EL SUEÑO
Abro los ojos...
Noto la humedad en la almohada, en mi pelo, en las sábanas, en mi piel.
El calor me abrasa el cuerpo, pero hace frío. Lo siento en el tímido
contacto del aire con mi piel, pero el calor que produce mi cuerpo
contrarresta esa sensación.
Me giro y quedo mirando al
techo. “De nuevo apareces en mis sueños”. Suspiró al comprobar que tu
imagen no se me va de la cabeza y que la recreo en el techo de mi
habitación. Primero tu sonrisa. Esa perfecta alineación de perlas brillantes,
esos labios carnosos y, seguramente, sabrosos, esos hoyuelos que se te
forman en las mejillas al sonreír ampliamente. Poco a poco se van
apareciendo en el techo tus ojos, grandes y profundos, de un verde
esmeralda, con un tinte ámbar por algunas zonas. Esos ojos enmarcados
por enormes y oscuras pestañas, como alas batiéndose al vuelo. Para
completar el rostro, ante mí, mejor dicho, sobre mí, se aparece tu
nariz, una nariz perfectamente encajada en tu rostro, que completa un
conjunto de facciones que embriagan a cualquier persona.
Suspiro
de nuevo. De un movimiento rápido me levanto y me siento al borde de la
cama. Observo el reloj. Unas cuantas horas de noche por delante y
ninguna intención de dormir. No es que no quiera dormir porque el sueño
sea de los peores que he tenido, al contrario, es el mejor sueño de mi
vida y tengo la suerte de que se ha repetido alguna que otra vez. Lo
malo del sueño es despertar, darme cuenta de la mentira que recrea mi
cabeza, la ilusión de tu acercamiento, de tu decisión. El despertar de
ese sueño lo llena todo de nada, me rodea de vacío. Cada noche que he
tenido este sueño, al día siguiente, no soy persona, solo soy capaz de
rememorar el sueño, de agazaparme en mi soledad evitando que cualquier
otra imagen entre en mi cabeza y me haga olvidar el sueño.
Me
sumerjo en la oscuridad de mi casa, navego por ella hasta la cocina,
donde sin encender la luz, me sirvo un vaso de agua fría, con la
intención de calmar el calor interno de mi cuerpo. No da resultado. Es más, el calor en mi va en aumento. Vuelvo a la cama, me pierdo en las sabanas.
Intento conciliar el sueño. Una vuelta, dos, tres,…
Abro los ojos…
Miro
al techo. Una mano aparece ante mi, una mano que acaricia mi rostro con
suavidad, una mano que desciende por mi cuello, una mano acompañada de
un cuerpo, un cuerpo gobernado por un rostro, un rostro de ojos grandes
y profundos, esmeralda y ámbar combinados a la perfección, unos ojos que me
observan, que me miran, que descienden lentamente por mi cuerpo
regocijándose en cada detalle, detalles que también son estudiados por
esa mano intrusa.
Lentamente los ojos se van acercando a los
míos, y con ellos la carnosidad de tus labios se acerca al temblor de
los míos. Cuando tu aire se confunde con mi aire, la mano intrusa, la
mano exploradora, reconoce y calma el temblor de mis labios, para
descender de nuevo por mi cuello y viajar hasta mi nuca, donde ejerce
una tímida presión que hace desaparecer tanto tu aire como el mío,
presión que me da a probar el dulce de tus labios.
Cierro
los ojos para sentir con mayor profundidad. Tus labios se pierden en
los míos, los míos recorren los tuyos, te separas lentamente y
suspiras, compartiendo de nuevo nuestro aire, un aire que nos separa.
La presión en mi nuca, ésa que en un primer momento acorto la distancia entre tu y yo, desaparece, dando paso a una nueva incursion de tu mano por mi cuerpo, en un lento descenso por mi piel, esa piel que se estremece al leve contacto de tu mano. Pero la ausencia de presion en mi nuca no evita que la
distancia entre nuestros labios dure apenas unos segundos ante mi asombrosa decisión. De nuevo saboreo la
dulzura que por unos escasos instantes me da vida. El estremecimiento de mi piel es cada vez mayor, a medida que tu mano avanza en su descenso... el beso
se acaba, el dulce se aleja de mis labios, tu mano se desvia del que creia que era su camino y sigue al resto de tu cuerpo, te desvaneces...
Abro los ojos…
L@ü