Mis padres se llaman Paco y Manolo. Los sinsentido de un articulista

Los colectivos de homosexuales del mundo entero deben estar dando saltos de alegría. En las últimas semanas han conseguido avanzar más en su particular lucha que en todos sus años de asociacionismo. Quizás sea este el año pro-gay y a muchos no nos han avisado. Sólo en España, este pequeño pero influyente sector ha conseguido acercarse a pasos agigantados hacia la adopción de niños por parejas de gays y lesbianas, tanto que incluso han sembrado precedentes. Lo que todos pensábamos es ahora ratificado por los expertos. Un grupo de psiquiatras advierte, tras realizar un estudio, que los niños educados por gays tienen un 60% más de posibilidades de serlo. La eterna falacia de los homosexuales de que el entorno no condiciona la sexualidad del niño es por tanto desmantelada con este estudio. Sin embargo, los psiquiatras insisten en que esta no es la única consecuencia de un ambiente homosexual. El Presidente de la Asociación Mundial de Psiquiatría, Juan José López-Ibor, advierte que "un niño adoptado por una pareja homosexual entrará necesariamente en conflicto en sus relaciones personales con otros niños. Se conformará psicológicamente como un niño en lucha constante con su entorno y con los demás; creará frustración y agresividad". De igual forma, el psiquiatra Enrique Rojas afirma que "el ser humano necesita firmeza y flexibilidad, autoridad y condescendencia, corazón y cabeza. Se trata de características complementarias que son aportadas por el padre y la madre", por lo tanto "es imposible una educación completa en un ambiente homosexual". No obstante, los homosexuales y quienes apoyan sus reivindicaciones, es decir, la izquierda más cercana al comunismo, que en España viene a ser toda la izquierda, se han apresurado a restar validez a estos datos, basándose en consideraciones personales. Pero en este caso, la lógica viene a reforzar las tesis de este estudio. Sólo hace falta pensar un poco para darse cuenta que un niño con dos padres o dos madres va a ser, cuanto menos, el hazmerreír y el objetivo de las burlas de sus compañeros de clase. Que él mismo se sentirá un bicho raro. Que estará carente de la figura paterna o materna y que por lo tanto su educación y su personalidad estarán cojas. Que sus relaciones personales serán conflictivas. Que su sexualidad va a estar inducida y que, en fin, su vida entera va a estar tremendamente condicionada por la homosexualidad de sus padres/madres. Parece más bien que su existencia será lamentable y que estará irremediablemente destinado a la infelicidad. Sería descabellado entonces permitir que esto sucediera. La adopción siempre ha resultado un proceso difícil y lento, salvo, como en casi todo, que el dinero vaya por delante. Una pareja normal tiene que esperar mucho tiempo para poder adoptar un niño, tienen que ser sometidos a estudios psicológicos y cumplir una serie de requisitos que los capaciten para encajar en el perfil de padres modelo, o al menos de buenos padres en potencia. ¿Cómo es posible entonces que, al margen ya de lo negativo que pueda ser para el niño unos padres homosexuales, se le permita a éstos adoptarlo, cuando son la antítesis de padres modelo?. La diferencia de sexo en la pareja debería ser la condición primera y necesaria para poder adoptar. Esto es algo tan básico que parece absurdo recordarlo, pero a la vista de los hechos resulta necesario. La homosexualidad, por mucho que quienes la abanderan lo nieguen, se escapa de toda norma. No es una opción sexual como otra cualquiera, en primer lugar porque quienes la eligen representan un porcentaje bajísimo y en definitiva porque atenta contra la naturaleza humana. Además, la adopción se ha convertido para los homosexuales en un instrumento de lucha para conseguir una igualdad que ansían a toda costa, relevándose a un segundo plano la felicidad del niño y lo que más le conviene. Pretenden asignarse como derecho aquello que biológicamente les ha sido negado, sin sopesar el daño que pueden causar, actuando de forma egoísta, utilizando una vida como mero instrumento de sus protestas. Esto sólo merece un calificativo, paradójicamente el mismo contra el que dicen luchar: discriminación.

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