Y es que, Dana Internacional y contadas excepciones aparte, la sociedad, a través de un sinnúmero de procedimientos que van desde el rechazo puro y duro, la condena más explícita, la ironía, el chiste ofensivo, el escarnio, la promoción de discursos científicos, religiosos, éticos, sociológicos descalificadores de la homosexualidad hasta la educación en la cuna, en el pupitre, en la universidad, en el cine, en la iglesia, en la salita de estar, consigue aislar y excluir al gay y a la lesbiana del espacio público y del ámbito político. La única esfera aceptable para la homosexualidad es la privacidad y la intimidad. El ocultamiento como forma de ser y como forma de vida. O, en su defecto, acceder a lo público sólo para el goce, el disfrute y la hilaridad de un público heterosexual que se divierte contemplando un reguero de plumas, una marica estereotipada, obscena y grotesca que les hace reír. Un beso, una caricia, cogerse de la mano no son comportamientos ni socialmente aceptados ni siquiera sociales en el caso de los gays y las lesbianas. No pertenecen a la sociedad como tampoco los sujetos que llevan a cabo tales prácticas. La homosexualidad es sólo un asunto sexual, es sólo sexo y, por tanto, no tiene por qué ocupar un espacio en la vida pública. La vida del homosexual es exclusivamente vida privada. Ser homosexual no ha de tener ninguna implicación de puertas para afuera. En cambio, la heterosexualidad sí que tiene implicaciones públicas y políticas: un beso heterosexual alegra un parque en un atardecer de primavera; una pareja heterosexual cogida de la mano camino de alguna parte consolida la familia y un montón de buenos valores y sentimientos; una boda heterosexual es una promesa de futuro y estabilidad social, un regocijo para muchísimos televidentes y una magnífica cuota de pantalla caso de ser retrasmitida en prime time. La heterosexualidad sí sale fuera de casa e incluso va a sitios inverosímiles como un supermercado en domingo y se pasa horas buscando aparcamiento.
No se trata de renunciar a la intimidad del hogar y de la vida privada o desvalorizarlas, sino de caer en la cuenta de que, en el régimen del armario, la privacidad, la discreción y la intimidad no son un derecho o una opción, sino una imposición, una obligación. No responden a lo que se entiende normalmente por tener derecho a una vida privada o a no mezclar la vida privada con otros asuntos o al hecho de convertir aquélla en comidilla de la prensa del corazón. Responde a una distinción radical entre lo que se considera público o publicable, lo decible, lo admisible socialmente y lo nefando, lo que no debe salir a la luz, lo indecible, aquello cuyo solo nombre produce espanto, indignación, escándalo o es capaz de corromper la estructura social y las buenas costumbres. Responde a una estrategia de silencio impuesto de los modos más diversos, con los mayores grados de sutileza y menos sutilmente otras veces.
Hasta tal punto se considera denigrante el hecho de ser homosexual que decir públicamente que alguien es gay o lesbiana, o sea, sacarlo del armario, se considera un insulto, una calumnia, desde luego, un grave ataque contra la dignidad de la persona de la cual lo único que se ha dicho es que es homosexual. Y si encima es un personaje público, no digamos. Hasta ahora nadie se ha irritado ni ha llevado a nadie a juicio porque su heterosexualidad se publique a los cuatro vientos. La heterosexualidad no tiene nada de nefando, ni siquiera es posible, es casi absurdo e impensable considerar noticia la confesión pública de heterosexualidad de nadie. Es algo que se presupone, que es normal, que cae claramente dentro del ámbito de lo decible y que se encuentra a años luz del régimen del armario y de la conminación al silencio. Si hay algo realmente público, quizás sea la heterosexualidad. Indecible por evidente. Verdad de Perogrullo tan invisible como la luz que nos alumbra. Pero no nos extenderemos más sobre esta cuestión porque al outing y a las salidas forzadas del armario ya le hemos dedicado otro artículo.
Del otro lado del confesionario
Recluirse en el armario, si bien puede ser una solución y una estrategia para protegerse y defenderse, debe ser también, y mientras las cosas sigan como están y no alcancemos el ¿paraíso? en el que heterosexuales y homosexuales tengamos los mismos derechos, una medida temporal y transitoria. Porque tampoco es que las cosas estén tan mal como para justificar un encierro de por vida. Ni tan bien como nos las pintan. Es frecuente que suceda que, al salir del armario, el heterosexual que ha sido objeto de la confesión, se asombre y diga: ¿Acaso creías que te iba a comer, a insultar o que me iba a levantar, a dejarte de hablar para siempre y negarte el saludo?. Y acto seguido añada: Enhorabuena, te felicito por tu valentía. Seguro que ha sido muy difícil para ti. Es como si por el mero hecho de haber presenciado una salida del armario -o coming out- el testigo se sintiera de repente miembro de la comunidad opresora, hiciera un breve repaso en segundos de las veces que hubiera bromeado malintencionadamente sobre los homosexuales, le invadiera un peculiar sentimiento de culpa y necesitara darse un baño de buena conciencia: Si yo no tengo nada en contra de los homosexuales no comprendo por qué me lo ha ocultado todo este tiempo. Alguna bromilla que todo el mundo hace no justifica esta falta de confianza. Será cosa suya. Entonces, la sorpresa viene del otro lado al recibir las felicitaciones: Si tan absurdo le parecía mi silencio, ¿a qué viene darme la enhorabuena y llamarme valiente? Si sabe lo difícil que ha sido para mí, ¿por qué no me lo ha puesto más fácil cuando pudo y no obligarme a este derroche de valor?.
Es curioso, se va estando un poco harto y siempre deja perplejo, que siempre nos llamen valientes o algo por el estilo cuando salimos del armario. Si ello no es un reconocimiento explícito de culpa o de que algo pasa, no sabemos a qué responde. Desde luego, no puede ser un comentario predeterminado genéticamente en los heterosexuales. Más bien puede ser la resultante de que a nadie en su sano juicio le guste saberse partícipe de una mayoría intolerante y llena de prejuicios para con los homosexuales y que, en ese repaso de breves segundos por la propia vida, siempre asome algún trapillo sucio que les deje en mal lugar ante el gay o la lesbiana que, desde hace breves instantes, saben que tienen en frente. En adelante constituirá una diversión o un cansadísimo ejercicio de tolerancia, esta vez por nuestra parte, ver cómo se muerden la lengua ante determinadas situaciones quienes antes no se la mordían. O ver cómo piden perdón ante meteduras de pata que nunca habían sido advertidas previamente. Y ver el esfuerzo de hipervigilancia al que les obliga sentirse observados por un amigo, un colega o un familiar homosexual. Pero esto es otra historia.
Lo más curioso de una salida del armario es lo no dicho, las implicaciones y connotaciones que circulan en esas absurdas conversaciones entre heterosexual y lesbiana o gay cuando uno de estos últimos se declara abiertamente tal. Nunca hubiera creído que eras marica. Jamás lo hubiera dicho. Es que no se te nota nada. Una buena respuesta tal vez podría ser: Eso es porque tus prejuicios sobre los maricas te hacen buscar una realidad que no existe y, por supuesto, que, si no te lo digo, nunca te habrías dado cuenta porque tu búsqueda se centra exclusivamente en muñecas dislocadas, voces agudas, rostros maquillados y demacrados, y toda otra serie de prejuicios adquiridos culturalmente que denostan a los homosexuales y que, coincidiendo aquí y allá con la realidad, no se pueden generalizar en un estereotipo. Y tú los compartes uno por uno. El marica soy yo, no lo que tú piensas, ni siquiera lo que tú piensas que soy, ni siquiera, dada tu sorpresa, creo que te vayas a enterar de nada hasta dentro de mucho tiempo. Ahora seguirás buscando una esencia oculta, me someterás a vigilancia y comenzarás a hacer un catálogo de señas de identidad maricas nuevas o las viejas que ya tenías, para poder catalogarme y no llevarte más sorpresas con nadie. Y te estrellarás de nuevo. Ser marica es no cumplir, romper con las expectativas de todo el mundo: no ajustarse a ningún patrón predeterminado, a ninguna esencia ni rasgos definitorios, y mucho menos atribuidos desde el exterior. Ser marica es algo que está lejos del alcance de cualquier heterosexual, no sólo el hecho de serlo, sino la posibilidad misma de llegar siquiera a arañar el concepto. Esta desmentida inicial que suelen verbalizar los heterosexuales cuando se sale del armario en su cara: Nunca hubiera dicho que eres homosexual no responde sino al cariño que en el fondo nos tienen. Traducida sería así: Nunca hubiera dicho que eras uno de esos depravados grotescos, degenerados, afeminados y pintados de voz chillona en los que estoy pensando [Que nada tienen de malo ni de criticable, por otra parte. Pero aprender esta enseñanza le cuesta al heterosexual algo más de tiempo. Jamás hubiera pensado que estabas tan cerca de la prostitución, la droga y la delincuencia. Para nada te correspondes con mis prejuicios. Te quiero tanto que cómo iba yo a pensar tan mal de ti.
Es el momento del bloqueo mental en el que una chispa de racionalidad salta como por azar en el cerebro heterosexual asediado por una confesión inesperada: ¿Es que las maricas pueden ser como mi mejor amigo, como mi hermano, como mi hijo, como mi sobrino, como mi marido? ¿Tan normales, tan agradables, tan cariñosos, tan educados, tan listos, tan admirables? ¿Es que es posible que yo sienta afecto por una marica y que sea una parte tan importante de mi vida? Y comienzan a cuestionarse el prejuicio. A veces no es todo tan horrible, hay heteros estupendos. Con frecuencia el prejuicio no se discute porque es firme, tan firme, que la persona querida, por ser marica y caer en el prejuicio, es odiada y denostada y despreciada ipso facto. Otras veces el prejuicio se pone entre paréntesis y ya no se habla más del tema. No se lo echa de casa, pero se corre un tupido velo que ni el telón de acero. O sea, que el prejuicio también permanece, pero se suprime su vertiente represiva, condenatoria y de castigo. Otras veces se hace una excepción en el prejuicio sólo con la persona querida, con el amigo, con el hermano, con el hijo. Pero todos los demás maricas siguen siendo unos depravados. El novio no puede ir a casa, ni los amigos. La colectividad sigue estando marcada, pero mi hijo es diferente, aunque se pinte y se ponga minifalda, es muy digno. Se ha educado en casa. Luego, hay esfuerzos mayores que rozan lo políticamente correcto. Y siempre hay mucha buena gente que ni reacciona porque no tenía prejuicios.
Cómo salir del armario sin patetismos: entre la ironía y la revolución
Salir del armario implica el hecho del saber sobre el sexo, sobre la vida privada. Salir del armario supone proponer un insólito tema de conversación: hablemos de sexo. En lo que toca a la opción sexual contraria, no se trata de hacer una confesión puntual, sino que hay que mantener todo el tiempo informada a la sociedad acerca de nuestra heterosexualidad, o sea, paradójicamente, no hay que decir nada. Cuando se dice algo es para desmentirla. Acceder al discurso acerca del sexo, la única vez que se habla de sexo con los padres de nuestra generación, es cuando se es marica y se cuenta. Por lo demás, la heterosexualidad es silenciosa. No necesita confesarse un buen día: Papá, soy heterosexual. Lo más probable es que al padre en cuestión le diera un sofoco por no localizar el significado preciso de la palabra a tiempo. Para romper con la dinámica de la confesión (que siempre es penosa por lo que tiene de antiguo y culpabilizador y lo mal que se pasa), lo mejor es un buen ataque. Al salir del armario hay que procurar siempre abrir la puerta violentamente, con fuerza, y darle con la misma puerta en las narices a quien estaba fuera esperando una confesión victimaria. Una salida del armario no ha de ser pusilánime y autoinculpatoria. Hasta puede ser todo un acto reivindicativo y político. Los heteros (y perdón por generalizar como algunos de ellos lo hacen cuando hablan de las maricas o de los homosexuales o de las lesbianas) se ponen nerviosísimos ante una marica agresiva saliendo del armario atacada y como una loca, dando portazos en la cara a diestro y siniestro. Hay que quitarle la iniciativa al que escucha, cortarle todas las salidas, devolverle invertidas todas las preguntas, hacerle ver que hasta la fecha no se está seguro de su heterosexualidad porque nunca ha alcanzado el nivel discursivo, y mucho menos el de una confesión. No es lo mismo situarse frente a un armario y que de él salga la cenicienta, tímidamente, primero asomando su sucia naricilla, luego un dedo, luego toda la manecita, luego un pie, pedir permiso con un hilillo de voz, y decir tan bajito que casi no se oye: soy lesbiana, soy gay, soy homosexual, etc., a que salga una especie de Chewbacca enfurecido con todos sus rubios pelos de punta mascullando no se sabe muy bien qué, pero dejando bien a las claras que lo suyo no es hacer concesiones. Si no haces esto último, estás muerta y entregada y presta a ser degollada, o lo que es peor, a que te traten con condescendencia, comprensión, consuelo, babitas y que te hablen flojito ellos también.
Cuando se sale del armario no sé por qué los heteros siempre empiezan a hablar flojito, muy flojito. Como quien acaricia a un perrillo asustado para tranquilizarlo y darle confianza. Nada, nada. ¿Para qué darles ventaja? Hay que salir del armario a lo Van Damm, a lo Rambo o a lo Demi Moore, a lo Juana de Arco, a lo marine (no se me ocurre nada más obsceno, ineducado y violento). Formando una escandalera de la hostia. No hay que abrir la puerta, sino derribarla a patadas y que tengan cuidadito fuera con las astillas, y salir hecho una alimaña, metralleta en mano, pantalones de camuflaje, y pintura negra bajo los ojos, que siempre impone mucho (al fin y al cabo nos gusta travestirnos y pintarnos ¿no?); o tipo el monstruo de Alien. ¿Qué pasa? Soy bollo y a ver si te voy a partir la cara. Al fin y al cabo, son ellos los que nos han metido en el armario y el cabreo es comprensible. Es una liberación, es salir de la cárcel y para ello no hay que pedir permiso. Es un acto revolucionario. Nada de contemplaciones con el carcelero ni con quienes silenciaban nuestra prisión, la incentivaban o promovían como fuera. El factor sorpresa es fundamental. Para romper el hielo es suficiente. Luego, poco a poco, sin bajar nunca la guardia, se puede ir llegando a un tono de conversación más habitual, sin perder la naturalidad ni la espontaneidad nunca (a estas alturas convendría haberse quitado ya el disfraz de Rambo). Y sin mostrar flaquezas, debilidades, ni miramientos. Hay que demostrar -o fingir- que la reclusión en el armario no nos ha afectado para nada. Nos metieron allí para ver si nos curaban o si cambiábamos de idea y al salir hay que dejar bien clarito que las prácticas de reclusión son contraproducentes y que salimos más maricas que entramos, más cabreados, para no volver a entrar nunca y para luchar por la destrucción de una práctica tan salvaje, el armario perpetuo: algo que atenta contra los derechos del niño, del adolescente, del joven, del adulto y del anciano, porque puede durar toda la vida. Dan mucha pena los niños en las cárceles, pero a nadie se le cae una lagrimita por los niños y adolescentes metidos en el armario. En fin, la hipocresía de siempre.
Otra estrategia posible si no se quiere poner en práctica esta salida del armario que puede resultar un tanto ridícula y sobreactuada, o si nos sienta fatal el disfraz de marine de los EE.UU., es eso que ahora se da en llamar la política de hechos consumados. A saber, pasar de la confesión, pasar de tener que decirlo, que verbalizarlo. Si ellos no lo hacen, nosotros tampoco. De pronto el hermanito viene con la novia a casa o con la revista porno que le descubre mamá debajo del colchón. Pues nosotros le plantamos al novio un beso en los morros en medio del salón y nuestros chulos impresos a todo color debajo de la cama, como todo hijo de vecino. Tratamiento de shock. La contraofen