Marguerite Radcliffe Hall (II)

En la década de 1880, la homosexualidad había empezado a estudiarse médicamente, y la influencia de autores como Havelock Ellis y Richard von Krafft-Ebing fue decisiva hasta bien entrado nuestro siglo. Según Elaine Showalter, "la homosexualidad se convirtió en un problema médico, una patología, incluso en una enfermedad; y las especulaciones médicas y científicas entorno a la homosexualidad intentaban establecer fronteras claras, etiquetas, trazar 'una barrera infranqueable entre el comportamiento normal y el aborrecible'"² (Showalter, pág. 14). En este sentido, el proceso contra Wilde actuó como una auténtica caja de resonancia, en la medida en que catalizó la homofobia latente de amplísimas capas de la sociedad inglesa y europea por una parte, y propició, por otra, los primeros pronunciamientos públicos de colectivos homosexuales en varios países del continente.

Así, en tanto que para bien o para mal la homosexualidad masculina salía a la luz pública, el tema del lesbianismo permanecía aún en la sombra. Las razones hay que buscarlas, probablemente, en la propia estructura de la sociedad patriarcal. La cultura victoriana no sólo había fomentado una imagen de la mujer como ser absolutamente carente de pasión y deseo sexual sino que, además, había cultivado en torno a esa imagen toda una mística de la "feminidad": la única superioridad posible de la mujer sobre el hombre residía precisamente en su cualidad de ser espiritual, capaz de prescindir de la carnalidad. Por otra parte, las nociones de sexualidad dominantes estaban tan impregnadas de falocentrismo, que la idea de una relación erótica sin la participación de un pene era sencillamente inimaginable. La aparente tolerancia hacia fenómenos como la "amistad romántica" entre mujeres hay que situarla precisamente en este contexto de "invisibilidad" del hecho lésbico. Es muy significativa a este respecto la formulación misma del "Acta de Reforma de la Ley Criminal": "Cualquier persona masculina que, en público o en privado, cometa, o participe en la comisión, o procure o intente procurar la comisión por parte de cualquier persona masculina de cualquier acto de grave indecencia con otra persona masculina, será culpable de delito", etc. (citado por Showalter, pág. 14; énfasis mío). Y si esto era así en el plano jurídico, otro tanto ocurría en el aspecto religioso; en palabras de Joanne Glasgow, "la sexualidad de la mujer nunca se ve como algo separado del deseo masculino. Las enseñanzas de la iglesia ejemplifican la 'heterosexualidad compulsiva' de Adrienne Rich, o al menos la heterosexualidad compulsiva de la mujer. No es que las mujeres no sean seres sexuales. Lo son. Pero su sexualidad sólo existe en la medida en que provoca el deseo del hombre" (Glasgow, pág. 249). En 1884, solo cuatro casos de homosexualidad femenina habían sido tratados en la literatura médica, y todos ellos se referían a travestidas. De hecho, en su Psichopathia Sexualis de 1889, Krafft-Ebing incluía el lesbianismo entre las patologías estudiadas, pero lo atribuía casi en exclusiva a "mujeres que llevan el pelo corto, o que se visten con ropas masculinas, o que participan de los deportes y pasatiempos de sus relaciones masculinas" (citado por Showalter, pág. 23).

Es en este contexto social de invisibilidad y silencio forzado, de persecución pública y patologización, de intento de fijar las barreras entre lo "natural" y lo "perverso" en el que hay que entender la aparición de una obra como El Pozo de la Soledad³, publicada en 1928. La novela cuenta la infancia, juventud y madurez de Stephen Gordon, bautizada con el nombre del hijo que sus padres esperaban y no tuvieron. Casi desde su nacimiento, su padre, Sir Philip Gordon, usurpa el rol de la madre (Lady Anna). Stephen no sólo recibe un nombre masculino sino que se la orienta hacia actividades como el montar a caballo, habitualmente asociadas con los chicos y no con las chicas. Es educada en casa por dos institutrices, Míe Duphot y Puddie, con las cuales se mantendrá en contacto durante toda su vida. Con Puddie, de hecho, convivirá durante un buen número de años de su vida adulta. A medida que Stephen crece, su evidente falta de "feminidad" da lugar a que ella sufra terriblemente, y una de las causas es que este hecho es fuente de graves conflictos entre sus padres. La violenta reacción que provoca en Stephen el sorprender a Collins, una empleada doméstica por la que la niña había experimentado su primer enamoramiento, en brazos de un muchacho, determina el que su padre se haga definitivamente con el control de su educación. Stephen no es como las otras niñas, y Sir Philip, que nunca le confía sus intuiciones sobre su hija a Lady Anna, simplemente trata de explicarle a su esposa que Stephen nunca se casará. Más tarde, la amistad entre Stephen y Martin Hallam parece contradecir el pronóstico, pero Stephen, que por primera vez ha encontrado en Martin un amigo, reacciona con desconcierto y rechazo cuando éste le propone que se casen, lo que determina la vuelta inmediata de Martin a su Canadá nativo. En este punto, Stephen comienza una relación sentimental con Angela Crossby, la mujer de un nuevo rico de la vecindad. En el escándalo que sigue, y con Sir Philip ya muerto, Lady Anna expulsa a su hija de Morton, la casa familiar. Stephen y Puddle, que desde su nunca revelada condición de lesbiana está dispuesta a evitarle a su discípula cuantos dolores sean posibles y a protegerla a ultranza, se asientan en Londres, donde Stephen comienza a escribir y publicar con cierto éxito. Durante un período de depresión, un amigo escritor y homosexual alienta a la joven a ir a París, y, aunque Puddle siente reservas hacia la comunidad lesbiana en la que Stephen es introducida, ambas se asientan allí. El estallido de la Primera Guerra Mundial las lleva de vuelta a Inglaterra, aunque Stephen inmediatamente se enrola en el cuerpo de ambulancias para trabajar en el frente. Allí conoce a Mary Llewellyn, una joven huérfana que se convertirá en su amante al final de la guerra. Juntas se establecerán en París. A pesar del ambiente tolerante y permisivo de la ciudad, la relación entre ambas sufre diversas tensiones: en primer lugar, Lady Anna se niega a aceptarla; además, reproduciendo los esquemas de un matrimonio tradicional, Stephen encuentra conflictos a la hora de repartir su tiempo entre su escritura y Mary, que pronto se aburre de no tener otra tarea salvo la de organizar una casa. Su círculo de amistades se compone fundamentalmente de otras lesbianas y homosexuales, pero el rechazo brutal que sufren por parte de unas amigas a las que conocen durante un viaje, cuando éstas descubren la naturaleza de su relación, hace que la obsesión de Stephen por la "normalidad" se agudice aún más. Por ello, cuando Martin Hallam reaparece en la vida de Stephen, y se enamora de Mary, tras un momento de desafío inicial ésta termina por renunciar a su amante, literalmente arrojándola en brazos de Martin, para que Mary tenga por fin una vida "respetable" y normal.

NOTAS
2. Todas las traducciones del inglés son mías.
3. Barcelona: Ultramar, 1985. Las citas proceden de la edición inglesa en: Virago Press, 1982.

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