Desde que tengo uso de razón o, al menos, memoria, he tenido esa misma sensa(tenta)ción. Recuerdo cuando mi madre me enviaba a la carnicería a comprar carne picada para hacer hamburguesas y volvía a casa con el cuarto y mitad en la bolsita. Lo miraba, lo manoseaba... había algo tentador en ese pegote de carne. Quizá que era roja, quizá la textura que se presumía a través del plástico...
Un día, no pude resistirlo más. Pellizqué la bolsa y cogí un poco del contenido, llevándomelo a la boca. ¡Oh! Jamás había sentido algo parecido. Todos los alimentos ingeridos previamente, aún pasados por las manos de mi madre y de mi abuela, hacían el ridículo ante el embriagador sabor de la carne picada.
Se lo confesé a mi madre, pero sólo recibí incomprensión. Me dijo que eso era un porquería. No me dio más razón.
-Pero ¿por qué, mamá?
- ¡Porque sí, asquerosa!
Compungida, asumí que la ingesta de carne cruda era una perversión culinaria, el camino que, tal vez, conducía a siniestros hábitos, puede que hasta a la coprofagia.
Pero llegó mi emancipación, esa etapa en la que puedes elegir qué comer y en la que no puedes desperdiciar. Y en una de esas ocasiones en que el pollo te sale crudo, volvió a mí con la fuerza de un tornado ese ansia por la carne cruda. El pollo estaba delicioso, con esas pequeñas vetas de sangre... ñam ñam.
Desde entonces, de cuando en cuando decido hacer una escapadita por este perverso hábito y, simplemente, me gustaría saber si soy la única depravada en la sala. ![]()
kiss.gif
