Diario de la pérdida y el deseo. 18 de mayo
Después de hablar de G, de J, de R, de C, de D y de la otra G, hablaré de M. M, de pequeña, vestía como un niño. A los 15 empezó a vestirse de niña y a los 20 consiguió su estilo; un estilo que consistía en llevar la ropa más cara y con más accesorios que las demás. M descubrió que en el exceso de feminidad estaba su estilo, pena que nunca supo andar con tacones.
M iba de cama en cama hasta que sentó la cabeza con F, un hombre mucho más mayor que ella y muy castellano. M, siempre que podía, hacia exceso de su feminidad que, según mi parecer, consistía en ser falofilica, en hacer ver que leía muchas revistas de moda y muchas contraportadas de libros intelectuales y en ocuparse de toda la familia, aunque luego, esta familia fuese criticada sin pudor por M .
M era atea y compraba el Especial Moda de una revista de derechas y católica; señalaba los vestidos que le gustaban y los anillos que quería que le regalasen; todos de más de tres cifras.
M detestaba a todas las mujeres. A las frígidas por frígidas, a las putas por putas, a las guapas porque no tenían estilo, a las feas porque no se molestaban por ser guapas, a las intelectuales porque no sabían tanto como decían, a las que tenían estilo porque eran niñas cursis, a las paticortas, a las culigordas, a las tetudas, a las planas, a las sofisticadas, a las lolitas, a las marujas, a las sensibles, a las emo, a las tontas, a las despiertas... creo que acabaré detestando a M para que ella no se deteste, debería comentárselo por si acaso.
M siempre consigue lo que quiere mientras los demás la observábamos perplejos. De M, la gente dice que se parece a mí; que se trae un aire. M es mi hermana.
