¡Quiero formar una familia!

Hijos concebidos por reproducción asistida, gays y lesbianas que quieren casarse, madres que asumen el rol del padre. En estos tiempos de cambios, Roudinesco analiza el paso de la familia tradicional a la posmoderna. Resulta muy difícil imaginarse a gente como Baudelaire, Jean Genet, Luis Cernuda o William Burroughs acudiendo a una manifestación para reivindicar el derecho a legalizar las adopciones de niños y las uniones entre homosexuales. La familia les parecía algo execrable, algo funesto que debía ser impugnado, rechazado, destruido, y en ello se basaban su escritura y sus actitudes (a)sociales. Elisabeth Roudinesco abre su libro con una pregunta que sitúa con precisión el marco donde van a transcurrir sus análisis y reflexiones: ¿qué ha sucedido en la sociedad occidental durante los últimos treinta años para que aquellos que hasta no hace mucho habían sido calificados de enfermos mentales, invertidos, sarasas o perversos, manifiesten un deseo de adaptarse al orden familiar? En esta manera de formular la pregunta y en la elaboración de la respuesta reside la fuerza del trabajo de esta autora francesa experta, entre otras cosas, en la historia del psicoanálisis. Imaginemos que una familia esté compuesta por una pareja gay o lesbiana, o por una pareja heterosexual en la que ella decide, al margen del padre, cuándo, cómo y de qué manera va a tener los hijos, o por una sola mujer o un solo hombre cuya hija ha sido concebida a partir de una técnica de reproducción asistida, gracias al óvulo dado por una mujer anónima y al esperma de un hermano tetraparapléjico, implantado todo ello en el cuerpo de una tercera mujer. Imaginemos que en el futuro una familia estuviera formada por miembros resultantes de todas las posibilidades abiertas por la incipiente clonación de embriones humanos, con los problemas éticos de ahí derivados. A la luz de estos casos, ¿qué es una familia? ¿Cómo hay que pensarla? ¿Será que, por fin, los conservadores podrán levantar los dedos en señal de victoria diciendo que la institución familiar ha triunfado? ¿O será que, por fin, los partidarios de la liberación de la mujer, de los gays y lesbianas, de lo “queer”, podrán extraer la conclusión de que han introducido un caballo de troya en la casa de las instituciones conservadoras? Hay cierto tufo de ambigüedad e indecidibilidad en este problema. Damos un enorme salto temporal y recordamos que, según Aristóteles, la familia es un organismo en el que el hombre manda, la mujer se somete y todo se organiza según un principio monárquico. O bien, miramos de reojo hacia la “ideología” de George W. Bush y hacia algunas de las series que inundan la televisión española, y nos enteramos de que una “buena” conyugalidad supone la prohibición del placer fuera del matrimonio y la obligación de ese mismo placer dentro del matrimonio, ¡qué horror! Dadas estas bases de la familia (a lo que habría que sumar lo referido a la filiación de los hijos) se comprende muy mal que los homosexuales, por ejemplo, quieran acceder a ese estado de cosas. De hecho, los enemigos de que los gays y lesbianas puedan formar una familia y adoptar o tener hijos, aducen que estos provocarían un cortocircuito en el interior de la conyugalidad por el simple hecho de que se produciría una confusión de papeles: ¿quién es quién? ¿Quién es qué? ¿Quién pone el agujero y quién entra dentro de él? ¿Qué sucede si se multiplican los agujeros? Borrarían o multiplicarían la diferencia sexual, se transitaría del uno a lo múltiple sin pasar por el dos. En cambio, todos los que abogan por la “normalización” de las relaciones entre homosexuales, por la separación del placer y de la reproducción, por la división entre reproducción propia y reproducción asistida, etcétera, son y deben ser conscientes de que al entrar en el marco de la familia deben transformarlo, deconstruirlo, crear nuevos fundamentos, para no ser absorbidos por un programa tradicional y represivo. Elisabeth Roudinesco se encarga de analizar con las armas que le proporciona el psicoanálisis, la antropología, el feminismo o los estudios “queer” el fenómeno de la familia en su evolución histórica. Hace un repaso de las mutaciones que han llevado desde la familia tradicional a la posmoderna pasando por la moderna. Constata cómo la evolución de la familia se ha hecho a costa de una pérdida del poder y de la autoridad paternas, en virtud de una progresiva liberación de la mujer y, en última instancia, de los homosexuales. Hace notar determinadas situaciones paradójicas (una mujer puede robarle el semen a un hombre y no tiene por qué rendir cuentas ante nadie, pero a su vez puede conseguir que un hombre se haga las pruebas de la paternidad para determinar si es el padre o no). Del Padre que tenía todo el poder de decisión en cuanto a la familia y a los hijos se ha pasado, subraya Roudinesco, a una situación en la que es la Madre la que toma las decisiones a ese respecto. Lo primero que se desprende de su estudio es que la familia es un fenómeno histórico, no ontológico, sometido a constantes vaivenes, transformaciones, deformaciones, deconstrucciones, tanto que se acaba sospechando que el concepto de “familia” no posee un referente fijo e inmóvil. La familia, como el hombre, como el autor, es una reinvención reciente. Por ello, ¿qué razón hay para que nos sorprendamos de los profundos movimientos sísmicos que afectan a su estructura? La frase con la que el libro se cierra, “la familia venidera debe reinventarse una vez más”, es en realidad una invitación a pensar cómo puede ser lo que viene, una invitación a que me marche a mi casa y le explique ciertas cosas a “mi” familia. MANUEL ASENSI PÉREZ - 31/03/2004

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