AHORA que los “grandes hermanos” y los programas de televisión nos muestran cada vez más lesbianas y los políticos se atreven a hablar de derechos para parejas homosexuales, muchos dicen que ya está todo conseguido. Dicen: “¿Qué más queréis?”. Tenemos a Raquel y Noemí, Elba, Mari (todas del programa concurso Gran Hermano); la serie 7 Vidas nos muestra una femenina pero sexual actriz como Anabel Alonso (en el papel de Diana Freire) y a la actriz y presentadora Rocío Madrid como lesbiana fingida. Los anuncios muestran lesbianas estupendas y guapísimas como los de Seat Altea, Lucky Strike o Cutty Sark. Son muchas más imágenes de las que teníamos hace cinco años, pero a pesar del auge televisivo estas muestras son escasas y limitadas.
Lesbiana sigue siendo un insulto que puedes arrojarle a quien quieras desacreditar. En esta sociedad ser mujer sigue siendo peor que ser hombre: sentimental, víctima de la moda, siempre dispuesta a dejarlo todo por su familia,… Ser lesbiana es infinitamente peor que ser gay: “¿Dónde está tu glamour?”; “tienes que ser más femenina”; “a ver si te cuidas más, nena”, pregunta a tus amigas lesbianas cuántas veces han tenido que oír estos comentarios.
Cuando una mujer es sospechosa de ser lesbiana todo su comportamiento se pone bajo la lupa. Recordemos el caso de Dolores Vázquez, que culpable o no del asesinato de la hija de su ex compañera sentimental, fue vilipendiada por ser lesbiana, fría y poco dada a la crisis de nervios. Total, todo un “perfil delicuencial” en palabras del entonces ministro de Interior Ángel Acebes. Es una mujer mala, que como tal se merece castigo, sea culpable o no. Es demasiado parecido a las películas y los libros donde las lesbianas “tienen” que morir al final o les pasa algo horroroso.
El sexismo y la lesbofobia (1) tienen en común considerar a las mujeres y a las lesbianas como ciudadanas de segunda clase. Da igual que seas lesbiana, que lo parezcas o que el resto piense que lo eres. Serás candidata a sufrir el rechazo, la intolerancia, los prejuicios de tu entorno; desde quienes se sienten “incómodos” hasta quienes te señalan como un “persona exótica”, un personaje de telenovela, una realidad inexistente o un recorte de prensa anecdótico.
También las instituciones ignoran la violencia y la realidad específica que viven las lesbianas. Por ejemplo, las políticas de género de cada comunidad autónoma y cada ayuntamiento no incluyen a las lesbianas –como si no fueran mujeres- con la excepción del Instituto Vasco de la Mujer, que sí lo hace en su III Plan de Acción Positiva para las Mujeres en la Comunidad Autónoma de Euskadi. Mucha gente, entre ella algunos homosexuales, presiona, se burla y discrimina a las lesbianas exigiéndolas que sean “femeninas”, como si existiera una única feminidad. Buscan que las lesbianas cumplan determinados comportamientos normativos, así muchas acaban interiorizando esa misoginia, y se convierten en policías de la norma incluso consigo mismas.
Pensar en las lesbianas sólo y exclusivamente en términos de “amistad extravagante”, “moda”, “reclamo publicitario” o “imagen porno” es tan lesbófobo como pueden ser los insultos, la incomodidad que “producen” o la exclusión continua a que se les somete. Si aceptamos que las mujeres son diversas, de mil maneras diferentes, tenemos que hacer lo mismo cuando miramos a las lesbianas: unas serán más listas, otras más guapas, unas más televisivas, otras más de tu barrio… no busquemos una única imagen porque será tan discriminatorio como la “mujer florero”.
(1) Según Daniel Borrillo, jurista y sociólogo argentino: “La lesbofobia es la expresión de rechazo, odio o temor de las personas o grupos que son identificados o que perciben como si fueran lesbianas, o a quienes se asocia, real o imaginariamente, con ellas”.
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