
...pero qué pasa??? aquí está todo el mundo de vacas (ay perdón guada

) vacaciones o qué???...bueno yo sigo...
VIII. LA ENFERMEDAD. Era un fin de semana en el que Ella no había podido venir al pueblo. Su hermana pequeña se casaba el sábado. Me dijo que si podía subiría el domingo pero yo le dije que no se preocupara, que ya nos veríamos.
De hecho, me había invitado a la boda, sí, como su pareja. Hacía seis años que salíamos, las dos éramos adultas, pero sus padres no habían aprobado nunca nuestra relación, y sus hermanas, aunque decían que nos aceptaban, pienso yo, que, realmente, no entendían nada de nada, y decían que sí por no herirla, pues la querían mucho.
De hecho, vuelvo a repetirme, ya me había invitado a la boda de su hermana mayor hacía un par de años, y sí, fui, pero lo pasamos realmente mal. Las dos. Por su parte no sabía cómo presentarme a los amigos y familiares: una amiga, su amiga, su novia, su compañera...Yo lo entendía, era una situación complicada, demasiados prejuicios, no podía decir de repente, delante de parientes que hacía años que no veía:
- Hola, soy lesbiana y esta es mi novia!
Por otro lado notamos que todo el mundo lo sabía y rumoreaba.
Yo no sufrí tanto por mi como por Ella. Al fin y al cabo no eran mis parientes, pero Ella, más joven, todavía no se había enfrentado a la crueldad de la gente y ahora lo estaba palpando.
Ahora quería ahorrarle que volviera a sufrir. Prefería que pensaran que había estado una locura más de la "locatis de la sobrinita que quiere ser actriz".
No le pregunté nunca qué dijo cuándo le peguntaron por su novia (cosa segura por otro lado), ni nunca Ella sacó el tema. Era mejor así. Vivir nuestro amor nosotras solas o delante de quien nos aceptase. Para los demás podíamos ser unas muy buenas amigas.
De cara al pueblo era lo que pasaba. Imagino que debían mal pensar. Pero yo era la maestra del pueblo y para todos éramos dos buenas amigas que se conocieron hacía seis años cuando la tormenta de nieve. Dos buenas amigas capaces de sacrificarse la una por la otra como se demostró, un gesto que el pueblo acogió con tanta admiración que hasta los mal malpensados lo dejaron de ser, sospesando más la buena acción que las " porquerías " (según me habían llegado rumores) que solíamos hacer.
Es aquí cuando entra el tema de la enfermedad. El fin de semana se presentaba aburrido. Ella, como ya he explicado, no vendría. Yo no sabía qué hacer. Permanecí por casa todo el sábado. Pero por la noche me apeteció ir al cine. Al cine teníamos que ir al pueblo vecino, más grande y poblado.
La película estuvo bien: una chica muerta en el bosque que resulta no ser tal chica, una guardia civil que lo sabe todo...en fin, un especie de thriller a la catalana. La chica de la película me recordó a Ella. Disfruté con esta pequeña coincidencia.
Al volver estaba muy oscuro. Yo no iba muy deprisa, pero en una curva de la carretera apareció una moto embalada, y para poder esquivarla, giré con golpe de volante con la mala suerte de irme a topar contra un árbol. No fue un golpe muy fuerte, el coche, a pesar del susto, volvió a arrancar. La moto continuó sin darse cuenta de nada.
De momento me encontraba bien y conduje hasta casa pasando primero por el dispensario del pueblo. Quería que me mirara el médico porque notaba una molestia en la espalda. Me dio un calmante y me dijo que me hiciera radiografías.
Pasados unos días conocí los resultados. El golpe en sí no había sido nada pero desencadenó algo que tarde o temprano se iba a desarrollar: cáncer de huesos.
No me lo podía creer, yo enferma, una mujer que siempre había estado sana y fuerte.
Estuve quince días sin poderlo asumir y sin querer ver a nadie ni siquiera a Ella:
- No, no subas, tengo mucho trabajo y no podré estar por ti...
- Bajas esta semana a la ciudad?
- No, no puedo, ya sabes, el trabajo...
El tercer fin de semana no se lo creyó más:
- A ti te pasa algo.
Y sin esperar respuesta vino a verme