Cuando nacì mis padres me pusieron por nombre Dolores, en homenaje a mi adorada abuela paterna. Supongo que intuìan ya los muy infelices que aquella niñita llorona heredarìa buena parte de las virtudes de su abuela, a saber, malhumor considerable, profunda testarudez y sutil maldad. Vaya por delante que me encanta ese algo trágico que conlleva llamarse Dolores, que da la impresiòn de que la pena la acompaña a una por donde va, como si fuera un personaje de las Brönte.
El caso es que las bromitas a costa del nombre empezaron a temprena edad. Con las "lolitas" como excusa unos me vinculaban a Nabokov y otros a la familia Flores, segùn el nivel cultural de cada uno. Hasta ahì lo fuì llevando regular.
Pero en la crìtica edad de la adolescencia decidì que querìa ser mala y , como aspirante a mala que era comencè a frecuentar los bares de la gente mala, a ver si encontraba alguna otra chica mala como yo. Allì me enterè (por las duras) de que existìa un grupo llamado Los Suaves que habìa escrito una canciòn titulada Dolores se llamaba Lola, asì que todos los fines de semana acompañaba los copazos de lejìa que me metìa con aquello de que fui la niña de azul en el colegio de monjas y que, a pesar de que estaba loca por Paco (?!) terminè en una barra americana haciendo nosequè horario. Ya sabèis, una de esas historias edificantes y exenta de tòpicos acerca de la condiciòn femenina tan propia del imaginario masculino.
Las vueltas que da la vida, el destino se burla de mì... Con el tiempo constatè que quienes pululaban por aquellos antros eran al igual que yo gente con màs vocaciòn de maldad que maldad intrìnseca. Aprendì que la gente realmente mala no tiene inconveniente en hacer el baile gorilero de Chayanne mientras cantan aquello de que hay que ser torero y nosequé del burladero, sin necesidad de menear la greña al ritmo de Green Day. Los màs pleistocènicos seguro que me entendèis.
Y aprendì tambièn que las maldiciones pueden perseguirla a una màs allà de lo que piensa. Y cuando ya la tonadilla de los Suaves es patrimonio casi exclusivo de sus incondicionales, sale/n una/os iluminada/os llamada/os Pastora y se les da por acompañar su tonadilla bailonga con el haiku No me llames Dolores llàmame Lola. ¡Què original!
Asì que años màs tarde me encuentro de nuevo en la casilla de salida, con la gente soltando el soniquete en cuanto doblo la esquina. No entiendo què gracia les hace mi nombre, no sè por què no es igual de vàlido No me llames Francisca, llàmame Paqui.
Pero como decìa Oscar Wilde, lo importante es que hablen de una, aunque sea bien.

