Aquí lo tenéis traducido :) Todavía estoy digiriendo algunas frases...
Nota: éste es un relato personal muy doloroso y contiene detaLLes no apropiados para los lectores más jóvenes.
Paternidad homosexual, por la señora Ruth Reed
El reciente impulso que ha recibido la legislación referida al matrimonio homosexual y los argumentos acerca de la validez de los homosexuales para ser padres me ha hecho rememorar mi propia infancia y el tiempo que pasé bajo la tutela de una mujer que vive ahora públicamente como lesbiana.
ELLa y mi padre empezaron a salir cuando yo tenía seis años, y poco después se casaron. Aunque yo apenas la conocía, se esperaba de mí que la tratase como a una madre. ELLa no se parecía a ninguna mujer que yo hubiera conocido. Era estridente, poco elegante, y muy masculina tanto en su forma de vestir como en su comportamiento. Fumaba y usaba un lenguaje vulgar, y constantemente hacía aproximaciones sexuales hacia quienes la rodeaban, hombres y mujeres, incluso en presencia de mi padre. Se consideraba a sí misma mordaz e indisciplinada, y consideraba que las mujeres femeninas eran ridículas y débiles. Su matrimonio con mi padre fue el fin de nuestra asistencia a la iglesia, aunque antes de que eLLa LLegara nunca habíamos faltado ni un domingo. Mi padre siguió casado con ella durante muchos años después de que yo me fuera a vivir con mi madre biológica. Entonces, para sorpresa de unos pocos, le dejó por otra mujer y desde entonces ha mantenido relaciones con eLLa.
Desde el principio, mi madrastra y yo no nos LLevamos bien, y mis días estuvieron marcados por comentarios de desprecio y una severa disciplina. Nada de lo que yo hacía le parecía bien, y a menudo comentaba que preferiría tener un hijo. Vivíamos en una comunidad rural, y yo iba a una escuela pequeña. En primer grado empecé a darme cuenta de que yo era muy diferente a las otras chicas. Las diferencias empezaron con el aspecto: yo era la única que LLevaba el pelo corto, la única que vestía pantalones de chico y la única que jamás se ponía vestidos. Fuera donde fuera, siempre decían que yo era un chico. Esto era desde luego poco amable, pero es que yo verdaderamente parecía un chico. Nunca olvidaré (porque existen evidencias fotográficas) que para las fotos de segundo grado del colegio, me obligaron a LLevar una camisa de chico y una corbata.
Mi padre creía sinceramente que mi madrastra sabía mejor lo que era bueno para los hijos, así que no interfirió. Ni una sola vez me sentí guapa o deseada o especial. Cuando decía que quería un vestido femenino o un top mientras comprábamos las ropas para el colegio, mi madrastra criticaba mi gusto y comentaba lo mucho más guapa que estaba con ropas de chico. A menudo pedí que me dejaran crecer el pelo, ya que me lo seguían cortando muy corto, al estilo masculino, pero siempre me dijeron que si mi pelo era largo, no me lo cuidaría apropiadamente. Mi dormitorio era masculino, como lo era todo en nuestra casa y no se me permitía tener nada rosa, decorativo o bonito. En el colegio era una marginada, y las otras madres no querían que sus hijas jugaran conmigo. Se me animaba a hacer bromas de contenido sexual, y se me encumbró la sexualidad antes de que yo comprendiera lo que significaba.
También recuerdo bien las Navidades en las que yo tenía ocho años; había ido a comprar, con el dinero de mi cumpleaños, regalos para mi familia. Mi madrastra vino, e insistió en que comprara un póster pornográfico para mi tío. Me sentí tan avergonzada, porque la chica que había en el mostrador de aqueLLa tienda pensó claramente que era inapropiado que una niña comprase algo así. También se me dijo que comprara una taza de café para mi primo, de dieciséis años, que hacía referencia a la revista Playboy. El momento de abrir los regalos junto al árbol esas Navidades fue muy embarazoso, y lo que tendría que haber sido un sagrado recuerdo del amor de Dios se convirtió en un testamento, merced a mi pérdida de la inocencia.
El año siguiente, tuve la charla. Mi madrastra me sentó y me explicó cómo eLLa creía que toda la gente debería ser libre para mantener relaciones sexuales con cualquier persona que eligieran. Me explicó los detaLLes más explícitos de los actos sexuales, incluyendo actos homosexuales. Me sentí muy confusa, avergonzada de mí misma.
Observé que a mi alrededor, las otras chicas que se ponían vestidos iban a la escuela dominical y tenían reuniones nocturnas. Miraba durante mucho tiempo sus cabeLLos, cuidadosamente peinados o recogidos. Estaba claro que sus madres empleaban algún tiempo y cuidados en su apariencia, y que estaban orguLLosas de la beLLeza de sus hijas. Al menos, eran cosas que yo imaginaba que las otras madres sentirían por sus hijas. En casa, me enfrentaba a la presión de tener que ser deslenguada, mordaz y preocupada por el sexo, y a las críticas por no tener la suficiente confianza.
A medida que crecí y LLegué a la preadolescencia, mi madrastra a menudo me aconsejaba sobre el sexo, proclamando que el sexo era una parte natural del ser joven, y que yo no debía nunca provocar a un chico, pero sí estar dispuesta a seguirle el juego, según dijo, en lo referido a tocamientos o besos. Cuando tenía doce años, eLLa contactó con Planificación Familiar y me dijo que empezara a tomar la píldora anticonceptiva, puesto que seguramente en poco tiempo yo sería sexualmente activa. A esa edad me fui finalmente a vivir con mi madre. Pasarían mucho años antes de que sintiera la suficiente confianza para probarme un vestido, o dejarme crecer el pelo, o buscar en la Biblia respuestas a lo que una mujer debería ser.
Ahora, soy una mujer cristiana y casada que adora ser ama de casa. Todavía tengo algunos conflictos con la feminidad. Aunque me encantan las cosas que tradicionalmente pertenecen a la mujer ropas suaves, flores, lazos y el color rosa-, estas cosas aún me provocan sentimientos de vergüenza. Veo la desaprobación en la cara de mi madrastra cada vez que me pruebo un vestido en la tienda o pienso en cortinas con lazos para mi casa. Sé que es una tontería, pero en mi corazón sigue habiendo una cicatriz. Sin embargo, con el apoyo de mi marido y la gracia del Señor, finalmente he comenzado a ser indulgente con mi feminidad. Nunca imaginé que sostener un hogar, educar unos hijos, e incluso someterme a mi marido pudiera ser tan satisfactorio. Finalmente, por primera vez en mi vida, siento la comodidad de un hombre que me protege y la seguridad de que soy exactamente de la manera que pretendió el Creador. Ser femenina no es un error, ni una tonta invención de las débiles. Es un hermoso regalo de mi padre celestial, incluso aunque mi padre terrenal nunca lo vio así.
Cuando pienso en el matrimonio homosexual, pienso en mi infancia. ¿Realmente quiero una generación de niñas que crezcan como lo hice yo? Mi matrimonio está santificado por Dios, y, para mí, el trozo de papel que afirma que mi matrimonio es válido representa poco. Si el estado también da un trozo de papel a los homosexuales, ¿en qué afecta eso a mi vida? Quizá ninguna. Pero sí afectará a tantos niños adoptados o artificialmente concebidos por homosexuales que quieren jugar a un hogar (jugar a las casitas literalmente). Quizá no todos los homosexuales maltratarán a sus hijos, pero la probabilidad de que eduquen a sus hijos en el respeto a los sagrados planes de Dios para el hombre y la mujer es muy pequeña, sin duda.