Hace diez años, un cura bendijo en un convento la unión de dos homosexuales vitorianos. Hoy siguen reivindicando la equiparación de derechos en la Iglesia católica
Daniel Añúa y Roberto G. se conocieron con poco más de veinte años en 1994, se enamoraron y, a propuesta de un sacerdote católico, decidieron bendecir su unión en el convento vitoriano de los Carmelitas. «Un paso más en nuestra convivencia, como la papilla sigue al biberón en el caso de los bebés...», apunta Daniel, sin darle mayor importancia a una celebración religiosa que rompe en añicos los esquemas del Vaticano. Pareja implicada en el servicio a los más desfavorecidos - «así nos encontramos, colaborando en un proyecto contra las drogas»-, su compromiso, igual que entonces, no sólo se vuelca de puertas para fuera. Apasionadamente fieles, tienen muy presente quién es el guionista de su historia de amor: «Detrás de todo esto, está el Espíritu Santo».
Afines a los postulados de la corriente progresista Somos Iglesia, han decidido ser los primeros en hacer público su enlace -un caso entre otros pocos en Cataluña y Andalucía-, porque «con estos pasos terminaremos siendo un colectivo normal dentro de la sociedad y de la Iglesia». Por eso no faltarán en el futuro gestos como la lectura espontánea del pasado 25 de abril, en un encuentro diocesano de jóvenes en Urkiola, cuando un representante del movimiento reformista expuso ante el obispo Ricardo Blázquez las conclusiones del VI Encuentro Estatal Cristianismo y Homosexualidad. No le tembló la voz al proclamar que en su forma de amar encuentran la plena realización «como criaturas hechas por amor, a imagen y semejanza del Creador».
Con estos golpes de efecto, se encaminan hacia su destino: «El anonimato, por favor, a ver cuándo dejamos de ser noticia», lanza como desafío Roberto, teólogo de formación y tan elocuente por naturaleza como precavido a cuenta de las represalias. «Me niego a desvelar mi identidad por la sencilla razón de que trabajo en una entidad de servicios sociales vinculada a la Iglesia, y no quiero volver a perder mi puesto por ser como soy». Su compañero chasquea la lengua resignado y aporta el contraste. «Me gano la vida en la empresa Arabako Laguntza, que se dedica a la ayuda a domicilio, y si alguien se molesta por ser yo gay, pues lo siento. Pero es su problema, no el mío».
Hace una década -en una salita «discreta y coqueta», habituada a acoger la paz y el silencio del recogimiento espiritual-, un cura entendió sus aspiraciones como pareja y consagró su amor a Dios. «En las dificultades se forja la entereza, que no es sino semilla de la paciencia y la esperanza». Estas palabras de San Pablo circularon por el recinto como una bocanada de aire fresco, momentos antes de intercambiar los anillos. Por aquellas fechas, el entorno familiar les oprimía como una soga al cuello y el único soplo de esperanza que tenían era el afecto mutuo. Se aferraban a él con el entusiasmo de la novedad.
«Yo había logrado aceptar mi propia homosexualidad gracias a la religión, porque, para mí, es fuente de libertad, respeto y cariño», confiesa Daniel. Un concepto de fe que brotó en su caso por generación espontánea. «En mi casa, primaba el fundamentalismo espiritual; en lugar de despojarte de trabas, se manipulaba el catolicismo para cargarte de losas y complejos». A juicio de Roberto, con una experiencia familiar mucho más llevadera, esa actitud es una réplica hogareña de la jerarquía eclesiástica: «En nombre de Dios, a las instituciones les resulta muy fácil controlar y coartar a la gente; como víctima, nuestro colectivo es tremendamente veterano».
Ante un panorama tan sombrío, ese día de «fiesta» fue un rayo de esperanza con quince testigos. «Amigos y unos pocos familiares. ¿Regalos? No, no, dejamos claro que era suficiente tenerlos a nuestro lado». Con indisimulada satisfacción, añaden que, «salvo el café y las copas, cada uno apechugó con lo suyo en la cena».
Curtidos por las admoniciones vertidas sobre ellos por la Santa Sede, Daniel y Roberto son permeables a «lo importante y nada más». De ahí que la honestidad, el afecto y la comprensión calen en su ánimo, y todo lo demás «nos resbale». Fundadores en 1994 de Sal de la Tierra -único grupo en España que concilia las canciones religiosas con temas de enfoque homosexual-, su temple pionero se robustece cada día «bebiendo de las fuentes del Evangelio».
-No se sienten huéspedes en casa del enemigo.
-(Roberto) En absoluto. No hay contradicción entre ser gay y católico practicante. Seamos serios, ¿por qué va a haberla si uno tiene por pareja a alguien de su mismo sexo? ¿Que es antinatural? Bueno, en fin, lo realmente antinatural son los discursos de monseñor Rouco Varela, que parecen cogidos con hilvanes y, a la mínima, un día se los lleva el viento por insustanciales.
-(Daniel) Antes que nada, conviene aclarar conceptos. Cuando se asume de verdad que la Iglesia es el Pueblo de Dios, todos los cristianos pasamos a ser corresponsables de lo que sucede en ella. No cabe quedarse de brazos cruzados y dejarla en manos de la jerarquía. Así que no hay conflicto que valga, más bien la inquietud de qué están haciendo con mi casa, con mis cosas, con mi fe...
-¿Invita a la esperanza el orden actual que dicta el Vaticano?
-(Daniel) Las cosas van a cambiar, aunque ahora seamos incapaces de percibir ningún cambio. Pero, como sucedió con las mujeres y los negros, tarde o temprano la evidencia cae por su propio peso y se consiguen las cosas. Pero no cuando quieres, claro, sino en el momento que toca.
-(Roberto) Yo creo que el Espíritu Santo actúa siempre. No tengo ninguna esperanza en este Papa ni en su corte; sin embargo confío en que la Iglesia cambie en los próximos años su estructura de monarquía absolutista. Tiene que hacerlo o si no, la consecuencia es lógica: se cierra el chiringuito.
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