Cristales rotos. Camino sobre cristales rotos. Al menos duele como si fuese cierto. Bueno, no; duele más. Las manos te tiemblan cuando intentas encender el cigarrillo. Deberías dejarlo... Pero hoy no, tal vez mañana. No te preocupes, te entiendo. Mataría por una calada. Pero supongo que ya no es posible... No llores, no vale la pena llorar por mí. Sólo fui una oscura sombra que se escurrió por tu vida. No temas, no me necesitas. Deja de derramar lágrimas, no me hagas esto más difícil. Ya es demasiado complicado. Recuerdo que antes me escuchabas, pero ahora estás ahí de pie, ante mí, como una estatua de mármol, dejando caer las lágrimas sobre tus manos. Y no me oyes. Antes... Añoro los viejos tiempos: estar contigo, envolverte con mis susurros hasta que te dormías y besar tu frente para darte las buenas noches. Hace mucho tiempo que no descansas arropada por mis palabras. Daría mi alma por volver a contemplarte en la oscuridad cada noche. Pero supongo que ahora es imposible. ¡Dios, necesito un cigarrillo!
Había fuego dentro de mí; era como una inmensa llama surgida del infierno que me tragaba y me destrozaba con la fuerza de un huracán. Separarme de ti fue lo más difícil y doloroso que hice en mi vida. Tus lágrimas no calman mi dolor. Hacen que lamente muchas cosas; se me clavan como ácido en lo más profundo de mi corazón. Pero no me calman. Me hacen sentir remordimientos: la culpa siempre fue mía. ¿Por qué? Por todo. Por no confiar en ti, por amarte tanto, por entregarte una vida tan corta y dolorosa... Sé que no cumplí mi promesa, ya no sigo a tu lado; pero tienes que entenderme, tienes que perdonarme. Es lo último que voy a pedirte. Eso y que seques las lágrimas que resbalan por tus mejillas. Olvida el pasado, el dolor y los recuerdos. Déjalo donde debe estar: atrás, en algún rincón de tu memoria. Olvídame, porque sólo soy eso: un mal recuerdo del pasado.
Puede que me equivocase, que mi deber fuese confiar en ti y contártelo todo. Pero no quería hacerte daño. No pensé en lo que sentirías al apartarte de mi vida, sólo me preocupaba esto. No quería verte ante mí, destrozada por el llanto, lamentando el error que creías haber cometido al odiarme. No fue un error. Te abandoné, te expulsé de mi lado sin pensar en tus sentimientos, decidí por ti como si fuera a hacerte bien... No puedo evitar pensar que me equivoqué. Deberías odiarme, ¡necesito que lo hagas! Así todo sería más sencillo. Pero parece que sigues amándome. ¿Lo haces? ¿Alguna vez lo hiciste? Dudé de ti, no puedo negarlo. Pero no me culpes, ¡era todo tan bonito! No podía deshacerme de la sensación de que sólo se trataba de una ilusión. Llámame estúpida, o lo que quieras; siempre existe un pero, yo sólo me esforcé en buscarlo.
Te quise... te quiero. Todavía siento lo mismo por ti. Pude mentirte antes, pero ya no es necesario. Jamás dejé de quererte, jamás lo haré. ¿Realmente llegaste a creerme? ¿Suponías que podía ser tan hipócrita como para amarte más que a nada en el mundo y olvidarte al cabo de dos días? Supongo que no soy tan mala actriz como pensaba. Está empezando a llover; deberías marcharte. Estás muy guapa, mojada, con tu pelo empapado suelto sobre los hombros; con tus intensos ojos verdes fijos en mí, dejando huír lágrimas que se confunden con las pequeñas gotas de lluvia. Me rompe el corazón verte llorar por mí. No lo merezco. Ni siquiera ahora puedo dejar de hacerte daño. Acompañaría tu llanto, pero ya no tengo esa capacidad. Ya lloré demasiado y ahora estoy completamente seca.
¡Hay tantas cosas que todavía no te dije! Pero ya es muy tarde, ya no me escuchas... Pero te quedas frente a mí, lamentándote, mordiéndote el labio para no derramar más lágrimas, calada hasta los huesos en esta fría tarde otoñal. Disculpa si me pongo algo poética, pero es lo único que nos queda, lo único que nos une: la poesía que llevas arrugada entre los dedos, la última que escribí, sólo para ti. Sólo tú podrías recitarla, sólo tu dulce y suave voz aterciopelada. Pero sé que cuando llegues a casa encenderás el fuego y contemplarás cómo muere ese papel entre las llamas. Te entiendo. Y por eso voy a elevar mi voz por última vez, para regalarte con mis antiguos susurros un último anochecer a mi lado. Sí, anochece, puedo verlo a pesar de las nubes. Y te llevarás mis palabras contigo, para que te arropen esta noche. Sé que no son versos muy buenos, que la poesía era mi mayor lacra. Pero esta surgió del corazón: cada verso, cada palabra, cada sílaba, cada letra...
Sé que soy la causa de tu dolor,
tendrás que perdonarme;
demasiado tarde para cambiar,
para volver a ti.
Me gusta recordarte así,
tal como eras ayer,
con tu risa resonando en mi alma,
dentro del corazón.
Pero tu llanto volverá de nuevo
desde el más negro abismo;
nunca pudiste dejar el recuerdo
de tus viejas heridas.
Por eso necesito que prometas
que no habrá más lágrimas,
que resistirás sola los envites,
que me olvidarás.
¡Ah, lo que daría por una pequeña dosis de nicotina! Pero ya es tarde para eso, ya es tarde para todo: para mí. Por más que lo intento no consigo recordar mi vida sin ti. He perdido mi pasado, pero, si te soy sincera, no lo echo de menos. Cerrar los ojos y evocar tu rostro sonriente tras cada beso, cada caricia, cada palabra de cariño... eso era suficiente. ¡Yo era tan distinta cuando te conocí...! No comprendo cómo lo hiciste, pero me cambiaste. Si hubo alguna vez algo puro y bueno en mi corazón, te lo debo sólo a ti. Te dije una vez que sin ti no podría vivir. ¿Ves como nunca miento? No sé, sólo quería que lo supieras, que recordases lo mucho que te quise y que te seguiré queriendo. Y ahora yo también entiendo cuánto me quieres. Llevas demasiado tiempo de pie ante mi tumba, con la lluvia resbalando por tus mejillas, por tu cabello, llegando hasta tu alma... No tenías nada que demostrarme. Pero yo a ti sí. Ojalá pudieras oírme. Me despediría, te diría adios con una sonrisa y te besaría por última vez. Te diría, sobre todo, lo mucho que lo siento. Por no dejar que tu rostro fuese el último que contemplasen mis ojos, por evitar que sostuvieses mi mano entre las tuyas hasta el final. Luché contra esto; nunca sabrás cuánto. Luché por ti, para no perderte para siempre; y fallé. Al menos conservo la esperanza de que me comprendas, de que me perdones algún día, de que llegues a entenderme. Y no importa a donde vaya, sólo puedo asegurar que te seguiré queriendo desde donde esté con toda mi alma, o lo que sobreviva de ella. Sólo guardo una pequeña espina clavada en lo más profundo del corazón: te fallé, no pude salvarme. Es algo que lamentaré toda la eternidad. Lo siento, no fui lo suficientemente fuerte para aplacar a la muerte, no luché lo necesario para volver a ver tu rostro sonriente, no pude sobrevivir... Perdí la batalla.
Cala_Ithil
. Saludos: