Extraído de su libro "Levantado del suelo".
No sé si otro mundo es posible, es caso es que nos está costando. Mientras lo leía, podía intercambiar perfectamente la palabra "latifundio" por "gran compañía" o "gran institución". Más de lo mismo...
""...Después de la tierra, lo primero que Lamberto necesita es un capataz. El capataz y el látigo que pone orden en la jauría. Es un perro elegido entre los perros para morder a los perros. Conviene que sea perro para conocer las mañas y defensas de los perros. No se va a buscar a un capataz entre los hijos de Lamberto. Un capataz es, en primer lugar, un criado, con privilegios y remuneración acordes con el exceso de trabajo que es capaz de arrancar a la cuadrilla. Pero es un criado. Está colocado entre los primeros y los últimos, es una especie de mula humana, una aberración, un judas, alguien que traiciona a sus semejantes a cambio de más poder y algún mendrugo más.
El arma más grande y decisiva es la ignorancia. Es conveniente, decía Sigisberto en su cena de cumpleaños, que nada sepan, ni leer, ni escribir, ni contar, ni pensar, que consideren y acepten que el mundo no puede ser cambiado, que este mundo es el único posible, tal como está, que sólo tras la muerte hay paraíso, quien lo puede explicar mejor es el padre Agamedes, y que sólo el trabajo da dignidad y dinero, pero no tienen por qué pensar que yo gano más que ellos, la tierra es mía, cuando llega el día de pagar impuestos y contribuciones no es a ellos a quien pido dinero prestado, y además siempre ha sido así y lo seguirá siendo, y si no les diera yo trabajo, quién se lo iba a dar, estamos juntos yo y ellos, yo soy la tierra, ellos son el trabajo, y lo que es bueno para mí es bueno para ellos, Dios quiso que las cosas fueran así, quien lo puede explicar mejor es el padre Agamedes, con palabras sencillas que no añadan más confusión a la confusión que ya tienen en la cabeza, y si no basta el cura, se ordena a la guardia nacional que se dé una vuelta a caballo por las aldeas, sólo exhibirse, es una advertencia que ellos entienden sin dificultad. Pero dígame, madre, también pega la guardia a los amos del latifundio, Para mí que este chico no anda bien de la mollera, dónde se ha visto cosa igual, la guardia, hijo mío fue creada y sustentada para arrearle al pueblo, Cómo es posible, madre es que se hace una guardia sólo para arrearle al pueblo, y qué es lo que hace el pueblo, El pueblo no tiene quien arree al dueño del latifundio que manda la guardia a arrear al pueblo, Pero yo creo que el pueblo podría pedirle a la guardia que arreara a los amos del latifundio, Ya decía yo, María, que este muchacho no está en sus cabales, no lo dejes andar por ahí diciendo estas cosas, que todavía tendremos problemas con la guardia.
El pueblo se hizo para vivir sucio y hambriento. Un pueblo que se lava es un pueblo que no trabaja, quizá en las ciudades no sea así, no digo que no, pero aquí en el campo, en los latifundios, va uno contratado tres o cuatro semanas lejos de casa, a veces hasta meses si así conviene a Alberto, y es punto de honor en el hombre no lavarse durante todo el tiempo de la contrata ni la cara ni las manos, ni afeitarse tampoco. Y si lo hace, hipótesis ingenua por imposible, puede contar con la burla de los amos y de sus propios compañeros. Es éste el lujo de los tiempos, gloriarse los sufridores de su sufrimiento, los esclavos de su esclavitud. Preciso es que este animal de la tierra sea exactamente un animal, que sume con el alba la legaña matutina a la legaña de la noche, que la suciedad de las manos, de la cara, de los sobacos, de las ingles, de los pies, sea halo glorioso del trabajo en el latifundio, es preciso que el hombre esté por debajo del animal, que ése, para limpiarse, se lame, es preciso que el hombre se degrade para que no se respete a sí mismo ni a su prójimo.
Y aún más. Se envanecen los trabajadores de los golpes que recibieron en los trabajos de labranza. Cada uno de ellos es medalla para vanagloria de taberna, entre vaso y vaso, Trabajando para Berto y Humberto recibí tantos y tantos. Estos son los trabajadores buenos, los que, en tiempo de vergajazos, mostrarían envanecidos los verdugones rojos, y mejor aún si sangran, fanfarronería igual a la de la chusma de las ciudades, que presume de virilidad tanto mayor cuantas más purgaciones duras o chancros blandos hayan atrapado en el comercio de la cama de alquiler. Ah, pueblo conservado en la grasa o en la miel de la ignorancia, nunca te faltarán ofensores. Y trabaja, mátate a trabajar, revienta si es preciso, que así dejarás buen recuerdo en el capataz o en el patrón, ay de ti si adquieres fama de gandul, nunca más tendrás quien te contrate. Puedes ponerte a las puertas de las tabernas, con tus compañeros de infortunio, también ellos te despreciarán, y el capataz, o el patrón, si le da por ahí, te mirará con asco y sólo tú quedarás sin trabajo, para que aprendas. Que los otros han aprendido su lección, irán todos los días a matarse en el latifundio, y cuando tú llegues a casa, si casa es eso, con qué cara vas a decir que no encontraste trabajo, que los otros sí, pero tú no. Corrígete si todavía estás a tiempo, jura que has aguantado ya veinte punzadas, crucifícate, tiende el brazo a la sangría, ábrete las venas y di, Ésta es mi sangre, bebed de ella, ésta es mi carne, comed, ésta es mi vida, tomadla, con la bendición de la iglesia, el saludo a la bandera, el desfile de las tropas, la entrega de credenciales, el diploma de la universidad, háganse en mí vuestras voluntades, así en la tierra como en los cielos.
Ah, pero la vida es también un juego, un ejercicio lúdico, jugar es un acto de imponente seriedad, grave, filosófico incluso, para los niños es exigencia de crecimiento, para los adultos una vuelta a la infancia, provechosa para algunos. Sobre estas materias se han escrito bibliotecas, sólidas todas, ponderadísimas, sólo un estúpido llegaría sin convencimiento al final de ellas. Pero el error está en creer que trascendencia tanta sólo en los libros se encuentra, cuando, en verdad, basta una mirada, un minuto de atención, para apreciar cómo juegan el gato y el ratón, y cómo éste acaba siendo comido por aquél. Porque la cuestión, la única que importa, es saber a quién aprovecha realmente la inocencia primera del juego, sirva de ejemplo ese jugar que nunca fue inocente, cuando el capataz les dice a los jornaleros, Venga, rápido, a ver quién es el último..., a correr. Y los inocentes, eso sí, ciegos al claro engaño, iban al trote, al galope, a rastras, para conquistar la gloria de llegar el primero, o la satisfacción de no ser el último. Porque el último, y hay siempre uno que es el último, no se puede evitar, tendrá que oír las burlas, las mofas de los triunfadores jadeantes..., y eso que aún no ha empezado el trabajo, y arman todos una algazara de escarnio, pobres tontos.