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carr #41
La rosa granate

Junto a la ventana del regio aposento, la princesa Aiglentine hila hebras de oro y seda mientras la reina y las señoras bordan cruces en el lábaro real. Las manos de Aiglentine se enredan entre los hilos y su mirada viajera vuela por los caminos imposibles en busca del amado Henri, el príncipe extranjero que un día se hizo dueño de su corazón. Como si le hubieran crecido alas y no encontraran donde posarse.

El mensajero había partido un amanecer para unirse a la comitiva que acompañaba al rey. Aiglentine deslizó su carta entre los pliegues del manto que cubría sus espaldas y con ojos suplicantes le rogó se la entregara a Henri. El mensajero no supo negarse. Desde entonces, Aiglentine aguarda la respuesta entre sus días largos, porque el tiempo de la espera anda por senderos distintos del tiempo marcado por el sol o medido en las clepsidras.

"Amor de país extranjero,

mi corazón sorprendisteis y atasteis..."

cantan la reina y las señoras.

El pensamiento de Aiglentine cabalga por caminos de sombra junto con las letras de la misiva que lleva el mensajero. Y su corazón abraza con ternura al amado Henri. "Los mensajes debieran llegar siempre a destino, medita Aiglentine, más allá de las palabras escritas o pronunciadas. Con toda la fuerza de la desesperación, pero en silencio. Desde la intimidad de la espera hasta los remansos del encanto."

La reina y las señoras tejen y siguen cantando sus romances:

"Quien por amor sufre dolor y pena

bien debe estar ya cerca del gozo..."

Aiglentine calla y llora en silencio. El día de la partida, Henri se apartó por un momento de la comitiva y se acercó al pie de la escalinata donde ella, junto a una columna, contemplaba triste los preparativos. Y no menos triste quedó cuando Henri dejaba en sus manos un pequeño talismán de oro con una rosa granate. Aiglentine vio en la joya un brillo de amor encendido y, en medio, una palpitante gota de sangre. Renovaron su promesa de amor y se dijeron adiós.

"Cuán dulce es el nombre del amor,

de él no esperaba recibir pena..."

Aiglentine recuerda aquel día de mayo, cuando la primavera les invitaba a ser felices junto a la fuente. Él le ofreció un ramo de violetas. Ella recogió agua con sus manos y le dio de beber. Luego se abrazaron y, sin saber por qué, lloraron de amor bajo la enramada. El ruiseñor cantaba...

"Cuán placenteros son los males

que se sufren por buen amor..."

cantan la reina y las señoras mientras tejen con hilos de oro y seda las cruces del lábaro real. Aiglentine, con sus manos y sus lágrimas, también teje dentro de su alma un canto de amor desesperado. Y una gota de sangre cae entre los hilos que hila con recuerdos amorosos.

Las noticias no llegan, pero un fulgor de sangre tiñe el río que baja de la montaña lejana y se pierde en el horizonte. Una herida se abre en la luz de la tarde declinante. Los fulgores que invaden el paisaje se van apagando y traen a las manos de Aiglentine un ramo de violetas.

"Sopla el aire y agita las ramas:

los que se aman duermen dulcemente..."

La reina y las señoras ven consternadas como Aiglentine cae desfallecida. Pronto llegarán las noticias. Los ejércitos reales han vencido al enemigo, pero en el campo de batalla yacen muertos o malheridos algunos de los mejores caballeros. Entre ellos, Henri, que se desangra lejos de su tierra con el nombre de Aiglentine entre sus labios. Ella, postrada en su lecho de princesa, se niega a seguir viviendo. Henri ha muerto.

La reina y las señoras, durante mucho tiempo, continuaron tejiendo sus telas y cantando romances de amor. Tristes romances de amor. Y descubrieron que, desde entonces, en el centro de cada cruz bordada de oro y seda aparecía una diminuta rosa granate, como una gota de sangre, mientras se oía el rumor de una fuente. El ruiseñor cantaba...

Teresa Martín Taffarel

SIN PALABRAS

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Nunca te sientas solo, siempre hay una soledad esperando por la tuya para que las dos se acompañen. MI SOLEDAD TIENE COMPAÑIA
carr #42
Un día cualquiera

No recuerdo qué día es. Sólo compruebo que es un día soleado, y parece que también apacible. No siento ninguno de los ruidos habituales en la calle. ¿Será domingo?

Hoy me levanté más temprano que de costumbre, al punto que me queda en una zona incierta precisar la hora en que me fui a la cama. Tal vez ni siquiera me acosté. Dispuesto a seguir mi ritmo habitual, preparé mi desayuno como siempre. Lo consumí con lentitud, pero reconozco que quizá con más lentitud que la acostumbrada. Acaso, supongo, no saber qué día es distorsiona mi percepción del tiempo. El cucú de la sala se niega a moverse y el reloj despertador simula estar de vacaciones, porque la batería se la cambié hace apenas una semana. Si mal no recuerdo.

Lo curioso es que el calendario de la cocina no está en su sitio; tampoco el de la mesa de trabajo. Los canales de televisión parecen estar de acuerdo en omitir cualquier dato de fecha y hora, lo mismo pasa con las emisoras radiales. Estuve durante un rato esperando detectar la fecha en algún momento o, al menos, la hora. Pero mi paciencia tiene un límite: todas las noticias me resultan hartamente conocidas y me cansa adivinar fácilmente la música que trasmiten.

Pero lo más curioso sucedió hace un instante cuando entré al baño: el espejo no me refleja. Yo lo veo como siempre. Conste: no es un problema de la vista. Sin hacerme más líos, he decidido que hay que cambiar el espejo, comprar una batería para el despertador, llevar el cucú al taller, conseguir otro calendario y, de paso, averiguar la fecha. Pero hay un detalle: no encuentro la puerta para salir de mi casa y hasta tengo el pálpito que comienza a serme desconocida esta casa.

Presiento que será un día agotador; sólo espero no acordarme que debo ir a la oficina. Eso complicaría todo, obviamente.

Rosa Elvira Pelaez

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carr #43
Casa segura

Construyó una casa segura. La hizo de piedra y hierro. En las ventanas puso gruesos barrotes y en la puerta cerraduras dobles y cadenas. Alrededor de la casa levantó un muro de piedra rematado con puntiagudas lanzas y alambre de púas. La puerta que abría el muro era de enormes barras de hierros entrelazados. Desde fuera parecía inexpugnable aquella fortaleza. Dentro de ella el hombre se sintió completamente seguro en su soledad.

Años después, cuentan que el habitante de aquel lugar dejaba las puertas abiertas, que había roto las rejas de las ventanas, doblado las lanzas del muro y desprendido el alambre de púas. Dicen que a menudo se le oía gritar, llamando a los que por allí pasaban, invitándoles a entrar.

José Fernádez Argüelles

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carr #44
El encuentro

Caminabas perdido por las calles de una ciudad desconocida. Al llegar a una esquina te acercaste para preguntarme cómo llegar a... y yo te reconocí. Sabía que algún día nos encontraríamos. Yo sigo siendo la misma. Creo en las cosas imposibles. Vos estabas allí, viniendo, buscándome. Yo te esperaba. Pero todos estábamos confundidos. (Los almendros habían florecido en Navidad. Las heladas de febrero acabarían con todo.) Poco teníamos que decirnos. El encuentro repetía otros encuentros y es seguro que aún volveremos a encontrarnos. Los dibujos quedaron grabados en el patio del fondo. Y en algún otro lugar, que será el mismo, jugaremos a llegar al cielo marcado con un tejo que arrojaremos desde la tierra. Volver a equivocarse es decrecer y desvivir. Es encontrarse con un puñado de tierra entre las manos y no saber cómo continuar el juego.

Ahora te vas. Te veo a través de los cristales de mi ventana. Quiero gritar y grito. Quiero llorar y lloro. Te has ido. Pero en un lugar del mundo, donde estés, siempre podrás caminar hasta una esquina y preguntarme cómo tengo que hacer para llegar a...

Teresa Martín Taffarel

¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡........!!!!!!!

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carr #45
Teóloga

En el siglo Vll después de Cristo, un grupo de teólogos bávaros discute sobre el sexo de los ángeles. Obviamente, no se admite que las mujeres (por entonces ni siquiera era seguro que tuvieran alma) sean capaces de discutir materias teologales. Sin embargo uno de ellos es una mujer hábilmente disfrazada. Afirma con mucha energía que los ángeles sólo pueden pertenecer al sexo masculino. Sabe, pero no lo dice, que entre ellos habrá mujeres disfrazadas.

Ana María Shua.

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Ex-Usuaria #46
A mis soledades voy,

de mis soledades vengo,

porque para andar conmigo

me bastan mis pensamientos.

¡ No sé qué tiene la aldea

donde vivo y donde muero,

que con venir de mí mismo

no puedo venir más lejos!

Ni estoy bien ni mal conmigo;

mas dice mi entendimiento

que un hombre que todo es alma

está cautivo en su cuerpo.

Entiendo lo que me basta,

y solamente no entiendo

cómo se sufre a sí mismo

un ignorante soberbio.

De cuantas cosas me cansan,

fácilmente me defiendo;

pero no puedo guardarme

de los peligros de un necio.

El dirá que yo lo soy,

pero con falso argumento,

que humildad y necedad

no caben en un sujeto.

La diferencia conozco,

porque en él y en mi contemplo,

su locura en su arrogancia,

mi humildad en su desprecio.

O sabe naturaleza

más que supo en otro tiempo,

o tantos que nacen sabios

es porque lo dicen ellos.

Sólo sé que no sé nada,

dixo un filósofo, haciendo

la cuenta con su humildad,

a donde lo más es menos.

No me precio de entendido,

de desdichado me precio,

que los que no son dichosos,

¿cómo pueden ser discretos?

No puede durar el mundo,

porque dicen, y lo creo,

que suena a vidrio quebrado

y que ha de romperse presto.

Señales son del jüicio

ver que todos le perdemos,

unos por carta de más

otros por carta de menos.

Dijeron que antiguamente

se fue la verdad al cielo;

tal la pusieron los hombres

que desde entonces no ha vuelto.

En dos edades vivimos

los propios y los ajenos:

la de plata los extraños

y la de cobre los nuestros.

¿A quién no dará cuidado,

si es español verdadero,

ver los hombres a lo antiguo

y el valor a lo moderno?

Dixo Dios que comería

su pan el hombre primero

con el sudor de su cara

por quebrar su mandamiento,

y algunos inobedientes

a la vergüenza y al miedo,

con las prendas de su honor

han trocado los efectos.

Virtud y filosofía

peregrinan como ciegos;

el uno se lleva al otro,

llorando van y pidiendo.

Dos polos tiene la tierra,

universal movimiento;

la mejor vida el favor

la mejor sangre el dinero.

Oigo teñer las campanas,

y no me espanto, aunque puedo,

que en lugar de tantas cruces

haya tantos hombres muertos.

Mirando estoy los sepulcros

cuyos mármoles eternos

están diciendo sin lengua

que no lo fueron sus dueños.

¡Oh, bien haya quien los hizo,

porque solamente en ellos

de los poderosos grandes

se vengaron los pequeños!

Fea pintan a la envidia,

yo confieso que la tengo

de unos hombres que no saben

quién vive pared en medio.

Sin libros y sin papeles,

sin tratos, cuentas ni cuentos,

cuando quieren escribir

piden prestado el tintero.

Sin ser pobres ni ser ricos,

tienen chimenea y huerto;

no los despiertan cuidados,

ni pretensiones, ni pleitos.

Ni murmuraron del grande,

ni ofendieron al pequeño;

nunca, como yo, afirmaron

parabién, ni pascua dieron.

Con esta envidia que digo

y lo que paso en silencio,

a mis soledades voy,

de mis soledades vengo.

carr #47
Yotuel

- ¿Cómo es posible que no me entiendas?

Y así era, No le entendía. A veces hablaba con términos claros, en un tono neutro. Otras, elevaba los registros hasta el grito. Cuando no, le daba por prescindir de las cuerdas vocales y hablarle en secreto. Pero no era una cuestión de timbres o de alturas ni siquiera de intensidades, sino de significados que no llegaban a destino. En otras palabras, no había mensaje.

¿Qué hacer entonces? ¿Callarse? ¿Volver a intentarlo? ¿Irse lejos, muy lejos?

- No. No es posible que no me entiendas...- quería convencerse. Pero unos ojos vacíos, una cara inexpresiva, unos gestos de autómata, eran la única respuesta obstinada. Y no había más señales.

Olvidarse de todo y comenzar de nuevo. Aprovechar la alarma del reloj para subir a las cuerdas del tiempo. Esperar que las cosas giraran igual que siempre para verlas como todos las veían. Querer que le entendieran. ¿Y para qué? Para-dialogar-como-es-debido...

Dialogar, hablar con, entenderse, comunicarse. Verbos para designar algo imposible. O, tal vez, posible. Palabra de palabras. ¿Diálogo sin palabras? Sólo inventando un lenguaje nuevo, una palabra inédita. Alerta a los signos. Palabra nueva.

- Es posible que así me entiendas -deseó, dudó, quiso convencerse.

Una palabra que inventaran juntos. Que tuviera un fondo de nada. Que emergiera sin tiempo. Con una gota de alma. Con una célula de miedo. Tu yo, mi tú, su él. Su yo, mi él. Suyo miel. Más lejos, más cerca. Tres yo, tres tú, tres él. Más adentro, muy adentro. En la zona secreta donde brotan las identidades. El yo convincente. El yo anhelante. El yo paciente. Y los primeros indicios actuando a modo de evidencia...

- Acaso ahora me entiendas. Acaso ahora te entienda. En el registro íntimo de una diarquía sin súbditos, de un diálogo sin dos, sin tres, en uno solo. En un diapasón con todas las notas. Entre, por, a través de. Acomodando volátiles suspiros en una relación de ensueños, de cánticos profundos. En un silencio entero que convoca locuras elocuentes. En un silencio de palabras iniciales. En un silencio tuyo. En un silencio mío. En un silencio suyo. Tu yo en mi tú. Tu él en su yo. Tú y yo. El y tú. Yo y él. Tú yo él. Yo tú él. Yotuel... YOTUEL.

Teresa Martín Taffarel

¿Qué se puede decir después de leer esta belleza?

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carr #48
Volamos

Como puesta ante un apacible e inofensivo misterio, que puede serlo, con ganas de hablar, que a mí me faltan, me cuenta de su gato.

Es, sí. Claro que es; pero... Ante todo, como es huérfano, recogido por compasión, se ignora su ascendencia. Es gato y le agrada el agua. De las acequias no prefiere los albañales, sino la corriente barrosa. Se lanza acezante, pisa fuerte y salpica: hunde las fauces y hace que toma, pero no toma, porque es de puro goloso que lo hace. Puede pensarse que no es un gato, que es un perro. También por su actitud indiferente en presencia de los demás gatos. Pero es que asimismo se limita a observar desde lejos a los perros y ni siquiera se enardece frente a una pelea callejera. Como al emitir la voz desafina espantosamente y además es ronco, no puede saberse si maúlla o ladra.

Hago como que me asombro. Pero no abro la boca, porque de preguntar o comentar me preguntaría por qué pienso así y tendría que explicar y complicarme en un diálogo. Empero ya no me habla: se habla. Revisa lo que sabe y quiere saber más.

Es gato y le gusta el agua. Eso no autoriza a concluir que sea un perro. Ni siquiera está la cuestión en que sea perro o gato, porque ni uno ni otro vuelan, y este animalito vuela; desde hace unos días se ha puesto a volar.

Yo espero que me pregunte si creo que se trata de una brujería. Pero no; al parecer, no cree en eso. Yo tampoco; aunque lo pensé. Mejor dicho, pensé que ella lo pensaba. Pero no.

­¿No te maravillas?

­Sí; seguramente. Me maravillo. Cómo no. Me maravillo.

Podría maravillarme, cómo no. Pero no. Puedo maravillarme porque el gato-perro vuela. Pero es que no sólo hablo. Estoy pensando. Pienso que ella supone que he de maravillarme porque lo que creyó era gato puede ser perro o lo que puede ser gato o perro puede ser un ave o cualquier otro animal que vuele. Debiera maravillarme porque, lo que se cree que es, no es. No puedo. ¿Acaso me maravilla que tú no seas lo que tu esposo cree que eres? ¿Acaso me maravilla no ser lo que mi esposa cree que soy? Tu animalejo es un cínico, nada más. Un cínico ejercitado.

Antonio Di Benedetto

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carr #49
La vida, hasta aquel momento no le diera muchas alegrías y al ser tímida, muy tímida, no tenía muchos amigos a quien pudiera confiar sus angustias, sus tristezas y algunos éxitos que tuviera.

Era domingo y había en el aire un olor maravilloso de rosas, de jazmín y de muchas otras flores, entretanto se encontraba muy solita y a su corazón le faltaba algo, un sentimiento que no sabía explicar.

Sin más porque se acordó de un cuento que le encantaba y que su madre se lo contaba todas las noches para que durmiera más feliz. Hablaba de un amor imposible y, siempre que no conseguía dormir, pensaba en aquel cuento tan bonito y se acostaba tranquila.

Sentada en la hierba, los ojos muy abiertos para no perder la belleza que había a su alrededor, cogió una pequeña flor y todo le surgió en su mente:

Érase una vez un pequeño grano de arena que vivía en el mar y todas las noches miraba a una bella estrella que había en el cielo y se imaginaba sueños de amor.

A él no le importaba si era verano o invierno, pero cuando llegaba la primavera todas las noches se quedaba esperando que su bella novia apareciese en el cielo. Sí que él era un soñador y sabía que jamás iba a encontrar su linda estrella y tampoco su amor podía bajarse al mar.

Ellos vivían muy lejos uno del otro y sólo podían mirarse y así pasaban todas las noches, mirándose, pensando , soñando y buscando un modo de encontrarse.

Pasaron años muchos años, ella en el cielo y él en el mar y nunca el pobrecito pudo con ella casarse. Si hubo o si no hubo alguna cosa entre los dos, hasta hoy nadie pudo comprobarlo. Sólo se sabe que después, mucho tiempo después apareció una estrella en el mar.

La chica se ahogaba entre sentimientos distintos y se hacía miles de preguntas y no encontraba solución para sus desengaños.

¿Por qué no siempre se ama a la persona ideal?

¿Por qué se sufre por amor?

¿Por qué estamos siempre buscando el amor?

Siempre hay alguien que llora por un amor no correspondido y el dolor le consume el alma, cambia toda su vida y nada más le interesa. Hay que sufrir bastante hasta que un día despertará más liviano y verá que sí, que hay un sol maravilloso calentando a todos, que los pájaros siguen cantando, que las flores todavía alegran el mundo y que todas las tardes se puede mirar un espectáculo maravilloso y nostálgico: el atardecer.

Creía que a pesar de la nostalgia de la puesta del sol había un amor inmenso en este acto, cuando sus colores se escondían por detrás del horizonte, porque sabía que el amanecer iluminaría el nuevo día que se acercaba y traería alegría a todos los seres humanos.

De repente se dio cuenta de que el amor nunca abandona nuestras almas porque él es vital y que nunca debemos olvidarnos que hay distintos tipos de amor y que todos son inigualables. Amemos como si nunca hubiéramos amado antes y esparzamos las luces de este amor sobre el prójimo, así como las flores en la primavera siembran sus semillas sobre la tierra.

El día que podamos fijarnos en el sufrimiento ajeno, veremos que los nuestros son tan pequeños como los del grano de arena y su amada estrella.

M. Figueroa

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carr #50
El proyecto

Lo sabía. Sabía que alguna vez tendría que suceder. Pero no lo esperaba tan pronto. En realidad, tampoco es que fuera pronto. Cualquier tiempo es pronto y es tarde. Y es ahora. El único momento en que las cosas acontecen. Estaba preparada. Pero había esperado tanto que parecía instalada en esa forma de vivir que sólo es esperar...

Tenía que estar a las cinco de la tarde para recibir la información del proyecto y firmar el contrato. Conocía el edificio desde fuera porque había pasado muchas veces y se imaginaba un engranaje sin memoria, de gente que trabajaba con horarios, folios, números, listados. Y, feliz con su libertad, alcanzada con luchas y heridas, seguía de largo y se dejaba penetrar por el otoño incipiente. Las calles eran trazos abiertos y cada día elegía un camino nuevo para tejer su trama cotidiana, pequeña, pero suya.

Ahora estaba a punto de formar parte de un proyecto y no sabía muy bien en qué consistía esa promesa de orden y seguridad. Había dejado de creer en tantas cosas que ya no podía más que ver flores en las flores y tiempo en los relojes. Un aire de hojas quemadas la envolvió sólo un instante y trajo, como una ráfaga, el andar recóndito hacia otro lejano proyecto. Pero éste era un día de olvidos. De olvidos buscados y ganados... (ya no queda memoria de los años vividos y todavía permanecen los recuerdos. siempre es temprano y siempre es tarde. Y nunca es ahora. ¿Por qué se rompen las arcas del tiempo y escapan los días de la infancia?)

Había llegado y por un instante hubiera querido que algo le impidiera entrar, o que la entrada fuera falsa, y que tan pronto la hubiese traspuesto se convirtiera en salida hacia la anterior libertad. Pero ya estaba dentro, orientada, llevada, arrastrada al despacho donde la esperaban para la reunión.

El proyecto contaba con su preparación profesional y su capacidad. El proyecto era un señor con gafas y otro señor con corbata y un señor con formularios y otro señor con carpetas. Sintió miedo. Y una angustia creciente... El proyecto cambiaría el mundo. (¡El proyecto era inútil!)

Una sensación de lástima por la mota de polvo, por la soledad no buscada y siempre encontrada en silencio. De lástima de sí misma porque sabía que, en el fondo, nunca quiso creer más que en el pan de cada día. Y de tristeza infinita por el aire quemado, por la luz del otoño, allá afuera. Y una compasión fraternal por la última hoja arrancada a un calendario de septiembre, y el retorno a la tierra...

Cerró los ojos para liberarse del proyecto. Y descubrió que la amarillez del otoño también es translúcida y que el silencio es transitorio, y la luz, fugaz. Quiso desasirse de un lenguaje lleno de nada con el que no podría seguir inventando el mundo. Quiso volver a soñar para recuperar lejanías. Quiso remontar el río hasta los manantiales secretos de la montaña. Quiso, como siempre lo había hecho, crear el espacio de un rincón y saturarse en el oro de los cofres y en la sangre de la tarde y en el olor de los pinos y de las rosas. Y lloró por la muerte del día, y estrujó el pañuelo con una inicial bordada. Y encontró una raíz que era grito y que nunca sería palabra. Y asistió a su propio parto y se abrió otra vez al amor ya a la vida...

Escuchaba con atención al proyecto: un señor con gafas, otro señor con corbata, un señor con formularios, otro señor con carpetas. El legajo, las paredes grises, un retrato imponente, los títulos, los diplomas, los archivos, el ruido de la calle...

Se puso las gafas, sacó la pluma del bolso y firmó impasible. Eran las cinco y media de la tarde.

Teresa Martín Taffarel

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carr #51
"El río se está yendo" le había dicho a su madre un tiempo antes, "se va para abajo".

Nunca habían visto una bajante así. El agua fluía hacia el sur dejando aparecer más y más costa a medida que pasaban los días. Había comenzado un tiempo atrás y no parecía querer detenerse. Muchas cosas aparecían en el barro, restos de un mundo agonizante. Siempre lo había intrigado qué habría bajo el agua y ahora el río le daba la respuesta: un espacio cautivante y misterioso que lo atraía con fuerza creciente.

¿A dónde va el agua? le había preguntado nuevamente.

Hacia el sur, hacia otros ríos más grandes y después al mar.

¿Y por qué va para allá?

Porque para allá está el declive de los campos.

¿Pero y por qué se va el agua?

Con un leve encogimiento de hombros ella le dijo que seguramente era porque no llovía desde hacía mucho tiempo.

Hace mucho que no llueve reiteró, entonces el río no tiene más agua. Se está secando.

¿Y si no llueve más?

¿Qué pasa?

¿Qué va a pasar con el río si no llueve más?

Se va a seguir secando hasta que no haya más agua. Pero para eso falta mucho todavía.

Él había permanecido callado, pensativo como ocurría siempre que su madre le explicaba algo nuevo. "¿Y qué va a pasar si no llueve más y se queda el río sin agua?" se preguntaba, curioso y un poco angustiado al mismo tiempo. No tenía respuesta, y diariamente la buscaba en las márgenes cada vez más altas y anchas del río moribundo.

En sus búsquedas había encontrado una serie de objetos. Pero el descubrimiento más importante afloró una mañana temprano, cuando recién se había levantado y estaba observando los cambios ocurridos durante la noche. Una cosa blanquecina asomaba apenas del agua calma. Comprendió que estaba aferrada al fondo porque al rato de mirarla con insistencia notó que permanecía quieta.

Hay algo en el río. Algo nuevo exclamó al regresar.

¿Cómo es? le preguntó su madre sonriente al ver la excitación de su hijo.

Separando las manos él le enseño el tamaño. "Es de color blanco", aclaró.

No sé qué puede ser dijo pensativa. Tal vez una madera.

Pero las madera flotan y eso está quieto. Debe estar agarrado al fondo.

Vamos a ver.

Caminaron hasta la costa y luego bordearon la barranca, hacia el sur.

Es eso de ahí le señaló.

La mujer miró la superficie que apenas asomaba del agua.

Parece hormigón. Pero no estoy segura aclaró pensando en un saurio que increíblemente hubiese aparecido allí.

¿Qué es hormigón?

Un material para construir casas y edificios. Es muy duro, como piedra.

¿Es pesado?

Sí.

Entonces no puede flotar.

No, claro. Si esto es un pedazo de hormigón debe estar apoyado en el fondo contestó tratando de dar una respuesta sencilla y no tener que explicarle que lo pesado también podía flotar.

En los días siguientes el objeto fue quedando al descubierto. Aparecieron dos lonjas ligeramente curvadas que avanzaban y se hundían más adelante, dejando entre ambas una especie de hueco lleno de agua. Nunca había visto algo similar.

Había sido una suerte que apareciera. La prohibición de ir hacia el norte era una tentación muy grande. De no haber descubierto esa construcción aguas abajo tal vez hubiese regresado aguas arriba. ¿Quién podía estar haciendo fuego allá lejos? Era una pregunta sin respuesta. Y era un misterio demasiado poderoso para substraerse.

Lo intrigaba el objeto. Con el paso de los días el río fue bajando más y lo que originalmente habían sido dos lonjas separadas se fueron acercando hasta unirse, seis o siete metros más adelante. Cuando vio eso corrió nuevamente a llamar a su madre.

Ahora cambió de forma le dijo otra vez excitado.

Ella necesitó unos segundos para comprender de qué estaba hablando.

¿Cómo es? trató de ganar tiempo.

Se unieron las dos partes.

Es porque bajó más el río. Ya estaban así debajo del agua.

Pero ahora es diferente. Y es muy grande.

La tomó de la mano y la condujo. En cuanto la mujer vio la forma comprendió de qué se trataba.

¿Qué es mamá?

Una lancha exclamó. Un lancha que se hundió.

Pero era una lancha realmente grande. Debía de tener motor; nadie habría podido moverla con remos.

¿Un barco para llevar gente?

Más o menos. Pero no tanto como un barco.

Pero es grande.

Sí. Es bastante grande.

Guardaron silencio unos minutos. Había demasiada magia en ese naufragio como para expresarla con palabras. Luego preguntó si en ese barco podrían llegar hasta el mar.

No, no creo dijo ella. No vamos a poder reflotarlo. Parece muy pesado.

¿Porque es de hormigón?

Sí. Y porque está lleno de agua.

La conversación había terminado allí. Curiosamente él no había preguntado cómo un barco podía ser de hormigón. El río continuó su descenso. La poca agua que aún fluía se espesó por la cantidad de peces muertos. Sus panzas blancas y sus ojos vidriosos semejaban una lamentación que irremediablemente se perdía en el vacío del entorno. Luego los peces también desaparecieron y todo no fue más que polvo.

Cuando todo el casco y no solamente las bordas quedó a la vista la mujer comprendió que eso no era hormigón sino una película de resina plástica. La embarcación era de madera. La habían reforzado con el plástico, que semejaba cemento por el color que adquiría en contacto con el agua. La embarcación estaba escorada y se alcanzaba a distinguir, emergiendo del agua que había quedado almacenada, parte del motor. Las costillas estaban sujetas con grandes tornillos de bronce, cubiertos de cardenillo. Había sido un trabajo cuidadoso. Verlo ahora en ese estado deplorable daba lástima, pero indicaba el aspecto del mundo en que intentaban sobrevivir.

Es un barco muy grande le dijo a su madre el día en que la tierra se había secado lo suficiente como para caminar hasta la proa.

Sí, es grande. Seguramente tenía techo y ventanillas antes de hundirse.

Tiene motor y todo continuó él como si no la hubiese escuchado.

Ella sonrió.

Sí, pero no sirve. Estuvo mucho tiempo bajo el agua.

¿Como el catalejo?

Sí, pero es diferente.

¿Y si lo limpio tampoco va a funcionar?

No, porque hace falta combustible, que acá no hay.

Había estado a punto de decir que ya no debía haber en ninguna parte pero se contuvo. No quería más preguntas, pero aclaró: "Acá sólo hay agua, por suerte".

¿La del molino?

Sí.

Porque el río ya no tiene más dijo él.

Ambos sabían que no era así, que el río aún no había muerto. Pero la perspectiva de su extinción definitiva era tan real que bastó para que ninguno volviera a hablar hasta que terminaron de almorzar.

Antognazzi

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carr #52
CHARLA ENTRE LA RAZÓN Y EL CORAZÓN

¿Y si en realidad el tiempo no lo pudiese todo, si no fuese tan cierto que las cosas con el pasar de los días se van olvidando, o las heridas no se van cerrando, cuántas cosas cambiarían? Porque es muy fácil pensar que con solo dejar pasar los días, meses o años las cosas se solucionan, y lo peor es que uno se autoconvence, y se cree un superado, alguien que tuvo la suerte de superar un dolor y sobreponerse, y se vuelve a sentir fuerte...

Sin embargo, un buen día, quizá el menos pensado, todo el castillo que creías tan sólido comienza a temblar, porque te encuentras de nuevo cara a cara con el dolor, con ese sentimiento tan helado y tan dormido del que ya casi ni te acordabas, y que, muy a pesar de todo, sigue ahí, y comienza a despertarse con todas las fuerzas acumuladas por el tiempo en que estuvo inactivo y quiere salir, quiere gritar que esta vivo y que va a dar pelea, por que la RAZÓN piensa:

"¡Otra vez no! ¿O acaso no te acuerdas el tiempo que te costó volver a ponerte en pie?, ¿O no te acuerdas de esas noche sin dormir, de esos desvelos y angustias, de tus días vacíos, de tus noches sin estrellas?. ¿Quieres realmente volver a vivir todo eso, o ahora que ya estás de pie no sería mejor que anduvieras por otros caminos?

Porque, sinceramente, amores no te faltan, tienes la capacidad de enamorar a quien quieras, y te vas a hacer problema por un hombre/una mujer que, en realidad, no sabes si te quiere, no sabes si te engaña?...

¡Piensa! ¡No te equivoques! Una vez creíste tocar el cielo con las manos y en un instante descendiste al más profundo de los infiernos, ¿Crees que vale la pena?.

Haz lo que te digo, no existen los amores eternos, y seguramente, todo eso lo único que te va a hacer es ilusionarte y volverte a lastimar."

Y se hace un silencio eterno...

El CORAZÓN, aturdido por las palabras de la RAZÓN, se queda sin aliento, pero después de un rato de pensar, donde la RAZÓN ya creía tener ganada la partida, el CORAZÓN replica:

"No sé si tus palabras son del todo ciertas, pero se que no son tampoco del todo equivocadas: no es lo mismo pensar que sentir, no es lo mismo razonar que hacer las cosas impulsivamente, porque los que piensan son aquellos que nunca se arriesgan, y pobre de aquél que no este dispuesto una vez en su vida a perderlo todo por la persona que ama, pobre de aquél que no esta dispuesto a olvidar, porque nunca será perdonado, pobre de aquél que es tan ciego y vacío, que no es capaz de dejar de lado todas las trivialidades de la vida por amor... Pobre de quien teniendo en frente el amor de su vida, no es capaz de quitarse la careta y sentir...

Porque el amor no solo es alegría, no solo es paz y ternura, el amor es también dolor y lágrimas, es angustia y desvelo, es muchas cosas, pero bueno...la verdad es que no se que pesa más, si la RAZÓN o el CORAZÓN.

Lo que si se, es que si uno no siente ,se transforma simplemente en una roca, una cosa que no es capaz de demostrar cariño y confianza, un cuerpo sin alma. Por eso creo que uno debe jugarse por lo que siente... le puede salir bien o mal, puede equivocarse o vivir el resto de su vida con la persona que ama... lo que sí es cierto es que jamás perdonaría a alguien que por rencor o desconsuelo no sea capaz de tomar a la persona que ama, y gritarle a todo el mundo que por ella daría la vida...

Y, por último, otra cosa que tengo bien clara, es que el que se enamora soy yo, y el amor se siente con el CORAZÓN, no con la CABEZA".

Se hizo el silencio... y, sin mediar palabra, el CORAZÓN, decidió tomar el camino correcto... y fue tras el Amor...

Gabriela Mistral

¡¡¡¡¡MARAVILLOSO!!!!!!

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carr #53
He repartido

HE REPARTIDO mi vida inútilmente entre el amor y el deseo, la queja de la muerte, el lamento de la soledad. Me aparté de los pensamientos profundos, y he agredido a mi cuerpo con los excesos y he ofendido a mi alma con la negación.

Me he sentido culpable de derrochar la vida y no he querido quedarme en casa a atesorarla. Tuve miedo del fuego y me incineré. Amaba las páginas de un libro y corría a la calle a aturdirme. Todo ha sido superficial y vacío. No tuve odio sino amargura, nunca rencor sino desencanto. Lo esperé todo de los hombre y todo lo obtuve. Sólo de mí no he sacado nada: en esto me parezco a las tumbas.

¿Pude haber vivido de otro modo? Si pudiera recomenzar, ¿lo haría?

Jaime Sabines

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noctambula #54
Gracias por hacer q me sienta especial!! d corazón,gracias por ser como eres.

sabes,creo q la frase q mejor t describe es.. "acariciate con el viento,está lleno d angeles"..eres un angel en todos los sentidos.. porque incluso me haces ver el cielo. tq.

carr #55
El centro del mundo

Dicen que a medida que pasa el tiempo, el mundo se empequeñece. La vastedad de los espacios de la infancia, dicen, se vuelve profunda en la memoria, pero si se encuentran alguna vez aquellos lejanos sueños con la realidad en la que se sustentaron todo se vuelve exiguo, limitado.

Cuando veo jugar a los niños, desde mi puesto inamovible, percibo en sus cuerpecitos la distancia que los separa del surtidor a los canteros o de este pequeño jardín que me rodea a los columpios. Todo está lejos para ellos. Lo sé.

Yo lo veo diferente porque nada cambia para mí, siempre de pie sobre este pedestal, erguido, con una mano en alto y la otra en el pecho. La mirada, distante, inalterable, se dirige a todo lo que me rodea. Y también sé, porque lo descubrí muy pronto, que en mi plaza cabe el mundo, es más, mi plaza es el mundo. Y el mundo de mi plaza está lleno de prodigios.

Yo permanezco. La gente, los pájaros, los árboles y plantas, viven. Y vivir es cambiar cada día, aunque todo parezca igual. Por ejemplo, el cielo. De allá nos viene la luz. Y la luz no es una sola, son infinitas variaciones, como si fueran una multitud de luces diferentes, una para cada partícula del mundo. Y ésta es la primera historia que sucede en mi plaza, la que viene del cielo abierto.

La otra historia empieza vaya a saber dónde, en qué oculto escondrijo de la tierra, y se levanta por los tejidos del árbol, de las plantas, repartida en algo palpitante que yo conozco muy bien, aunque no se haga ostentación del cambio. Tan lento es que a pesar de mis esfuerzos nunca he logrado ver el momento preciso en que el brote rompe la corteza y la flor se abre. Cuando me doy cuenta, ya ha sucedido.

Hay otras historias que también me interesan porque, esas sí, me cuentan cosas que yo no alcanzo a ver. Mi imaginación -sí, también tengo imaginación, y memoria, y siento, y pienso-, digo que mi imaginación se distiende al máximo y, aunque nunca lo vi, pienso en el mar, en el campo, en las autopistas... Claro que en pequeño, todo en esta plaza, ya lo he dicho. Las olas de la fuente, las extensiones de césped, las avenidas interiores y los senderos por donde circulan toda clase de existencias. Y esto gracias a los pájaros que van y vienen y que a veces se posan en mis hombros y me cuentan todo lo que ven. Ya sé que inventan bastante, pero no me importa. Igual les creo.

Y hay más, mucho más. Hormigas, mariposas, orugas, avispas, perros, gatos ... Y la gente. Unos pasan sin darse cuenta de lo que significa cruzar esta plaza. Éstos no me interesan. Tampoco me interesan, más aún, los condeno al olvido, los que destruyen, señalan, mutilan. A propósito ¿ven este muñón en mi mano derecha? Me faltan los dedos que alguien, no recuerdo ya quién, porque el dolor me hizo perder la conciencia, me cercenó una noche de verano.

Pero no hablemos de cosas tristes, hay otros que... Pero no quiero emplear un término tan vago. Decir otros, o todos, o algunos, es una forma de contar sin contar, de nombrar seres que escapan a toda enumeración, definida o indefinida, porque, aun agrupados, cada uno es único. Cuando digo "los niños" pienso en uno por uno -ya dije que tengo memoria- y los veo jugar y crecer y, luego, suspirar y hasta llorar por cosas que se ve que les afligen. Parece que crecer es bastante difícil. Yo no lo sé, no tuve infancia. Nací con esta edad y todo lo que puedo decir sobre mí es que alguien, mi padre tal vez, me fue moldeando en un sueño mineral hasta adquirir esta figura humana. Y yo, desde el centro de la plaza, es decir, desde el centro del mundo, doy unidad a los hilos infinitos que día a día tejen y destejen el tapiz de la vida.

También están los viejos... Y si no haber sido niño ni adolescente me produce una cierta melancolía, perpetuarse en sosegada juventud me llena de consuelo. Claro que no soy el mismo que hace ochenta y dos años cuando me inauguraron solemnemente. Recibo todas las inclemencias y los halagos de las estaciones. Así me he ido templando, se ha oscurecido mi color y ha cambiado la textura de mi piel y de mis ropajes. Madurando como quien dice... Pero no moriré, eso creo.

En cambio, los viejos sentados en fila en los bancos que bordean los senderos, esos sí que un día dejarán de venir para siempre dándoles el relevo a otros que también morirán. Y entre los niños y los viejos, todas las edades. todos. Y de nuevo la palabra imprecisa, pero ya he dicho que mi memoria no pierde a ninguno. Lo curioso es que no se fatiga ni se termina. Todo cabe en ella. Como en esta plaza.

Por eso, hay algunas historias que me gustaría contar. Como la del niño que saltaba a la pata coja y un día... O aquella mujer rubia que a veces leía un libro, siempre el mismo hasta la tarde en que... O el viejo que coleccionaba hojas secas, cuando un mediodía de comienzos de otoño... O una pandilla que se daba cita bajo los tilos de la avenida lateral y aquel verano se empezaron a ir...

Pero no las contaré ahora. Son las seis de la tarde de un día de junio y esto está en su apogeo. No puedo perderme nada y, por otra parte, no podría concentrar mi atención en las narraciones. Tal vez a la madrugada, cuando los últimos noctívagos hayan desaparecido -porque también tengo historias de medianoche- pueda dedicarme a poner en orden mis recuerdos. O tal vez no, y queden sólo para mí, para saber que si recuerdo existo, que mi memoria me vincula con quien se supone que fui en el mundo, más inteligente pero quizás no tan próximo a la vida como lo estoy ahora, en este mirador, en medio de la plaza abierta donde siempre habrá olor de existencia.

Teresa Martin Taffarel

¿Qué puedo decir? icon_rolleyes.gificon_confused.gif: ....... ¿Qué puedo decir? icon_rolleyes.gificon_confused.gif: ..... No puedo decir nada icon_redface.gif ...

¡¡Es que esta mujer me deja sin palabras!!

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carr #56
¡¡¡¡LO ENCONTRÉ!!!!

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El reloj

Los chinos ven la hora en los ojos de los gatos. Cierto día, un misionero que se paseaba por un arrabal de Nankin advirtió que se le había olvidado el reloj, y le preguntó a un chiquillo qué hora era.

El chicuelo del Celeste Imperio vaciló al pronto; luego, volviendo sobre sí, contestó: «Voy a decírselo.» Pocos instantes después presentose de nuevo, trayendo un gatazo, y mirándole, como suele decirse, a lo blanco de los ojos, afirmó, sin titubear: «Todavía no son las doce en punto.» Y así era en verdad.

Yo, si me inclino hacia la hermosa felina, la bien nombrada, que es a un tiempo mismo honor de su sexo, orgullo de mi corazón y perfume de mi espíritu, ya sea de noche, ya de día, en luz o en sombra opaca, en el fondo de sus ojos adorables veo siempre con claridad la hora, siempre la misma, una hora vasta, solemne, grande como el espacio, sin división de minutos ni segundos, una hora inmóvil que no está marcada en los relojes, y es, sin embargo, leve como un suspiro, rápida como una ojeada.

Si algún importuno viniera a molestarme mientras la mirada mía reposa en tan deliciosa esfera; si algún genio malo e intolerante, si algún Demonio del contratiempo viniese a decirme: «¿Qué miras con tal cuidado? ¿Qué buscas en los ojos de esa criatura? ¿Ves en ellos la hora, mortal pródigo y holgazán?» Yo, sin vacilar, contestaría: «Sí; veo en ellos la hora. ¡Es la Eternidad!»

Charles Baudelaire

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carr #57
El crepúsculo de la noche

Va cayendo el día. Una gran paz llena las pobres mentes, cansadas del trabajo diario, y sus pensamientos toman ya los colores tiernos o indecisos del crepúsculo.

Sin embargo, desde la cima de la montaña llega hasta mi balcón, a través de las nubes transparentes del atardecer, un gran aullido, compuesto de una multitud de gritos discordes que el espacio transforma en lúgubre armonía, como de marea ascendente o de tempestad que empieza.

¿Quiénes son los infortunados a quien la tarde no calma, y toman, como los búhos, la llegada de la noche por señal de aquelarre? Este siniestro ulular nos llega del negro hospital encaramado en la montaña, y al atardecer, fumando y contemplando el reposo del valle inmenso erizado de casas en que cada ventana nos dice: «¡Aquí está la paz ahora; aquí está la alegría de la familia!», puedo, cuando el viento sopla de arriba, mecer mi pensamiento, asombrado en esa imitación de las armonías infernales.

El crepúsculo excita a los locos. Recuerdo que tuve dos amigos a quien el crepúsculo ponía malos. Uno, desconociendo entonces toda relación de amistad y cortesía, maltrataba como un salvaje al primero que llegaba. Le he visto tirar a la cabeza de un camarero un pollo excelente, porque se imaginó ver en él no sé que jeroglífico insultante. El atardecer, premisor de los goces profundos, le echaba a perder lo más suculento.

El otro, ambicioso herido, se iba volviendo, conforme bajaba la luz, más agrio, más sombrío, más reacio. Indulgente y sociable durante el día, era despiadado de noche; y no sólo con los demás, sino consigo mismo esgrimía rabiosamente su manía crepuscular.

El primero murió loco, incapaz de reconocer a su mujer y a su hijo; el segundo lleva en sí la inquietud de un malestar perpetuo, y aunque le gratificaran con todos los honores que pueden conferir repúblicas y príncipes, creo que el crepúsculo encendería en él aun el ansia abrasadora de distinciones imaginarias. La noche, que ponía tinieblas en su mente, trae luz a la mía; y, aunque no sea raro ver a la misma causa engendrar dos efectos contrarios, ello me tiene siempre lleno de intriga y de alarma.

¡Oh noche! ¡Oh refrescantes tinieblas! ¡Sois para mí señal de fiesta interior, sois liberación de una angustia! ¡En la soledad de las llanuras, en los laberintos pedregosos de una capital, centelleo de estrellas, explosión de linternas, sois el fuego de artificio de la diosa Libertad!

¡Crepúsculo, cuán dulce y tierno eres! Los resplandores sonrosados que se arrastran aún por el horizonte, como agonizar del día bajo la opresión victoriosa de su noche, las almas de los candelabros que ponen manchas de un rojo opaco en las últimas glorias del Poniente, los pesados cortinajes que corro una mano invisible de las profundidades del Oriente, inician todos los sentimientos complicados que luchan dentro del corazón del hombre en las horas solemnes de la vida.

Tomaríasele también por uno de esos raros trajes de bailarina en que la gasa transparente y sombría deja entrever los esplendores amortiguados de una falda brillante, como bajo el negro presente se trasluce el delicioso pasado, y las estrellas vacilantes de oro y de plata que la salpican representan esas luces de la fantasía que no se encienden bien sino en el luto profundo de la Noche.

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carr #58
UNA GOTA DE LLUVIA

Soy una gota de lluvia a la que han barrido de una cara al ser confundida con una lágrima. De la mejilla al suelo, en una caída lenta, antes de estrellarme contra el asfalto, he reflejado todas las luces y oscuridades de una calle cualquiera. Y las angustias de los sombreros grises, las prisas de los tacones, las muecas que doblaban todas las esquinas, han quedado atrapadas dentro de mi transparencia, para caer conmigo y quedar esparcidas en la acera, para luego ser pisadas por los transeúntes nerviosos, para luego ser absorbidas por las suelas de sus zapatos, para luego transpirar desde sus poros a sus almas, para luego volver a ser angustia y prisa, para luego brotar de una mueca y, esta vez sí, ser barrida de una cara como una lágrima.

Sandra Miralles

¿Qué les parece esta preciosidad? icon_biggrin.gif

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carr #59
EL CULPABLE

Un joven fuerte de cuerpo pero debilitado por el hambre, se hallaba sentado en la vereda con la mano estirada hacia los transeúntes, mendigando y repitiendo la triste canción de su fracaso en la vida, padeciendo hambre y degradación.

Al llegar la noche, se secaron sus labios, se debilito su lengua y su mano se hallaba tan vacía como su estómago. Con las limitadas fuerzas que le quedaban, consiguió salir de la ciudad y sentarse bajo un árbol a llorar amargamente. Entonces elevó los vacilantes ojos al cielo, mientras el hambre lo carcomía por dentro, y dijo:

_ ¡ OH, Dios !, fui a ver al rico en busca de trabajo, pero él me lo negó por mis harapos. Llamé a las puertas de la escuela y fui despedido por tener las manos vacías. Pedí cualquier ocupación a cambio de pan cotidiano, pero fui repudiado por mi aspecto. Al fin, me resigné a pedir limosna; pero al verme tus fieles, ¡ OH Dios ! , me decían que soy joven y fuerte y que la ciudad no debe socorrer a los perezosos. ¡ oh Señor ! , por tu voluntad mi madre me dio a luz, y si existo en ti, soy como tu has querido. ¿ por qué los hombres me niegan el pan cuando lo pido en tu nombre ?

En ese instante la fisonomía del joven cambió. Se puso de pie y sus ojos relucían como astros. Con una rama seca elaboró un grueso bastón e indicando con él a la ciudad, gritó:

Pedí vivir con el sudor de mi frente y nada obtuve; colmaré mis deseos con la fuerza de mi puño. Pedí pan en nombre del bien y los hombres no me escucharon, entonces lo tomaré en nombre del mal y lo tendré en abundancia.

Los crueles años hicieron del joven un ladrón, asesino y exterminador de almas. Aniquiló a sus enemigos y juntó una fabulosa riqueza, con la que superó a los poderosos. Fue admirado por sus colegas, envidiado por el resto de los ladrones y recelado por las multitudes.

Sus riquezas y fingida reputación influyeron sobre el Emir para que lo designara alcalde de esa ciudad: el triste comportamiento de los malvados gobernantes. Entonces los despojos fueron legales; la autoridad estimuló la opresión; el exterminio de los débiles fue un lugar común; las muchedumbres sobornaron y lisonjearon.

De esta manera, el hombre hace, por su avaricia, del indigente un criminal, y por su dureza, del pacífico, un sanguinario.

KHALIL GIBRAN

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carr #60
PUÑADO DE POLVO

Por la persiana entornada entra, al comedor en penumbra, un rayo de sol matinal. Y por la misma rendija sale a la calle, oblicua hacia arriba, una banda ancha y dorada de moléculas. Parece una legión de bailarinas, pues, mirando atentamente, veo que cada uno de los puntitos rubios gira de una manera vertiginosa sobre sí mismo. Si yo supiera física, ¡cuántas observaciones podría hacer ahora! Pero no sé nada más que imaginar y soñar. Y miro con envidia a esa banda de átomos que se va a correr el mundo, llevándose quizás el secreto de todas mis intimidades. ¡Oh granitos de polvo que vais a ver lo que yo no he de mirar jamás: bosques, mares, ciudades, templos, auroras boreales, maravillosas! De soplo en soplo, de ráfaga en ráfaga, recorreréis la tierra, sorprenderéis el secreto de mil casas y de mil mujeres y cuando el viento os vuelva a traer otra vez a este lugar, quizás haya transcurrido un montón de siglos. Yo no seré más que un puñadito de polvo amarillo. Y entonces me iré a danzar y a correr por el mundo con vosotros.

Juana de Ibarbourou

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