Nadie puede vestir de negro un corazón que lleva consigo la fuerza del amor, ni tan siquiera cuando le cierran las puertas, porque es entonces cuando muestra su mayor verdad: su nobleza, su honestidad, la fuerza de lo que siente, y crece por dentro en generosidad, en paciencia, en entrega, humilde y silencioso. Cuanto mayor es el muro, mayor es su altura. No, no es un padecimiento, ni una terrible desgracia, tampoco un síntoma de debilidad, ni menos aún una desviación emocional que incapacita para continuar (pasar página), al contrario, es la marca de quienes creen que es posible y se afanan por subvertir ese orden natural que parece poner fin a todo como única solución, ese estigma de la modernidad que rivaliza por destruir, en vez de construir. A veces, creo que son seres de fábula, de cuento, que adquieren forma humana y se mezclan entre nosotros para traernos la esperanza de la vida, porque son capaces de mirar a unos ojos y creer en el potencial de su buen hacer, antes que dar crédito a pasadas equivocaciones. Miran el alma y nos tocan por dentro con su amor incansable.
Una quimera, en la mitología griega, es un monstruo imaginario con cabeza de león, cuerpo de cabra y cola de dragón. Un ser perteneciente a una cosmogonía extinta, que nos reconcilia con la fantasía, la magia. Aunque, fuera de aquella, una quimera es una ilusión que se cree posible, pero no lo es. Quisiera defenderla aquí con la lanza de Don Quijote, pues tal vez sea la única que se me permita usar en estas lides. Para mí el único, el gran problema es no verla, no sentirla, no saber gestionar la posibilidad de lo imposible. Muchos pensarán que fantasear con lo no posible y luchar por ello con vehemencia, sólo sirve para crear un simulacro de vida, para poner un velo a lo que nos determina y condiciona, en fin, un parapeto tras el cual protegerse de lo real, eso que tanto nos asusta en algunos momentos. Trincheras y más trincheras para la supervivencia, ya lo sé, pero disponer de un barniz semejante nos acerca al lado bueno y amable de las cosas, no lo olvidemos, y sobre todo nos hace visibles a los ojos de la suerte, de lo positivo, de la nueva oportunidad, además el camino se torna menos grave y más alegre. Una quimera puede abrigar la esperanza de enderezar la recta que se ha quebrado, una quimera puede traer los vientos que empujen el bergantín en alta mar, sacarnos del último bache de nuestras equivocaciones y conquistar el perdón tan esquivo a veces, hasta puede retirar el plomo del corazón más endurecido. ¿Por qué no luchar por ellas?.
Dicen, repiten...que la gente no cambia, que el paso del tiempo tan sólo sirve para solidificar y consolidar el mecano del alma. Quizá sea cierto y lo único que cambia es la visión borrosa con la que nuestros propios ojos perciben la postura de alguien, un gesto, una actitud.
No lo sé...¿tan tajantes somos los humanícolas?....¿tan pétreos?..¿tan hechos a imagen y semejanza de nuestra cuna circunstancial?....
Lo único que sé es que en ocasiones, las personas, su ser, o la visión pixelada de su persona-ser cambia y muta tan de repente, tan sin esperar.. que del impacto se te paraliza el corazón y la mandíbula (mientras un helor paranormal te deja inmóvil, con cara de imbécil y el cerebro girado del revés).
Es gracioso como siempre caemos en las malditas paradojas, y es que sin avisarme yo misma, he reabsorbido mi propia sangre y me he vuelto de granito. Una estatua de mármol esculpida con las vendas traslúcidas de mi propia estupidez. Quien sabe...quizá sea que soy ya demasiado mayor y carezco de la paciencia suficiente para aguantar gilipolleces (la habré tenido alguna vez?) o acostumbrarme a las líneas disfrazadas que cruzan mi vida.
En fin, voy a envolver un pedazo de este momento con un lazo fluorescente de decepción particular y a estampármelo en plena frente para que no se me olvide olvidar...
Digamos que un día te haces con un lugar propio y lo proteges y lo gobiernas como si se tratara de la mágica ínsula Barataria. Esa concesión de Don Quijote a Sancho, tal vez locura, tal vez quebranto de todos los prejuicios inimaginables. Digamos que allí vas forjando una vida para consuelo de tu propio corazón, resistente a la delincuencia de los sentimientos, un hogar cálido y confortable, y que desde un mullido lecho, trocado el dolor pasado en experiencia y nueva alegría de esperanza, afrontas los discursos y las letras más amargas, los sueños casi irreconocibles de otros tiempos, los tropiezos y caídas de esta variable fortuna, a veces renegada y esquiva, otras complaciente. El azar, el destino siempre te empujó hacia puertos que desconocías, con pocas respuestas, con muchas preguntas. Y aquí digamos que te quedas con el vigor de tu fortaleza recién estrenada, mirando por la ventana el múltiple color del cielo del este y con las cosas bien dobladas, porque así, sí cierran...las maletas claro.
El temor, el temblor y el deseo, todos juntos en sus ojos. El amor superviviente en una mesa lista para cenar. Éramos tres. Y si me preguntaba, sentada allí, en aquella terraza en la noche de mayo, cuál era la razón de ser de tu humana emoción, mi querido amigo, al mirar hacia mi corazón comprendí la necesaria respuesta. Que no me cabe duda, tus lágrimas eran verticales. Yo las vi, pero ella no.
Y es que últimamente, cuando miro el cielo, ya entrada la oscura hora nocturna, brillante y encendida la luna, pienso que no es única, que hay muchas distintas y que cada persona ve una diferente.
“Habrá que elegir otra utopía, más modesta y menos ruinosa” decía Albert Camus, y es muy posible, sí, el precio suele ser alto y pocos los llamados a semejante hazaña. La mayoría elige desertar, llevando consigo una monumental incoherencia de intenciones corregidas, aparcadas en segunda, tercera fila...así sucesivamente. O tal vez no, pues, en el lugar más insospechado, habrá quien, posiblemente un impertinente de la inconformidad, sin perder un ápice de su compostura, apostará por el “proyecto” de su loco corazón y aplicará, sin dudar, la mecánica insensata de la esperanza, y, en último término, siempre quedarán los cajones y las carpetas como prueba de cargo, la epístola en papel de sueños fundida y forjada. La noche de San Juan es una de esas cartas escrita con la impaciencia de lo utópico, tan grandemente imaginada entre acentos y tildes, triunfadora en la memoria del voluptuoso pergamino, enrollado y sujeto con el mimo de un lazo de seda. Llegar hasta ella, con las ilusiones recién florecidas en la primavera que ya nos abandonó, deja el fuego preparado para calcinar las almas de cartón, las otras en absoluto claudicarán ante la llama. La ceniza será el fruto de la finitud, pero siempre quedará el muñeco superviviente, ambicionado por las dos niñas que cruzaban sus manos en señal de súplica, primero frente al fuego y después frente al agua amenazante del bombero. Tuvo un final feliz, con estallido de risas nerviosas y cómplices, carreras y pequeños grititos contenidos, y, sobre todo, con el gran tesoro conquistado en sus manos. Creedme, mi corazón sonrío por ellas, y porque yo también fui hechizada por la llama y la ceniza. Todavía hoy, la modesta utopía de una noche, despierta mi sueño más abnegado y perseverante.
Si los humanos tuviesemos la posibilidad de leernos , aunque eso no sea tan fácil porque no es una lectura de signos sino de corazones, veríamos el fondo en lugar de quedarnos con la forma o con lo externo; llegaríamos a la verdad del otro y se evitarían muchos fracasos
Un pensamiento viene a mi memoria ,algo que me ocurrio mientras te miraba con los ojos iluminados de amor hacia ti.
Un pensamiento que nunca se repetira con otro amor como el tuyo,otro amor que tal vez nunca llege con tanta intensidad.
Un pensamiento que tenia hacia ti,antes de que nuestro amor terminara y que aun no consigo olvidar.
Un pensamiento feliz que me viene a la memoria de cuando te reias,hablabas,gesticulabas y bailabas.
Un pensamiento de cuando estabamos juntas ,nos cojiamos de la mano ,nos acariciabamos,nos haciamos felices.
Un pensamiento de los que no se pueden expresar,de esos que estan tan profundos que no se pueden arrancar.
Un pensamiento que ahora no sirve de nada porque ya no estamos juntas lo nuestro se termino hace tiempo.
Un pensamiento que se quedo en el olvido,un pensamiento que aun recuedo y me hace daño en mi interior.
Un pensamiento que ya no es pensamiento,no es nada, solo un vago recuerdo de mi felicidad al lado tuya.
Un pensamiento ......................................................................................................................................................vacio.
Gracias por enseñarme a sentir pensamientos hacia ti ,aunque no me sirvieran de nada ,porque te los llevastes contigo.
Lindos pensamientos que vienen a mi mente recordando a las personas que he amado
Reconfortantes pensamientos de saber que puedo ayudar con mis palabras aunque sea someramente a mis amigas que lo necesiten
Os regalo una Linda Frase:
EL SEXO ES EL UNICO CONSUELO PARA LOS QUE NO CONOCEN EL AMOR !!!!
Quiero ir con aquel a quien amo. No quiero calcular lo que cuesta. No quiero averiguar si es bueno. No quiero saber si me ama. Quiero ir con aquél a quien amo.
La persiana hasta abajo en este cuarto versos que dicen todo y dicen nada pensamientos que ya empapan mi almohada Aute de fondo susurrando "je vais faire l'amour avec toi"...
No consigo concentrarme y me digo no seas tonta que aqui no se está tan mal pero la vida me demuestra lo contrario día a día voy matando la esperanza de escapar.
Sólo espero esa sonrisa atribulada y aunque mientas me regales ese instante donde dices tan seguro que todo irá mejor, esa voz que me repite cada día, no estes triste y descansa, vida mía, ya verás como mañana te encontrarás mejor.
He intentado levantar esa persiana, escribir mil idioteces que hagan gracia, y secar mi almohada a carcajdas, y otra música de fondo, que no me arranque la emoción.
Y con todo he conseguido más bien poco, tras el cristal todo estaba nublado, la almohada casi muere en un naufragio, cuando oí a Silvio susurrando "mi unicornio azul, ayer se me perdio"
Es como ese calor que se adhiere al cuerpo a la manera de una ventosa inquebrantable, pero que, a diferencia de aquel que nos hace huir a la búsqueda de una brisa ligera, conserva la memoria de querer estar abrazada a su esencia. Saber si tu nombre es tu nombre, de qué color son tus ojos castaños si son castaños, si es digital el reloj digital que adorna tu muñeca de muñeca, si tu pelo es tu pelo o un manto de seda, si te buscas en los mapas o te encuentras. Cuándo fue la última vez que saliste a lomos de tu rocín flaco, cuándo caminaste con tu galgo corredor por caminos de verde piedra, si naufragaste cuál fue la isla de tu naufragio, de qué color tu piel aceituna de tierra mora, de qué clase de terciopelo la magia de tus pies en la arena, a qué especie en extinción pertenecen tus manos cuando acarician otras...es como ese calor sí, del que no me puedo desprender, que aguardo cada día, que observo en la sombra, aunque me parece que quiero saber demasiado, en demasiado poco tiempo, pero qué quieres si soy como el fuego, llama impaciente y libre, que lo quiere incendiar todo de una vez, sin medida alguna que me contenga.
Siempre se produce el encuentro, y casi nunca es fortuito, entre los grandes sentimientos y el miedo correspondiente a cada uno de ellos. Es inevitable, y es así, porque en caso contrario, la perfección acabaría con el misterio de la existencia. Es lógico, entonces, que una mueca decapite nuestra sonrisa, como ademán de la tragedia interior que vivimos. El miedo nos roba la libertad de ser y estorba, por tanto, el libre desenvolvimiento de nuestra personalidad, pero el que hayamos perdido cien años antes de empezar no es motivo para que no intentemos vencer. En todo cuanto nos ataca está contenida, también, nuestra defensa. Sólo debemos conservar la memoria humilde del agua, que es capaz de erosionar las rocas y dejar de arrastrar, como una lápida desnuda y ciega, esa monumental ignorancia que es el olvido. Nos hace libres el conocimiento, aunque, a veces, pueda herirnos con la contundencia de una lanza, de ahí el temor.
Buena semana a todas :)
El que hayamos perdido cien años antes de empezar no es motivo para que no intentemos vencer. HARPER LEE, “MATAR A UN RUISEÑOR”
A veces ocurre así, en ocasiones llega de esta manera, de la única posible, sigiloso, callado. A la luz de una vela, de la luna más blanca, e incluso, de una pantalla de ordenador. Un día miras el mar y sólo ves un trozo de tarta. No sabes muy bien qué sucede, a qué época pertenece esta memoria que te llega, si viene del pasado o del futuro, y te exiges lucidez para comprender ese color blanco de nata, que hace la reflexión tan difícil. Pero desear el saber, no es saber, de igual manera que nacer no es existir. Parece como si la matriz de ese conocimiento se nos ocultara a priori, mientras tanto nuestros ojos estén habituados a la luz exterior. Permanecemos en la caverna, desprovistos de los más esenciales y humanos atributos, en una preexistencia ciega e incompleta, hasta que aparece él, circunscrito a nuestro ser, con apodíctico carácter, removiendo fuertemente los pilares más convencionales. Y el mar es un trozo de tarta y tú sólo quieres gustarlo, saborearlo, deglutir el melado manjar. Y el corazón es como un chiquillo vestido de marinero, en un domingo de los de antes.
Llegan los primeros fríos, la retórica del invierno que cíclicamente nos cubre mente y cuerpo con algodones y lanas, aunque el corazón no ve mermado su requiebro primaveral y palpita en su luminosa potencialidad de vida. Los ojos cerrados, el rostro alzado hacia lo más alto, sin que entorpezca el trazo de la hora temprana de la mañana, buscando el momento, el rayo primero que calienta y reconforta, dibujando la sonrisa sincera en la base de los labios más alegres que nunca, por sentirlo otro día. Tal vez te encuentre hoy sobre la faz de esta tierra, desfragmentada en archivos de igual extensión, como un disco duro de ordenador, o tal vez no. Ese será el reto, imperfección de vacío que por fin tiende a llenarse.
Hace meses que no escribo pero hoy en el metro se me planteó una pregunta:
"¿Qué cosas merecen la pena en la vida?¿Cuáles se merecen mi atención?"
Te vas a la cama y no eres capaz de dormir porque se empiezan a suceder imágenes, frases, situaciones, caras...y no hay quien sea capaz de callar al cerebro, insonorizar a la mente y dejar que tu cuerpo caiga en brazos de un profundo sueño que sólo será interrumpido por un traicionero despertador que te arranca de ese mundo de fantasía unos minutos antes de la hora acordada. Pero realmente muchas de esas cosas o personas no merecen que ni dos minutos de tu sueño se destinen a pensar como solucionar, como escapar ni como nada. No lo merecen así que de alguna manera es necesario encontrar ese botón que diga "off: estás fuera de mi vida, adiós". Otras cosas, sin embargo, si merecen tu atención, que duermas a saltos una noche o que no seas capaz de dejar la mente en blanco hasta las 3 de la mañana pero... ¿cuál es el referente que debe guiarte en decidir qué vale o qué no vale? ¿cómo saber si te equivocas o si lo haces bien?
"Porque la misma confusión que sientes tú la siento yo. Yo me limito a seguir la ley de mi corazón".
Y todos estos pensamientos vienen a raíz de un viaje en metro, sí, un momento tan trivial como este en el que me encuentro sentada escuchando Amaral y más allá en el vagón entreveo a un grupo de 4 chicas que no se cómo ni por qué comienzan a mirarme y tras unos minutos se acercan, una detrás de otra, para preguntarme mi nombre y teléfono. Y allí me encuentro yo, alucinando y pensando, primero que sería más fácil para ellas y menos vergonzoso para mi que se acercaran todas juntas (este tipo de situaciones me dan mucha vergüenza y actuo de manera estúpida pues no puedo evitar pasarme la mano por el pelo, bajar la mirada y sonreir) y segundo, divagando sobre como somos capaces de ser agradables o desagradables segun nuestros intereses y como algunas personas son capaces de ocultar perfectamente la madera de la que están hechas, machacandote aun cuando no merecen la pena.
Pero claro, es imposible saber así de primeras cuando una persona vale y cuando no, de tal manera que nos dejamos engañar algunas veces, otras sin embargo huimos demasiado pronto o en muchas ocasiones ni damos la oportunidad de sentarnos a tomar un café y preguntar qué tal.
La metáfora de la vida como un camino a seguir, es recurrente y muy manida, pero está plantada en nuestra existencia como un semáforo: verde, amarillo, rojo. Colores cambiantes para tomar decisiones, en no pocas ocasiones controvertidas, a ciegas otras, sin olvidar las condicionadas, además de los reflejos, los espejismos, las sombras...todo un submundo delirante y agresor, pero cotidiano en nuestro yo más puro, el que se mira a sí mismo cada día. Tras cada paso dado, otro color, otra elección. En definitiva, otro acierto, otra equivocación. De lo bien hecho queda siempre la sensación de felicidad y de plenitud, de los errores no tengo muy claro qué es lo que permanece, pero sí qué debería estar: unas enormes ganas de empezar de nuevo para hacerlo mejor.