El Pozo de la Soledad ha pasado a la historia de la literatura como "la Biblia del lesbianismo"; y, sin embargo, la visión que ofrece de las relaciones entre mujeres nos resulta hoy en día perfectamente anacrónica. De hecho, la palabra "lesbianismo" ni siquiera aparece en el texto. Se habla siempre de "inversión", en consonancia con el discurso médico de la época. Para Krafft-Ebing, por ejemplo, el homosexual se definía como "un alma de mujer atrapada en un cuerpo de hombre". Bajo esta luz describe Radcliffe Hall el lesbianismo de Stephen; en ningún momento lo plantea la autora como una opción personal, sino más bien como fruto de una ineludible combinación de innatismo y factores educacionales. Sir Philip había deseado tanto un hijo, que ni por un momento se le ocurre pensar que el bebé que su mujer espera pueda ser una niña; la criatura que nace es estrecha de caderas y ancha de espaldas, prefigurando así en su minúscula anatomía su falta de conformidad con los estándares femeninos. Su padre, que lleva meses pensando en su hijo, decide mantener el nombre que ha elegido para él, y bautiza a su hija con un nombre masculino. Para empeorar aún más las cosas, Stephen no guarda ningún parecido físico con su madre, quien contempla la semejanza de la niña con su padre como una especie de ultraje, "como si la pobre e inocente Stephen fuera, a los siete años, una caricatura de Sir Philip; una reproducción tarada, indigna, mutilada" (Hall, pág. 11). "Tarada; indigna; mutilada": estos adjetivos marcan lo que será la auto-imagen de Stephen a lo largo de su infancia y juventud, y se adivinan aún minando su ego adulto. La brevísima cita anterior nos proporciona una de las claves del "desajuste" vital de Stephen: siempre se mide o es medida con referencia a modelos masculinos. En el contexto social en el que la autora la sitúa, la Inglaterra rural de finales de siglo, sólo un hombre puede destacar por sus excelencias: como jinete, como cazador, quizá como intelectual. El hecho de que Stephen destaque en todos esos campos, juega únicamente en su contra, acentúa su condición de "rareza". No es de extrañar, entonces, que Stephen desee a toda costa ser hombre, que piense que "ser un chico constituye un privilegio en la vida" (Hall, pág. 44). Y es que a ella sólo le falta eso, ser un chico, para ser el héroe perfecto, o, al menos, el perfecto caballero rural inglés.
Si Lady Anna ve a Stephen como una caricatura de Sir Philip, quizá para la lectora contemporánea quien resulta realmente caricaturesca sea Violet Antrim, la niña que encarna el auténtico modelo de feminidad de la época. A través de este personaje se apunta, en cierta medida, la construcción eminentemente social de "lo femenino": "Violet estaba llena de poses femeninas; le gustaban sus muñecas, pero no tanto como ella aparentaba. La gente decía 'Mira a Violet, es como una madrecita; ¡es tan conmovedor ver ese instinto en una niña!' Y entonces Violet se volvía aún más conmovedora" (Hall, pág. 44). Esta es una de las pocas fisuras por las que la novela deja adivinar que los roles de género no son tanto fruto de la naturaleza como del aprendizaje. Sin embargo, no debemos olvidar que el discurso sobre el género de la época victoriana no hace grandes distinciones entre lo uno y lo otro: lo natural en una mujer es tener instinto maternal, ser dulce y delicada, aprender a tejer y bordar y sentir horror por los deportes y el aire libre. Por eso, lo que la pequeña Stephen envidia en Roger, el hermano de Violet es precisamente su derecho a ser "perfectamente natural".
Dentro de ese contexto, en el que los roles que se atribuyen a cada género son absolutamente inmutables y se imponen como fruto de la naturaleza, Stephen no puede sino concebirse en términos negativos; como algo antinatural, desajustado, cuyo único lugar en la vida está en "la tierra de nadie del sexo", "a medio camino entre los sexos" (Hall, pág. 81). Su amor por Angela Crossby le hace preguntarse: "¿qué clase de abominación soy?" (Hall, pág. 153), y la única respuesta que puede darse es "soy algún terrible error-un error de Dios" (Hall, pág. 199). Tras el escándalo que sigue al descubrimiento de su relación con Angela, su madre le dice: "Toda la vida [...] he sentido una especie de repulsión física, un deseo de no tocarte ni ser tocada por ti -un sentimiento terrible para una madre -que me ha hecho sentir muy desgraciada. He sentido a menudo que era injusta y antinatural -pero ahora sé que mi instinto no estaba equivocado; tú eres antinatural, no yo" (Hall, pág. 203).
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