Los rayos de sol se reflejaban en el agua del mar, tonos rojos, naranjas, el cielo de color rojizo, la arena de la playa de un dorado intenso, se veía una pequeña barca en el horizonte, entre dulces olas que la balanceaban como si fuese una cuna, el mar su madre afable y cariñosa, los tejados de las casas se despedían del sol, las paredes blancas por la cal se volvían de un amarillento dulce, cálido. No había cambiado nada, el paisaje, silencioso, hogareño, colándose en su corazón, como si de un cuadro de Monet se tratase, un paisaje digno de una postal. La brisa marina le tría un dulce aroma salino, la arena de la playa se entrelazaba con los dedos de sus pies, descalzos, su vestido ondulaba al viento, miraba el atardecer, ojos soñadores, perdiéndose entre los rayos de luz que atravesaban el mar fundiéndose con él, o se reflejaban dándole luz propia. Miró una vez más el horizonte y se fue, camino por la costa, con el agua del mar rozándole a intervalos los pies, sus tobillos, su piel, estremeciendo cada músculo de su cuerpo, haciéndola sonreír con sus caricias, al llegar a la altura del puerto se calzó sus sandalias y caminó hasta el paseo marítimo, no había mucha gente, alguna pareja con las manos entrelazadas, miradas cómplices, a veces apasionadas, a veces simplemente cariñosas, algún abuelo con su nieto camino a casa después de un largo día en la playa. Ella volvió, mientras la noche la embriagaba, sumiéndolo todo en la oscuridad, llegó cuando la noche había caído ya sobre el pueblo, cuando ya no quedaban sino vagos reflejos donde antes había luz, entró en la casa y cerró la puerta tras de sí, el habitual crujido al tocar el marco, madera contra madera, desgastada y vieja, vencida por la sal y el tiempo, subió las escaleras con paso lento, mientras se apoyaba en una caricia en la pequeña barandilla de hierro, fría incluso en aquellos días de verano, se tumbo en su cama con la vista fija en la ventana, veía combatir a las estrellas con la luna para ver quien brillaba más, y así soñando con ser alguna de aquellas estrellas, soñando con que alguien viera aquella misma luz que resplandecía en la oscuridad de la noche en su interior.
Llegó cuando la noche se despedía de los tejados, y los rayos del sol, soñolientos, intentaban alumbrarlo todo a la vez, dejándolo en una suave niebla como si de un sueño se tratará, una mezcla entre la realidad del día y la fantasía de la noche, bajó del autocar y miró alrededor, no recordaba las veces que había visto aquel mismo paisaje que ahora hacia brillar sus ojos verdes, hacía tanto tiempo, mucho sin respirar aquel aire, mezcla de mar y tierra, sin ver aquellas casa de paredes blancas, aquellos tejados a medias, como esperando que alguien construyera otro piso encima, confundiéndose con las paredes, aquel mar ondulando y brillando como un manto de estrellas al final de la calle mayor. Se distrajo mirando a un señor pasar con paso lento y cansado camino a sus tierras, abatido ante la larga jornada de trabajo en los campos, un pescador camino al puerto saludándole con un gesto de la mano y una sonrisa pensando en la hora en que se viera en su barco en medio del mar sin nada más alrededor que agua y profundidad, sin ningún atisbo de civilización, a solas con las olas y su barco. Ella cogió su maleta y la arrastró hasta la pequeña pensión, que se diferenciaba con las demás casa, gracias a un pequeño cartel de madera, pintado de color azul y con letras blancas.
La habitación era muy sencilla, una vieja cama de madera con un colchón desgastado por el uso, con el cabezal debajo de una ventana, una pequeña mesita de noche y un pequeño armario a la izquierda de la puerta. Dejó la maleta encima de la cómoda y salió a dar un paseo. Sus recuerdos la invadían en cada callejuela de aquel pueblo andaluz, la plaza donde de niña había jugado con sus primos, la calle que bajaba a la izquierda del ayuntamiento, el pequeño callejón con apenas cinco puertas para las viviendas, la última casa del callejón, pintada como el resto con cal, dos grandes portones de madera oscura en forma de arco, las tejas que hacía años se habían desprendido del techo y se habían colocado contra la pared en el suelo, olvidadas, rotas por el tiempo.
Los rayos del sol que entraban por la ventana la despertaron con su resplandor, en su habitación olía a vainilla y a café recién echo, bajó los escalones de uno en uno, crujiendo a su paso, llevaba aún el vestido, arrugado y destartalado por sueños y pesadillas, bostezó al sentarse en una silla y su padre puso una taza de café delante de ella.
- ¿Has dormido bien?
- Sí.
- Volviste muy tarde.
- Sí.
- Deberías despertar a tu hermanita, tiene que ir al colegio.
- Sí.- Se levantó apurando el café y como todos los días se puso en el papel de la madre.
Subió de nuevo los peldaños y abrió con suavidad la puerta de la habitación de su hermanita, hacía unos años ella le había pintado un paisaje en la puerta y en las paredes de la habitación, le había costado mucho tiempo y esfuerzo pero al ver la sonrisa de su hermana se le había olvidado todo, nubes blancas moteando el azul celeste de fondo, un globo en un lado, una alfombra voladora en otro sitio, cosas añadidas sobre el cielo y las nubes, a su hermana le gustaba que pintara algo que tuviera que ver con los cuentos que le contaba para espantar las pesadillas. Su hermanita se parecía mucho a su madre, tenía los ojos azules enmarcados por pequeñas pestañas doradas, sus mejillas estaban llenas de pequitas por aquí y por allá, sus tirabuzones dorados le caían sobre la cara, a veces se los apartaba detrás de la oreja como hacía su madre cuando estaba allí.
- Princesita, es hora de despertar.
Puso su mano en la mejilla de su hermanita y sonrió al ver como se estiraba y bostezaba.
- He soñado que volaba.- Una sonrisita dulce apareció en sus labios.- Con mama.
Dejó a su hermana en el colegio y ando por las calles del pueblo hasta la playa, le apetecía un baño pero al cambiarse de ropa y ducharse no se había acordado de coger el bikini, entró en el bar, un letrero de propaganda y la palabra bar escrita a mano en un cartel debajo del de propaganda, una pequeña puerta de cristal separaba el establecimiento de la arena de la playa, aunque siempre había tierrecilla por el suelo, no había casi nadie, el abuelo del panadero sentado en su mesa de siempre con su interminable vaso de vino, Roberto el hijo del dueño detrás de la barra jugando con una gameboy, la viuda en un rincón solitario sumida en la oscuridad y en sus pensamientos, no recordaba haber visto a aquella mujer nunca sonreír, puede que no supiera hacerlo, tampoco recordaba que hubiera estado casada aunque todo el mundo la llamaba la viuda y una chica en la barra tomando un zumo, no le sonaba, sería alguna turista que se habría perdido camino a la capital. Vio a Miriam barriendo en un extremo del bar la arena de la playa, se acercó a ella y la agarró por la cintura, apoyó su cabeza en su hombro.
- Buenos días.
- Ahora estoy ocupada Eva, siéntate y tomate algo anda.
Obedeció, su chica últimamente estaba rara, Eva creía que se había enamorado de la hija del panadero, a veces iba allí con su bisabuelo, pero era heterosexual, y siendo las únicas lesbianas del pueblo era algo normal que estuvieran juntas, aunque en realidad hacía tiempo que ninguna de las dos sentía aquella sensación en la boca del estomago al verse, Eva no había recordado la última vez que lo sintió y no le importaba, era una relación cómoda, sin sobresaltos, ya se conformaba con eso. Sonrío a Roberto y pidió una coca-cola.
- Tienes a tu chica enfadada.- Dijo Roberto poniendo la consola a un lado.
- ¿A sí?
- Sí, aunque no se porque es, pero últimamente esta de mala leche.
- Lo sé.- Dijo Eva mirando a Miriam, que seguía barriendo sin inmutarse.
Helena acabó su zumo, observó unos instantes a la chica que hablaba con el camarero, desde donde estaba no sabía de que hablaban, tampoco la había visto entrar, se sorprendió al darse cuenta que estaba mirando los labios de aquella chica, y aquella confusión, últimamente tan habitual, se apoderó una vez más de ella, estaba mirando sus gestos y le parecía una chica guapísima con aquellos ojos verdes y aquella sonrisa, se quitó esos pensamientos con un: ¿Qué haces, no ves que es una tía? Dejó dinero en la barra y salió del bar.
Paseó por la playa de un extremo a otro, con la vista perdida en el mar, en el cielo, pensando en que habría más allá del azul, unas gaviotas se abalanzaban contra el mar y salían victoriosas con un pez en el pico alejándose a lugares más tranquilos, a Helena no se le ocurrió ningún lugar más tranquilo que aquel, acabó entre pensamientos en el puerto, pequeñas y grandes embarcaciones pescaderas se arremolinaban en torno a los viejos muelles de madera con sus palos alzados contra el azul del cielo, como queriendo atravesarlo y llegar al sol, se fijó en una pequeña barca, la pintura blanca se descorchaba aquí y allí y la madera se veía débil por el contacto con la sal del mar, un pequeño remo rojo la atravesaba, paralelo a la quilla, se fijó en el nombre del barco Catalán.
- ¿Helena?
Se giró y contemplo por primera vez en mucho tiempo sus ojos marrones profundos como el más oscuro de los pozos, aquella media sonrisa que tenía en los labios, sin duda cosa de familia, la había llamado hacía un par de días diciéndole que pensaba ir al pueblo a pasar unos días, quizás unos meses, que necesitaba alejarse de Toledo un tiempo, su prima le había dicho que no había ningún problema. Se fundieron en un abrazo y se quedaron mirando a los ojos, se echaron a reír.
- Has crecido.- Comentó su prima mirándola a los ojos.
- Bueno, ha sido mucho tiempo.
- Demasiado. Mi prima pequeñita. Esta si que es buena.- Su prima Elisa la rodeaba con un brazo sonriendo de oreja a oreja.
Se llevaban muy bien, a pesar de la diferencia de edad, Helena tenía 19 y su prima Elisa 32, pero siempre se habían llevado muy bien, eran muy diferentes, a veces discutían, sobre todo cuando Helena era una niña y se enfadaba porque su prima no se la llevaba con ella, Elisa lo tenía todo, un marido que la adoraba, unos hijos preciosos y una bonita casa con vistas a la playa. Elisa la convenció para quedarse en su casa, tenían una habitación de invitados para ella y así podrían pasar más tiempo juntas. A Julio no le importó para nada que la prima de su mujer se quedará allí, y por la noche invitó a Roberto, su hermano pequeño, para que viniera a cenar.
Roberto llegó acompañado de una chica, Cristina, morena no muy alta y con una cara de angelito que no ha rato un plato, Roberto era el camarero del bar en el que había estado desayunando, más bien el hijo del dueño, ya que el bar era de los padres de Julio y Roberto, tenía 22 años y era muy simpático. Se pasaron la noche bromeando y Roberto se llevó a Cristina y a Helena a uno de los muelles donde estaban unos amigos y amigas charlando.
Eva vio llegar a Roberto con la hija de la panadera y otra chica, le sonaba haberla visto en el bar ese mismo día, no pudo evitar ver la mirada de Miriam hacia Cristina, y se dio cuenta de que sus ojos reflejaban tristeza, Eva conocía aquella sensación de amor imposible, y el de Miriam era aún peor, la novia del hijo de su jefe, a parte de ser unos de sus mejores amigos.
Roberto presentó a Helena a todos los que había, una chica que trabajaba con él en el bar, Miriam, que la saludó sin ganas, un amigo del instituto de la capital que pasaba las vacaciones allí, Rubén, el hijo del herrero Fernando (Ferny), el hijo del dueño de la pensión, Lucas, la hija del de la piscina, Alba y Eva, Helena la miró fijamente, unos tejanos desgastados y un top blanco, le quedaban a la perfección, y una vez más aquella confusión, ¿Por qué se había fijado en ella? ¿Era acaso lesbiana? ¿Por qué no se había fijado en Lucas, era muy guapo y seguro que todas se fijaban el, pero porque no ella?
Los días pasaron tranquilos, lentos, entre paseos por la playa y charlas en el muelle refugiados bajo las estrellas. Helena y Eva se hicieron muy amigas, realmente no sabían mucho la una de la otra, pero había algo, un lazo invisible que las unía de una forma que ninguna de las dos se podía explicar, atrayéndolas la una a la otra, a Helena le costaba mucho dejarse llevar por ese lazo, su corazón intentaba decirle algo pero se cabeza no le dejaba, lo silenciaba con substanciosos argumentos que poco a poco iban perdiendo sentido. Eva, por su parte, sabía lo que le estaba pasando, algo que no quería que pasara otra vez, hacía mucho se había prometido a si misma no volver a caer en amores imposibles, pero si hay lago incontrolable en este mundo es el corazón, y aunque se negaba a si misma haberse enamorado de aquella chiquilla, no podía evitar volar cada vez que sus ojos marrón claro, se clavaban en los suyos.
Miriam tardó poco en agobiarse hasta tal punto que no quería ver a nadie, Eva sabía porque era, y aunque habían decidido dejarlo sin que los demás lo supieran, para no tener que aguantar habladurías del pueblo, no podía evitar preocuparse por su amiga, pasaba mucho rato en su casa intentando consolarla, pero sabía que para eso no hay consuelo, simplemente hay que esperar, esperar a que poco a poco ese amor se vaya esfumando, a que se diluya en su pecho hasta dejar de existir, hasta que una ráfaga de viento se lo lleve lejos, con la esperanza de que esa misma brisa o otra parecida no lo vuelva a traer.
Cristina no se daba cuenta de nada, es asombroso cuando alguien no puede vivir sin una persona y sin embargo, esa persona vive sin apenas darse cuenta de la existencia de esa otra persona. Cristina ignoraba por completo el dolor que causaba en Miriam cada vez que besaba a su novio, Roberto, y es que ella sentía lo mimo que Miriam, ese amor sin límites, sin cordura, ese remolino que te arrastra sin saber porque, sin darte tiempo ni siquiera a preguntarte porque ese sentimiento, simplemente dejándote llevar, viviendo en ese sentimiento, sin preguntarte cuando llegó o cuando se irá, solo que Cristina lo sentía por Roberto y Roberto lo sentía por ella.
Una tarde Helena había ido a ver a Eva a su casa, como muchas otras se encerraron en la habitación perdiéndose en grandes conversaciones, en las que en realidad no decían nada, solo intentaban ocultar sus deseos, el de Eva un deseo conocido que quería borrar, el de Helena un deseo que aún estaba conociendo y que no quería llegar a conocer. Helena vio los dibujos de Eva y se maravilló, era una gran pintora, se el daban muy bien los paisajes, aunque los retratos tampoco se le daban mal, helena quiso que Eva la pintará, pero Eva se negó, ¿Cómo expresar en papel la belleza de aquella chica? ¿Cómo conseguir que se refleje siquiera un ápice de aquella alma? Se creía incapaz, o tal vez fuera que sabía que si la pintaba se iba a enamorar perdidamente de aquella chica, más de lo que ya estaba, no sabía si iba a poder contener sus deseos, mientras dibujaba la línea de las caderas de Helena, de sus pechos, de sus piernas, no se veía capaz y dejó pasar el tiempo.