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Una historia corta...

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Lo abrió vircoph el

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wee_ko #201
Lo del calentamiento global y el deshielo de los polos me ha recordado que he leído hace nada argumentos en su contra (Estado de miedo, de Crichton). Pero eso no tiene nada que ver... Me va gustando, me va gustando icon_biggrin.gif Y la idea de que la Catástrofe LLevara a una necesidad de cooperación que sin embargo no acabara con el ansia de guerra me resulta muy atractiva. ¿Será algo intrínseco al género humano?, me he preguntado siempre. No te olvides de pegar la continuación pliiiiss!
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Amén, Aleluya, ajo y agua.
vircoph #202
Ohh! Me alegra que te gustara, wee-ko! Ahora os dejo la otra parte del primer "capitulo" (es que no estoy diviciendo la historia claramente en capitulos, pero más o menos van tomando forma).

Solo deciros una cosa: si a medida que la historia avanza veis cosas que no os cuadran no os extrañeis. Es por que a medida que avanzo la historia van saliendo cosas que me hacen corregir cosas anteriores, y a lo mejor aqui teneis una "version" antigua del texto xD.

En fin, no me entretengo. Os dejo otro trozo más, a ver que os parece.

Besos!

Al igual que el resto de puertas de la Academia, la puerta de la Armería estaba abierta, ya que no existían motivos para cerrarlas, a excepción de una pequeña palanca que mantenía la puerta cerrada a los animales del bosque, para evitar que entraran en las salas si merodeaban por allí. Decidida a entrar, sentarse en el rincón más solitario que encontrara y dejarse caer, se sorprendió al ver un par de luces de aceite aún quemando dentro del edificio.
-¿Hola?- Preguntó, apenas asomando la cabeza al interior de la estancia. Ante el silencio que le contestó terminó de entrar y cerró la puerta. De detrás del mostrador que había poco más allá de la puerta apareció un hombre vestido con el blanco traje de esgrima. Miró a Laura con confianza y sonrió. Laura le devolvió la sonrisa y saludó formalmente. - Buenas noches, comandante. No creí que estarías aquí, Jorge.
-Buenas noches, capitana. Te estaba esperando. - Contestó el hombre, respondiendo al saludo. Se giró un instante y le tendió a Laura unos ropajes.
-¿Y eso?- Respondió ella, frunciendo el ceño. Conocía a Jorge desde su infancia, habían sido amigos desde que eran capaces de recordar y nadie la conocía tan bien como él. Jorge era el único que sabía la verdad. Pero pese a todo aquello le resultaba extraño. Él no respondió mientras desenvainaba dos espadas.
-¿Florete o Sable ligero?- Pregunto, sosteniéndolas y mostrándoselas con reverencia a Laura. Ella le miró, con gesto severo. -Vamos, ambos sabemos que por que has venido. ¿O me vas a negar que la convocatoria a la Guardia te tiene indiferente? Solo vienes a verme cuando tienes miedo. Y te conozco demasiado bien como para saber cuando lo tienes. - Laura torció el gesto, casi infantilmente. Era una profesional de alto rango: no le gustaba reconocer que tenía miedo. Pero sabía que Jorge tenía razón. - Así que ¿Florete o Sable ligero?
-Por mi Mandoble- Contestó, tomando los ropajes de algodón que Jorge le había tendido, ridículos en un duelo con Mandoble. Ahora fue él el que frunció el ceño, en un gesto tan severo como preocupado. - Pero como se que no me vas a dejar casi mejor el sable ligero.
-Eso me parece mejor. No tengo la forma física para aguantarte un lance con Mandoble, nunca se me ha dado bien. Y menos- Añadió, tendiéndole un sable con su vaina y una sonrisa picarona en los labios. -si estás rabiosa, como es el caso.
Yo no estoy rabiosa- Pensó para sí, pero Jorge tenía una expresión burlona en el rostro. Sabía que si le protestaba solo iba a conseguir que él fuera más cínico aún, y no quería comportarse como una cría recién graduada. No era digno de una capitana de veinticinco años. Además, Jorge era el único en la Academia capaz de devolverle cualquier pulla. Así que se tragó su orgullo, le tendió el jubón de Guardabosques, tomó el sable y se dirigió sin decir nada más hacia el vestuario.

Adosado al edificio de la armería había un edificio bastante más grande: el Pabellón. Era una construcción sólida y confortable, capaz de albergar a la escuela entera en su interior. Servía, entre otras cosas, como punto de reunión para grandes eventos (como la graduación de los nuevos cadetes tras las pruebas de selección), así como de zona deportiva y de entrenamiento en días de lluvia y mal tiempo.
Sin embargo, su utilidad principal era de campo de entrenamiento de esgrima. Allí, y solo allí, se conocían y se entrenaba el uso de los distintos aceros que la Unión reconocía como oficiales. Dado la escasez de metales y las limitadas formas de trabajarlo que existían, la mayoría de los metales considerados nobles (aceros, platas, oros y el tan escaso platino) eran destinados única y exclusivamente a la guerra, en la fabricación de armaduras, armas y abalorios de combate. Los herreros, por tanto, eran los artesanos más codiciados y su adiestramiento no podía ser más exigente: tenían en sus manos materiales escasos y preciados que no podían ni debían malgastar. Cada pieza debía ser una autentica obra de arte: sencilla, robusta y, sobretodo, eficaz.

Laura se puso los protectores rápidamente. Sentía verdadera necesidad de entrar en combate, de descargar toda aquella tensión y volver a ser ella misma, la que debía ser en la Academia. Raras veces perdía el control de aquella manera. Hacía muchos años que no sentía una necesidad tan intensa por acudir a la Armería. Y eso la preocupaba.
Al salir del vestuario se encontró con el pabellón pobremente iluminado, apenas unas pocas candelas de aceite (única materia que podían usar en el Nuevo Mundo para iluminar durante la noche) alumbraban la zona donde iban a combatir, en el rincón más alejado del pabellón. Era suficiente, no necesitaban más para echar unos lances amistosos que le permitieran desahogarse. José la esperaba en el centro del círculo de luz, con dos máscaras en una mano y su sable desenvainado. Sonreía.
-¿Preparada?- Le preguntó, tendiéndole una máscara. Ella asintió con la cabeza mientras se la ponía. Jorge la imitó, se retiró unos pasos mientras Laura desenvainaba su arma y se colocaron en posición. Los sables silbaron al saludar. - ¡En guardia!

El lance empezó de forma repentina y violenta. No se trataba de una exhibición técnica ni de un combate reglado. No estaban allí para seguir las estrictas normas de la esgrima de competición. Laura solo buscaba una excusa para no pensar, un ejercicio bastante intenso como para olvidar sus preocupaciones y sus ensoñaciones. Estaba en la Academia, estaba dónde debía estar.
Jorge, por su parte, solo buscaba una cosa: machacarla. Conocía a Laura suficientemente bien como para saber que su amiga tendía a ensoñarse, a pensar en cosas que no le convenían, que no eran propias de aquel lugar, de su educación, de la situación en la que se encontraban. Él conocía muy poco de la Historia Antigua. Nunca le había interesado demasiado como sus antepasados habían vivido o se habían matado entre ellos. Era feliz con su trabajo. Pero sabía que pensaba Laura, sabía por lo que había pasado y sabía que la única manera que tenía su amiga de centrarse era allí. Acero contra acero, lance tras lance, Laura recuperaba la fe en sí misma, la compostura, la energía suficiente como para seguir en un mundo que no le gustaba. Jorge no la comprendía, no podía hacerlo. Pero entendía que su arte era todo cuanto ella necesitaba para centrarse, para ser ella misma, y por eso no dudaba en atacar sin compasión y sin ningún temor al más mínimo fallo de ella. Laura era una esgrimista excelente, con un nivel superior que el del mejor preparado de sus subordinados. Nunca había acabado de entender por que era Guardabosques y no Espadachín.

El sable de Laura voló por los aires, mientras Laura tropezaba torpemente al esquivar una estocada de Jorge y caía a peso muerto en el suelo, con el sable de su oponente pegado a la garganta.
-Mierda - Susurró, dejándose azuzar por Jorge, que volvía a sonreír pícaramente. El sable de Laura había caído un par de metros más allá, fuera del alcance de su propietaria. Técnicamente, Laura acababa de perder la vida ante su oponente, que podía rebanarle el cuello sin ninguna prisa.
-¡Touché!- Dijo Jorge, tocando suavemente el protector de la garganta de Laura con su sable antes de retirarse y tenderle la mano para ayudarla a incorporarse. - ¿Estamos descentrados, eh? ¿Cómo te has dejado arrebatar así el sable?
Laura se incorporó renegando, sintiéndose latir la espalda a causa del golpe. Se giró para tomar el sable del suelo sin mirarle. Inmediatamente sintió la punta del sable en la columna, aún palpitante.
-¿Voy a tener que hablar con el Coronel para que te degrade y te haga venir a mis clases de esgrima, Laura?- Le susurró Jorge, al oído, mientras hacía notar su falta a Laura con la punta del sable. -Primera norma básica: Nunca pierdas de vista a tu oponente.
Tiene razón - Se dijo a si misma, enfadándose. Nunca en su vida había cometido un error tan básico y tan letal en un lance. Se agachó lentamente para tomar la empuñadura que descansaba a sus pies, sin que Jorge aminorara para nada la generosa presión en su espalda. -Céntrate, Laura. ¡Céntrate!
De cuclillas, respiró profundamente antes de tocar el sable. Lo tomó con suavidad y tuvo el impulso de girarse repentinamente y devolver el ataque de forma explosiva, presumiblemente sin darle tiempo a él de reaccionar. Un segundo antes de lanzarse se negó tal posibilidad. En un combate real sencillamente estaría muerta, y Jorge era demasiado veterano como para sorprenderse por un ataque tan infantil. No le atravesaría la espalda, pero probablemente le soltaría un bofetón sin pensárselo, aparte de enfadarse con ella. Sabía que Jorge esperaba algo más racional por su parte, de forma que afianzó el sable lentamente, sin esgrimirlo, y se irguió tan lentamente como se había agachado, sumisamente.
-Bien. - Murmuró él, satisfecho. Por un momento había creído que la rabia traicionaría a su amiga en un gesto irreflexivo. Bajó el sable y se retiró. Laura tomó el suyo correctamente y se preparó. -¡En guardia!
El segundo lance duró algo más que el primero, y sus primeros minutos fueron igualados e intensos. Algo más centrada, y dispuesta a no cometer más errores básicos pero fatales, Laura se entregó a fondo en el combate, sin permitir que nada la distrajera. Jorge fue incrementando el ritmo rápidamente, sin darle una sola tregua ni duda, intentando por todos los medios distraer su atención, poner a prueba sus nervios. Algo la distrajo de repente, lo que Jorge aprovechó para desequilibrarla y tocar.
-¡Touché!- Exclamó, reclamando rápidamente su tanto antes de que Laura, tendida de nuevo en el suelo, pudiera reaccionar.
-Muy buena. - Concedió ella, sentándose en el suelo, dejando el sable a su lado y quitándose la máscara.
- ¿Qué te desconcentró?- Preguntó él, quitándose la máscara también y agachándose para hablar con ella. -Estabas bloqueando perfectamente y me entraste un par de estocadas muy buenas hasta que algo te distrajo.
-No puedo dejar de darle vueltas al asunto. - Confesó, agachando la mirada.
-¿Qué te preocupa concretamente?- Preguntó él, aunque sabía la respuesta. - Nadie te obligará a seguir adelante, nuestra sociedad no funciona así.
-No quiero que ella se presente. - Susurró, dando cuerpo por fin al temor que llevaba acarreando durante semanas. - No quiero perderla a ella también.
-Sabes que no puedes impedírselo - le recordó, con un tono condescendiente y comprensivo en la voz. - Su camino debe escogerlo ella.
-Lo se, Jorge. Lo se, pero tengo miedo. Tengo miedo de volver a quedarme sola.
-¿Has hablado con ella? ¿Sabes si tiene intención de presentarse?
-Ni idea. No le he comentado nada. De hecho no tenía la intención de hacerlo, pero creo que después de fugarme de la cena me va a preguntar
-¿Te fuiste del comedor sin terminar de cenar?- Preguntó él, incrédulo. Laura asintió con pesar. - Muy poco propio de ti. Lo que está claro es que si no le preguntas no sabrás si quiere presentarse o no.
-Ya. Pero si le pregunto le tendré que decir que no pienso presentarme, y me preguntará por qué. Y sabes que no puedo decírselo. No lo entendería. Y menos si viene Carlos.
Jorge asintió. Sabía muy bien que él era él único que sabía la verdad y era consciente de cuanto le había costado asumirla. Empezaba a comprender por que tenía tanto miedo su amiga: si no le decía nada a Nuria, está se enrolaría en la Guardia en busca de una vida de mayor prestigio. Si se lo decía, lo haría igualmente y además la despreciaría por algo que había pasado hacía años. La elección estaba entre no hacer nada o arruinarlo todo. Se irguió, golpeando suavemente con el pie la máscara de Laura.
-¡En guardia!- Anunció. Laura se puso rápidamente la máscara mientras se erguía y frenó como pudo el embate de su amigo. No pensar, no preocuparse. No podía hacer nada, solo respetar la decisión de Nuria, fuera cual fuera. La suya estaba decidida desde hacía cinco años. No esperaba ni respeto ni comprensión, puesto que nadie podía comprenderla. A duras penas Jorge era capaz de entenderla. La historia podía repetirse de nuevo Aunque ella no hubiera superado aún la anterior.
Canalizando todos aquellos sentimientos que apenas podía reconocer consiguió mantener la concentración y el temple durante todo el lance. Uno tras otro los pensamientos fueron saltando en cada encuentro de los aceros, hasta que finalmente consiguió vaciar la mente y dejarla en blanco. El combate pareció detenerse en aquel instante, como si ambos esperaran la reacción del oponente, pese a que en ningún momento se detuvieron. Jorge supo, casi intuitivamente, que estaban a punto de perder. Un segundo más tarde su sable se desviaba inesperadamente y Laura se marcaba el tanto directamente en su pecho, desde el interior, en una impecable finta.
-Touché. - Murmuró, serena y secamente. Bajó el arma y suspiró, antes de cerrar los ojos. Se sentía todo el cuerpo en tensión, sudorosa y cansada. Pero por encima de todo volvía a sentir el vacío en el alma que le era tan familiar. Muchas veces se había preguntado si sería la única en aquel mundo en sentirse de aquella manera.
-Precioso. - Comentó Jorge, quitándose la máscara y retomando con firmeza el sable. - Preciosa estocada, si señora. ¿Te sientes mejor?
Laura se quitó la máscara sin prisa y le miró. Por primera vez en aquella tarde fue capaz de sonreír.
-¡No puedo más! - Exclamó, relajándose. - ¿Cómo eres capaz de mantener ese ritmo durante todo el lance?
-Experiencia, muchachita, experiencia.- Dijo, cogiendo la candela más cercana y empezando a apagar el resto. - Tendré solo tres añitos más que tu, pero llevo toda la vida con una espada en la mano. No como tu, que te pasas la vida dejando que tu yegua haga el trabajo por ti.
-Perdona, pero eso no es verdad. - Se quejó, siguiéndole con la mirada mientras daba la vuelta al círculo de candelas. - Zedka me lleva a todas partes, pero el trabajo es mío. Es más, tu no tienes que encargarte de una yegua caprichosa.
-Solo tengo que pasarme el día afilando y cuidando medio centenar de espadas, desde floretes a mandobles. - repuso, de nuevo sonriente. Se acercó a Laura, sinceramente contento de volver a ver aquella sonrisa, pasando su brazo por encima de los hombros de su amiga - Venga, vamos ya. Nuria te va a matar.
-¿Tan tarde es?- Preguntó ella, desabrochándose por el camino las protecciones. Pasaron los vestuarios de largo hasta la armería.
-Debe serlo. Me temo que en pie solo deben quedar los Vigías. - Recogió los ropajes de Laura y los dobló meticulosamente antes de guardarlos. La miró de nuevo. - ¿Qué vas a hacer al final?
-Esperar. -Contestó, sin apenas pensárselo. - No me queda otro remedio. Tú lo has dicho: si se quiere presentar, no puedo impedírselo. Tan solo esperaré que no la seleccionen
-¿Y con el Gran General?- Preguntó, tendiéndole el jubón a Laura para que se lo pusiera. Ella lo tomó cabizbaja y negó con la cabeza, sin saber que contestar.
Jorge sonrió con pesar. No recordaba haber visto jamás a Laura tan enamorada de nadie, tan apegada a una persona como para desear fervientemente que esa persona renunciara a una brillante carrera en la Guardia por ella. En especial por que Laura no renunciaba a la Guardia por ese motivo. Sencillamente, no sabia que decirle.
-Buenas noches, Capitana. - Saludó, con una sonrisa compasiva en los labios. Él no podía hacer ya más.
-Buenas noches, Comandante. Y gracias.

Salió de la armería sin entretener más a Jorge. Hasta cierto punto le sabía mal acudir a él cuando se sentía así, siempre con la misma petición. Pero sabía que era la única forma que tenía de mantenerse cuerda, de seguir con aquella vida extraña. Nunca sabría como pagarle su paciencia y comprensión. Respiró hondo un par de veces el frío aire nocturno antes de ponerse en marcha. Se sentía más tranquila y suficientemente cansada como para no ser capaz de ofuscarse, pero pese a todo seguía preocupada.
Los dormitorios, pequeños apartamentos de una habitación, un baño y una pequeña salita, estaban distribuidos en distintos bloques. Detrás del edificio principal, al otro lado de un pequeño patio, estaba el dormitorio de los alumnos, con habitaciones dobles repartidas en dos partes: hombres y mujeres. En un segundo edificio, tras éste, estaban los dormitorios de todos los civiles que habitaban en la Academia y nutrían a esta con sus quehaceres: cocineros, artesanos, ganaderos y agricultores que hacían del lugar una pequeña ciudad militar autosuficiente.
Al este estaba el edificio de los militares, con habitaciones simples y dobles, a depender siempre del rango de los ocupantes y se permitían habitaciones mixtas, previo consentimiento del Coronel. En un edificio idéntico al oeste se alojaban los administrativos y el resto de personal de alto rango de la academia: los comandantes y el Coronel de la Academia, además de contar con una parte de habitaciones vacías que servían de posada para las visitas que pudiera recibir la Academia desde las esferas superiores. Habitaciones que ocuparían, en unas semanas, la comitiva de la Guardia.
Laura tenía asignada una habitación simple en el bloque del este, en la segunda planta. Sin embargo, desde hacía casi tres años no había dormido en ella en más de dos ocasiones. Desde hacía tres años vivía en el bloque de los administrativos, con Nuria, compartiendo con ella techo y lecho. Hacía dos tres que habían decidido vivir en común en la pequeña habitación y habían solicitado para tal fin una cama de matrimonio al Coronel, formalizando así, de alguna manera, su estado de pareja. Como a todas las parejas formales de la Academia, ésta les fue concedida y Laura se trasladó a la habitación de Nuria.

Empezó a subir las escaleras que llevaban al segundo y último piso de aquel edificio. Los desgastados peldaños de piedra le transmitieron el frío a los pies, mientras acariciaba con familiaridad la elaborada barandilla de madera tallada, maravillándose con sus dibujos y su suavidad, a la luz de unas pocas lámparas de aceite. Toda la estructura estaba hecha de madera y piedra, materiales abundantes y comunes en la construcción. Sabía que en el Mundo Antiguo los edificios habían sido construidos con metales, cristal y hormigón, materiales impensables de utilizar entonces. El cristal era laborioso de hacer y terriblemente frágil: los maestros cristaleros, aparte de trabajar con muy poca calidad para hacer su trabajo, no podían igualar en tecnología a sus antepasados lejanos, de manera que era impensable utilizarlo más allá de frascos, espejos y ventanas. El hierro y el acero aún eran más escasos y valorados que el cristal, y dada su resistencia se empleaban, casi exclusivamente, para la guerra. Otros metales menos nobles, como el estaño o el cobre, se empleaban en los sistemas de saneamiento de los edificios, que contaban con intrincados sistemas de agua corriente que permitían abastecer los aseos de los dormitorios, basados en antiguos sistemas de presiones y contrapresiones aún más antiguos de lo que la Historia Antigua era capaz de contar. Sonrió para sí, pensando que para sus antepasados aquellas condiciones les parecerían dignas de la Edad Media más moderna.

Levantó la pequeña palanca que mantenía cerrada la puerta y entró despacio, procurando evitar cualquier ruido. Era tarde, daba por sentado que Nuria estaría durmiendo y no quería despertarla. Lo que menos le apetecía en aquel momento era hablar de su inesperada fuga. En la pequeña entrada se quitó las botas de montar y las dejó pulcramente ordenadas al lado de los zapatos de Nuria, para no embarrar el suelo de la habitación. Asimismo, colgó el jubón detrás la puerta, junto al chaleco administrativo de Nuria, y se puso los cálidos mocasines de andar por casa. Libre ya de sus ropas más pesadas, entró en el pequeño salón, amueblado apenas con una alacena, una mesilla y dos butacas. En una de ellas tapada con una manta estaba Nuria, durmiendo. Chasqueó la lengua, pero pese a todo no pudo evitar una sonrisa al verla allí, esperándola, en contra de toda lógica. En la chimenea ardían aún restos de una pequeña hoguera, que proporcionaba un calor casi excesivo a la estancia. Se acercó al hogar, tomó el atizador y se puso de cuclillas para reanimarlo.
Unos brazos cálidos la rodearon, envolviéndola en un inesperado abrazo. De repente bajo la manta que cubría a Nuria segundos antes estaban ellas dos y Laura cerró los ojos, dejándose invadir. Aquella sensación era superior a cualquier temor. Su mundo se había reducido a aquel caluroso abrazo de bienvenida, inesperado e intenso, y como de costumbre la presencia de Nuria le aportaba una indescriptible sensación de bienestar que le imposibilitaba pensar en nada malo. Ese reducido mundo no tenía sitio para el pesar y todo cobraba sentido de nuevo, un único sentido: ella, razón suficiente para seguir adelante, seguir viva.
Abrió los ojos al ser consciente de que Nuria le acariciaba la cara con ternura, resiguiendo lentamente la cicatriz que le cruzaba la mejilla derecha. Dejó el atizador, sin haber llegado a reanimar el fuego y se echó para atrás, sentándose en el suelo. Nuria la acompañó en el movimiento, sin dejar de abrazarla y quedándose detrás de ella, también sentada, sosteniéndola. Sus miradas se cruzaron por fin, y ninguna de las dos fue capaz de desviar la mirada.
-Llegas tarde... - Susurró Nuria, acariciándole el corto y oscuro cabello mientras se recostaba contra la butaca.
-Creí que estabas durmiendo.- Se defendió Laura, poniendo pucheros sin desviar la mirada.
-Y estaba durmiendo. - Puntualizó Nuria, acercándose lentamente. - Hasta que alguien volvió más tarde de lo debido...
-Mil perdones... - Murmuró Laura, dejándose llevar. Llevaba toda la tarde deseado estar a solas con Nuria, poder besarla sin preocuparse de las formalidades, poder sentirla a su lado sin que todas su preocupaciones se interpusieran. Lentamente, como si el hogar hubiera reprendido dentro de sí misma, todo el frío y el cansancio que sentía desaparecieron, anegados en la ternura de Nuria.
-No esperaba una bienvenida así... - Murmuró, casi inconscientemente. Nuria sonrió halagada.
-Te estaba esperando. - Respondió ella, mimándola. - Igual que Jorge te esperaba en la Armería.
-¿Cómo lo sabes?- Preguntó Laura, sorprendida. Algo dentro de sí se alteró, pero la presencia de Nuria era demasiado fuerte como para permitir que se notara.
-No es la primera vez que vas a verle, cielo. - Respondió, recolocando la manta para cubrirlas mejor. - Y siempre que lo haces... en fin, cuando vuelves necesitas una ducha.
-¿Tanto se nota? ¿Por eso prendiste el hogar?- Preguntó, cayendo en la cuenta que el otoño no estaba suficientemente avanzado como para que los dormitorios se enfriasen excesivamente. Nuria asintió con alegría. - No era necesario... podía ducharme con agua fría...
-Para que luego me congelaras a mi, ¿no?- Se mofó, en un gesto casi infantil. Laura sonrió con malicia, acariciándola, sabiendo tan bien como Nuria que aquel frío nunca duraba mucho. Ella torció el gesto cómicamente, intentando negarle a Laura aquella idea. Volvió a hablar con ternura, aunque su mirada se desvió ligeramente, como si lo que iba a decir no fuera del todo verdad. - Además... te vendrá bien para relajarte.
Laura captó la preocupación como si se tratase de un destello fugaz. Evadiéndose de aquel momento, alejándose de la escena. Se dejó llevar por sus pensamientos y comprendió el porqué Nuria seguía despierta a una hora casi irracional. Laura nunca le contaba el porqué de sus arrebatos y sin embargo Nuria había aprendido a distinguirlos como sabía distinguir las letras de los distintos Generales en sus misivas. Formaba parte de sus habilidades y tenía la virtud de no acosarla por ello. Era la mejor estratega de la academia y sabía que el ataque directo no era la mejor opción. Hacía mucho que no preguntaba el porqué de algo que Laura no le hubiera contado por decisión propia. Pero Laura sabía que, pese a eso, no lo ignoraba del todo, pues siempre se adelantaba a sus necesidades sorprendiéndola con detalles como aquel: imprevistos y sumamente acertados.
Nuria la miraba a los ojos de nuevo, como si leyera en ellos todo aquel pensamiento que Laura deshilachaba para sí, en el más absoluto silencio. Se sentía desnuda ante ella, presa de su profunda empatía, aunque nunca dijera una palabra para explicarse mejor. Sonreía con un gesto extrañamente satisfecho, aunque Laura no sabía si era por que la alegraba saber que había acertado una vez más o si realmente era capaz de leerle el pensamiento. Incapaz de expresar su gratitud de otra manera la besó, obviando de nuevo aquel lapso irracional. No debía parecer lógico pensar tanto.
-Gracias. - Murmuró, sonriendo ampliamente. - No te puedes imaginar lo poco que me apetece ducharme con agua fría...
-Por supuesto que sí. Te apetece tan poco como hacerlo con agua caliente... - Se burló Nuria, abrazándola aún, pues seguía recostada en ella. Laura se escondió como si fuera una niña a la que han pillado en medio de una travesura. - No te voy a dejar meterte en la cama hasta que te duches...
A regañadientes, Laura acabó por levantarse y dirigirse al baño, no sin robarle un par de besos a Nuria entre queja y progreso. Al final, Nuria se puso a animar el fuego mientras Laura se desnudaba lentamente. El baño era una habitación pequeña pero alargada, separada en dos partes. Nada más entrar había una pequeña pica para lavarse las manos, un retrete y, normalmente, un espejo de cuerpo entero. A diferencia del resto de la academia, aquel baño carecía de él.
Mientras se desnudaba se fue observando, una a una, las razones de aquella anomalía. Conocía el tacto de cada una de ellas, la posición exacta, el recuerdo macabramente gravado allí desde hacía mucho tiempo, hábilmente ocultado tras la ropa diaria. Era consciente de su presencia, por separado carecían de poder sobre su vida cotidiana, pero la visión directa y sintética del conjunto aún la perturbaban. Eran demasiados recuerdos juntos, demasiadas cicatrices para su atormentado espíritu.
Hacía mucho tiempo desde que Nuria había descubierto aquellas cicatrices. Laura recordaba con cierta ironía su mirada, entre asustada e interrogante. El silencio que la siguió, comprensivo y respetuoso, fue lo que la enamoró de ella. Nuria no preguntó, no exigió saber que eran aquellas cicatrices que adornaban su cuerpo aquí y allá, como otras personas habían hecho, incomodándola. Muy al contrario, la miró a los ojos, esperando una señal. Laura negó con la cabeza, sonriente. Para ella estaban al mismo nivel que tener cinco dedos en los pies.
Sin embargo, al poco de trasladarse a vivir juntas, Laura le había pedido si podían quitar el espejo. Quizá fue una de las pocas cosas a las que Nuria, instintivamente, preguntó el porqué. Y probablemente fuera una de las pocas cosas que le contara con total sinceridad: No podía soportarlo. Detestaba ver las cicatrices que adornaban su cuerpo cada vez que iba al baño, como un retrato de algo que nunca debió suceder y ocurrió por mero azar: el peor encuentro en el peor lugar, en el peor momento. Pese a todo, nunca le había contado cómo había ocurrido, que representaban. No existían, no debían existir, y por ello no merecían ser vistas ni retratadas fugazmente en un espejo. Apenas dos las sentía propias, se enorgullecía de ellas. Y solo una de ellas, la única que escapaba de su habitual camuflaje, tenía una historia para la Unión.
Al fondo del baño, separado por un pequeño peldaño de piedra y una piel curtida e impermeable, estaba la ducha, uno de los artefactos más ingeniosos que Laura conocía, si bien no era capaz de decir cuándo había sido creado. Siempre habían existido, y su mecanismo era muy curioso. Dos tuberías de cobre llegaban al conector agujereado por donde salía el agua, colocado estratégicamente sobre su cabeza.
Una de las tuberías, llena de agua fría, llegaba directamente del depósito de la casa. La otra, que proveía de agua caliente, pasaba del depósito por el hogar, donde la tubería se unía a una pieza de hierro forjado laboriosamente trabajada para darle una forma espiral muy prieta y alargada, como la de los alambiques, colocada estratégicamente. El agua aumentaba su temperatura mientras pasaba por el largo recorrido sobre las llamas y brasas. Así, al unirse de nuevo a la tubería de cobre, llegaba al baño a una temperatura suficiente para ducharse incluso en los días más fríos de invierno sin temor ni prisa, lo que aligeraba considerablemente la desagradable tarea de asearse.
Laura abrió la llave del agua caliente y esta empezó a salir. Al poco, tomó la temperatura adecuada y se zambulló en el chorro, observando como el agua caída resbalaba rápidamente hacia un pequeño desagüe en medio de las baldosas inclinadas que formaban la plataforma de la ducha, y que morían en el peldaño de piedra para evitar que el agua se desparramase por doquier. Agradecida una vez más cerró los ojos, relajándose. Oyó entrar a Nuria en el baño y dejar sobre la pica lo que probablemente fuera una toalla. Intentó adivinar lo que estaba haciendo al no oírla salir. Distinguió el fru-fru de la tela al desnudarse, y se sorprendió al escucharla acercarse. Abrió los ojos para observarla, con una sonrisa picarona, mientras Nuria se ponía bajo el chorro de agua con ella, abrazándola tiernamente.
-¿Esto también lo tenías pensado cuando prendiste el hogar?- Preguntó Laura, cogiendo la pastilla de jabón y frotándola para conseguir espuma. Le tendió la pastilla a Nuria.
-La verdad es que no... - Respondió, intentando evitar que la pastilla se escurriera. - Pero me pegaste tu sudor a la ropa y ya que estábamos...
Laura sonrió complacida y le puso las manos llenas de jabón en la cabeza a Nuria, con toda la solemnidad que fue capaz, desatando una serie de juegos y risas que solo se interrumpieron cuando el agua empezó a perder temperatura, conforme la hoguera iba apagándose. Acabaron de enjuagarse y salieron de la ducha rápidamente, tomando las densas toallas de algodón para cubrirse y protegerse así del frío. Se secaron rápidamente y se fueron hacia el salón, donde Nuria había dejado la ropa de dormir para cambiarse sin pasar frío.
Más abrigadas, tendieron las toallas para que se secaran y separaron los rescoldos del hogar para que dejaran de arder. El calor en la estancia era agradable y se propagaba como un cálido aliento por el resto del dormitorio. Finalmente se metieron en la cama, abrazándose instintivamente para congregar el calor bajo las frías y pesadas ropas. Solo entonces Laura recordó todo el cansancio que sentía, suspirando profundamente.
-¿Estás mejor?- Le preguntó Nuria, en un susurro, apegándose más a ella si cabe. Laura agitó la cabeza, sonriente, acompañándose apenas con un sonido gutural por toda respuesta. Instintivamente se puso a acariciarle el pelo sedoso y aún húmedo a Nuria. Ella sonrió. - Me alegro... Estaba preocupada.
-No te preocupes. - Se apresuró a decir, impulsivamente. En la oscuridad de la habitación notó la sorpresa de Nuria. - De verdad, no merece la pena.
Un largo silencio se hizo entre ellas, como si alguna de la dos se hubiera dormido de repente, evitando así la conversación. Laura llegó a pensarlo al notar la respiración tranquila y pausada de Nuria, pero la sentía demasiado tensa como para creerlo de verdad. Finalmente ella rompió el silencio y la calma, metiendo el dedo en la llaga.
-¿La convocatoria de la Guardia te preocupa, verdad?- Preguntó, lentamente, como si no estuviera convencida de si esa sería la pregunta adecuada. Laura volvió a afirmar con el gesto, sin atreverse a hablar, sin tener muy claro que podría decir. Nuria pensó detenidamente la siguiente pregunta, y no fue capaz de encontrar una alternativa.- ¿Porqué?
Laura sintió la tentación, hecha costumbre y casi instinto, de no responder. No soportaba mentirle, no podía contarle la verdad, y su única salida al principio había sido mantener el silencio, de forma que Nuria rara vez recurría a esa pregunta, en un acuerdo tácito, a menos que no supiera que más preguntar. En los últimos días, sin embargo, todo giraba alrededor de un único tema, un tema que no podía afrontar. Al final suspiró, resignada.
-Va a darme muchos problemas, Nuria. Más de los que puedo asumir.- Ella la miraba, podía sentir su mirada pese a no verla, esperando algo más a la casi inesperada respuesta. - No se que debo hacer, Nuria. Estoy muy confusa.
-Todos esperan las pruebas con verdadera expectación. - Comentó Nuria, recordando el ajetreo durante la cena. - Es una gran oportunidad y un gran honor, y más con el Gran General aquí.
-Precisamente por eso, Nuria. Precisamente por eso. - Murmuró, desanimada. El pequeño mundo que Nuria había conseguido crearle acababa de desaparecer a costa de la realidad, igual que en la cena: Nadie iba a desaprovechar una oportunidad semejante. Nadie iba a evitar al Gran General. Nadie... excepto ella. Suspiró de nuevo y decidió cambiar de tema. - Estoy hecha polvo.
-Duérmete, que eres tu la que madruga. - Dijo Nuria, besándola dulcemente. Pero el milagro en equilibrio ya se había roto y ella volvía a sentirse perdida. Se giró lentamente, repentinamente desconsolada, intentando parecer lo más natural posible. Nuria la abrazó por detrás, besándole la mejilla una vez más antes de echarse definitivamente y apegarse a ella para conservar el calor. - No te preocupes, cariño. No estás sola. No voy a dejarte sola.
Sin moverse un ápice, Laura esperó hasta estar segura de que Nuria dormía por fin, sintiendo, esta vez sí, su respiración acompasada y tranquila. Pese a todos los esfuerzos de Nuria por animarla, al final, el mismo tema había provocado la misma reacción de nuevo: volvía a sentirse fuera de lugar, ajena a todo aquello. Sin saber como reaccionar, como evitar lo que estaba temiendo, su cabeza empezó a pensar descontroladamente, escapándose del sueño. Las palabras de Nuria la atormentaban.
-No estoy sola. -Se repetía, una y otra vez, intentando encontrar en esas palabras el equilibrio que le estaba fallando. El rostro de Nuria, su sonrisa y su ternura empezaron a alternarse con otra imagen que creía olvidada, un rostro compasivo pero dominante, luz y oscuridad, dos colores en movimiento, totalmente opuestos. Cerró los ojos, intentado ahuyentar el recuerdo, murmurando. - No estoy sola. No estaré sola.
Pese a todos sus esfuerzos, el rostro recién aparecido que creía olvidado se impuso y habló, con voz clara y masculina, materializando en sus pensamientos el mayor de sus temores. - No estás sola, pero... ¿Cuánto tardarás en estarlo?

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Hay puñales más afilados que cualquiera que podamos fabricar con nuestras manos, y mucho más peligrosos, pues son invisibles y d
verso_libre #203
Hola, Soy Noe y hace tiempo que me desconecté del foro pero.. he vueltooo!!! me encanta escribir así que os dejo aquí algo de mi cosecha esperando que os guste. ya me contaréis. besitossssss wapassss!!!

Daniela miró su reloj. Estaba nerviosa y lo miraba cada cinco segundos aproximadamente. Pasaban veinte minutos de las siete de la tarde. Ana se retrasaba. Recordó que había escuchado en algún lugar que las mujeres siempre llegan tarde a las citas, sin embargo Daniela siempre era puntual. Tal vez se lo hubiera pensado mejor y no iba a aparecer, quizá su vena de tradición heterosexual le había atado una cadena a los pies para que no saliera de su casa esa tarde.

Las siete y media. Su amor propio no le permitiría esperar mucho más.

Casi tan compulsivamente como ojeaba su reloj, miraba el móvil para ver si tenía alguna llamada o algún mensaje de Ana explicando el motivo de su retraso. Nada. ¿Y si la llamaba para ver dónde estaba? No, parecería demasiado desesperada, no era ella la que estaba llegando tarde. Al otro lado de la calle había un estanco. Sintió ganas de fumarse un cigarrillo pero no lo hizo. No volvería al vicio sólo porque una chica le dejara plantada.

¿Pero dónde se habría metido? Por lo visto era bastante fácil olvidar una cita con ella. Después de lo bien que lo pasaron la otra noche en aquel pub.

Decidió no volver a tener una cita con las chicas que conociera en esas circunstancias de sábado noche. Aunque, después de todo, Daniela era una de ellas. Una de esas chicas que salen a probar suerte con el amor, el cariño, o simplemente el sexo de unas horas. Pero sabía que tras esa búsqueda de compañía ocasional, se escondía una necesidad de estabilidad emocional que ella podía ofrecer a las demás. Deseaba alguien a quien abrazar más de dos noches seguidas y más de tres. Ese alguien no prometía ser Ana.

Qué más da - se dijo- Sólo he perdido un poco de tiempo y unas prematuras ilusiones. Tampoco era tan guapa, tampoco era tan agradable.

Se marchó hacia casa mirando hacia atrás por si la veía aparecer de lejos.

"Vista al frente, Daniela. Será por mujeres. Será por tequila."

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<<Amissa amicitia , quae potest esse vitae dulcedo>> ( perdida la amistad, cuál puede ser el encanto de la vida.)