Pero salvo esa primera historia, esa que suele ser la primera e inalcanzable, las demás sólo son calcos de las otras. Y así, un día, cuando creías que todo estaba olvidado, llega ella. Le das todo cuanto callaste y te lo devuelve con una bofetada. Huyes, primero de ella, luego de los miedos que ha engendrado en ti. Y vuelves a ser tú hasta que se vuelve a cruzar otra. Otra que se te acerca, que dejas aproximarse, con la que adoptas cautela, pero que te dice te quiero y te agarra las entrañas. Otra a la que conviertes en ella, en la que quieres encontrate cada mañana a tu lado... ella que empieza a ser diferente, ella que dice que no es nada, ella que, un buen día te pide tiempo y que al siguiente se marcha.
Y entonces lloras y crees que mueres... una vez más. Y te aseguras de que no volverá a pasar, que nunca más entregarás ese pedazo de carne del que te cogieron, eso mismo que te arrancaron. Te convences, sigues llorando, insistes en que no te volverán a hacer daño.
Pero no puedes cambiar, eres así, dejas de llorar y te fijas entonces en quien te hizo reír. La ignoras y cuando menos lo esperas, es ella quien te sirve todo en bandeja. Le adviertes, si quieres ser parte de mí, o me dices que eres "otra" o no me digas que eres "ella". Sobretodo, se sincera. Y caes de nuevo. Y ésta es, sí, por fin llegue al puerto, no me equivocaré... mentira. Ves la historia que empieza a repetirse, ves que pese a que fue ella quien te dijo "te quiero" primero, no es lo mismo. Recuerdas los adioses, te asustas, preguntas, te mienten y tú, idiota, te engañas. Efectivamente, era otro adiós. Efectivamente, esto es volver a llorar, es volver a hundirse para volver a empezar. Es... nada, la vida. Mañana será otro día, otro que pasa hacia la misma historia. Dios es el destino y ha tenido demasiado tiempo para aburrirse e inventarse casualidades con las que reírse de nosotros.