Aprovecho este foro para agradecer al ciudadano D. Felipe Borbón Grecia el haberme hecho abandonar un largo período de indefinición.Desde una postura de monarquismo tibio -ficticio o no, me pareció que el papel de su padre el 23 de febrero de 1981 contribuyó a aplacar tensiones existentes en el seno de la sociedad española- pasé a una prolongada etapa de titubeo que doy por clausurada desde ahora mismo.
La duda empezó con la boda de las infantas y el paralelo aumento de los gastos de la Casa Real publicados en el B.O.E. Si bien la figura del Rey pudo haber desempeñado un importante papel en la moderación de las posturas, no es menos cierto que nada justificaba el mantenimiento de su prole, los cónyuges de su prole y la prole de su prole.
Las bodas de las infantas me parecieron excesivas, populacheras, ostentosas y, sobre todo, profundamente ofensivas para un pueblo que, en ocasiones, pasa graves apuros económicos -pero que paga la fiesta. Los yernos, el jugador de balonmano guapetón y el aristócrata que los rumores califican de dipsómano algo lenguaraz, poco aptos para desempeñar funciones institucionales.La imagen de los yernos remojando su entrepierna en las aguas opalescentes de Mallorca a cargo del presupuesto resultaba verdaderamente antipática. El mantenimiento de la familia real griega por los españoles -o al menos el sufragar sus veraneos- no era de recibo
Quedaba el príncipe; un enigma; un desconocido. Un frecuentador de escogidas camarillas de confianza que me recordaban de alguna manera el entorno del funesto Fernando VII. Gozó de privilegios vedados a sus conciudadanos. Le pagamos preceptores con los que todos soñamos para nuestros hijos. Practicó la vela a nuestra costa y participó en unos Juegos Olímpicos sin que me consten sus méritos personales para ser seleccionado. Entró en la Academia Militar sin pasar la preceptiva oposición exigida para los ciudadanos "irreales" -por contraposición a los reales. Se construyó una mansión de ensueño en un momento francamente inoportuno, cuando los jóvenes de su generación pasaban enormes apuros para encontrar un techo bajo el que vivir. Se creó un premio, el Príncipe de Asturias -trasunto menguado del Nobel- para dar lustre a su imagen mientras esperaba una vacante en el trono, no sé si con ansia o con pereza...
Se suponía que tantas prebendas tenían un precio. Por aquel entonces yo ya había dejado de pronunciarme a favor de la Monarquía, pero tampoco me planteaba su supresión. Me hallaba en la frontera entre ambas posiciones.
D. Felipe Borbón Grecia tenía que cumplir con obligaciones tan penosas -así me lo parecen a mí- como gozosos fueron los lujos y placeres de los que se le proveyó. Conoció a los grandes escritores, a los mejores científicos, a políticos de gran calado -de los de verdad. Vivió en palacio. Se gastaron grandes sumas en su protección.
Él Príncipe de Asturias tendría que aceptar grandes renuncias a cambio de ello: nunca pasearía libre por las calles de nuestras ciudades; nunca podría manifestar una preferencia política; debía estar disponible en todo momento y lugar por si la nación así lo precisase. Un noviazgo desgraciado y frustrado, precisamente, por la ceguera de los monárquicos más acérrimos -esa secta hermética que dispone de tanto papel donde imprimir sus pareceres y denigrar el de los otros- le llevó a caer, simple y llanamente, en frivolidades que el pueblo al que debía representar no merecía.
Finalmente el ciudadano D. Felipe Borbón Grecia ha decidido casarse con una chica mona que, por decirlo de alguna manera, podría ser la vecina del quinto. Muy bien. El ciudadano Felipe Borbón Grecia está, como todo hijo de vecino, en su derecho de unirse a la vecina del quinto o a una meretriz ecuatoriana de importación, si así lo desea. Pero la conservación de su posición requería de una conducta muy determinada. Cuando una institución apuntala su legitimidad únicamente en la tradición -que no me hablen de Constitución: la monarquía, con su ancestral Ley Sálica y todo, fue incrustada en el texto como un tótum revolútum y la única razón fue la tradición- se deslegitima ante la razón -si es que alguna vez estuvo legitimada por ella- tan pronto decide romper con la norma. Aunque esta sea consuetudinaria.
La conducta del Príncipe de Asturias es similar a la de un trabajador contratado en prácticas que da muestras palmarias de incumplir lo que se espera de él. La orden -viniendo de tan alta personalidad nunca se puede hablar de sugerencias- de que Madrid esté preparado el día del evento, como si D. Felipe necesitara un decorado del tamaño de una ciudad para celebrar su enlace, es sencillamente inadmisible.
La persona elegida, independientemente de sus muchas virtudes personales -que no pongo en duda-, no es apta para la función que se le encomienda. Por la sencilla razón de que rompe con la tradición; y la monarquía no es otra cosa que tradición. Los antecedentes -aquel Rey de Inglaterra que abdicó por casarse con una divorciada- señalan la tradición; el hecho de que ningún Rey de España haya contraído matrimonio morganático -el castellano tiene nombre para todo- señala el sendero a seguir. El Príncipe de Asturias no es una persona libre: nadie lo es. Unos tenemos que trabajar y otros adoptar una determinada conducta a lo largo de toda la vida. Para eso se nos paga; para eso se le ha pagado.
Se me podrá alegar que los tiempos cambian, que las monarquías se modernizan. Falso; la monarquía no pueden modernizarse ni adaptarse a la realidad social del momento. No puede modernizarse porque basa su legitimidad en una sucesión patrilineal que engarza con la noche de los tiempos y la hace mágica. Y no hay nada de magia en ver a un embajador de España humillar la cabeza en presencia de una presentadora de telediarios, como no la hay en encontrar bajo la cama de nuestros padres los juguetes que pedimos a los Reyes Magos -monarquía esta que si sigo apoyando frente al republicanismo cateto de Papá Noel.
Por todo ello, D. Felipe Borbón Grecia debe abrir la vía a una modificación sustancial de la forma de Estado. Y la única alternativa a la monarquía es la república. Aunque tengamos que soportar a un Presidente con las características de un Aznar.