqueting).
Una servidora acababa de finalizar la hoy extinguida E.G.B. (creo, Angelina, que tú y yo somos más o menos de la misma quinta) y se le buscó, con toda la buena fe del mundo, un instituto que atendiera a los dictados de la moral más pía y de la educación más recta. No por nada en especial (mis padres no son especialmente creyentes), pero supusieron que en un ambiente espiritualmente calmo afrontaría más serenamente la dura prueba de salud (ya comentada) que la Providencia había tenido a bien (o mal) enviarme. En suma, creyeron que una institución religiosa sería la mejor manera de sentirme arropada, pero, como pude comprobar más adelante, no forzosamente funcionan las cosas así en la práctica.
Pues resultó que entré con casi quince añitos a labrarme un futuro que ya argüía más de letras que de ciencias, y he aquí que me enfrentaba a mi primer día de 1º de B.U.P. (¡qué lejano resulta aquello!) y he aquí que Cupido travieso comienza a hacer de las suyas precisamente cuando no debía... Una bella ninfa, de mi misma edad, de cabellos rizados, de sonrisa infantil y franca, de ojos verde claro y voz muy musical, llamémosla C., tropezó conmigo en la entrada al primer día de clase.
La turbación que experimenté en ese momento pudo muy bien ser disimulada con el desconcierto propio de quien acude por primera vez a un sitio y se siente completamente despistado. Toda amabilidad, C., quien había tomado mi torpeza y mi confusión por el ajetreo propio de una buena chica que quiere cumplir con su deber de puntualidad, se ofreció para hacer de cicerone y mostrarme, en momento más propicio (pongamos la hora del recreo) las instalaciones y los departamentos del edificio.
A todo esto, me había fijado en su estatura, de un encantador metro sesenta, muy similar a la mía, y al arrobador detalle de sus angelicales labios carnosos, de un color caramelo de fresa que no necesitaban (paradójicamente a la mayoría de las féminas mortales) de barra labial alguna que resaltara sus encantos.
Tras aquel día no dejé de pensar un instante en ella... Aunque en los momentos de mayor cordura me decía a mí misma que debía soportar el infierno de estar un año en el mismo aula que ella y no poder declararle mis sentimientos... Decididamente, resistiría; acallaría mi corazón para que la razón, solícita, tomara la palabra en todo momento.
A fin de cuentas, nueve meses (si no contamos las vacaciones) pasan rápido. Pero con lo que no contaba es que el destino volvería a jugarme una mala pasada: tenía quince años y un grave problema de criptorquidia que hacía que mi voz se engrosara, mi rostro se llenara de acné juvenil y mis facciones comenzaran a ensombrecerse levemente con un manto de rubio vello facial que denotaba un complicadillo paso de la última infancia a la más brutal y descarnada adolescencia... Hoy casi me río al acordarme, pero os aseguro que fue un infierno no haber contado en su día con un apoyo psicológico que me ayudase a sobrellevar una cruz que difícilmente soportaría alguien que, como quien dice, hacía dos días que había dejado atrás los juegos de patio con los demás niños. Este cáliz, por más que pudiera suplicar a mis diosas, no pasaba de largo... Al menos por esta vez.
El destino avieso y atravesado, me había echado también en manos de la diosa Fortuna, pues a nuestra clase se le ocurrió, llegadas (más o menos) las calendas de Halloween, jugar al juego de la amiga invisible (supongo que lo conocéis ya, por lo que no me extenderé en explicaciones).
Éramos treinta y dos alumnas, sin contar (pese a que también participaba) a la profesora, una dura, pero considerada religiosa que nos impartía clases de lengua y literatura española. De los treinta y tres papelitos con el nombre de cada una mezclados al azar, resultó que...
Bueno, por ahora resulta que me voy a cenar porque se hace tarde. Os propongo que hagáis cábalas acerca de lo que va a acontecer.
Espero que os esté gustando mi relato y el ritmo de cierto suspense
que trato (con peor que mejor fortuna) de imprimirle.
Kisses for all.