Diario de la perdida y el deseo; 28 Septiembre
Escribo desde un ordenador que no es el mío para realizar ese acto tan digno del que habla Aristóteles, la catarsis, o también llamado por muchos escritores hispanoamericanos la exorcitación de todos mis demonios. Dudo de mis posibilidades de autocuración para el pánico que tengo a todo lo que huela a formol y lleve batas verdes teñidas de azul con olor a hierro; pero, a lo mejor, si lo visualizo múltiples veces y de muchas maneras diferentes, consiga sacarlo afuera y verlo con la misma naturalidad, por decir algo, con la que lo ve el resto de la gente. Gente que habla del tiempo, compra coches y casas, tiene hijos y vende furgonetas. Nunca he sido como el resto. Es posible que mi afán de individualismo, a caballo entre teorías místicas orientales y el más puro y duro capitalismo, tenga algo que ver en la percepción que tengo sobre mí misma; pero esas nimiedades se las dejo a los psicólogos, antropólogos o psicoanalistas, que meten el comportamiento humano en cajitas clasificables. No tengo nada en contra de ellos, pero ahora todo, absolutamente todo, me cae mal, porque no puedo evitar llorar cada vez que piso un hospital, cada vez que veo una jeringuilla o cada vez que busco información de operaciones; porque, dicho sea de paso, quiero que el Cirujano me deje grabar mi operación; bueno, más bien, quiero que graben mi operación para poder verla - qué ironía más hardcore- comiendo palomitas en mi salón de casa; por supuesto, las palomitas de mantequilla. El tiempo pasa muy despacio cuando esperas algo y muy deprisa cuando no esperas nada. Han pasado dos días desde el último análisis, estoy realmente cansada del formol y todavía no me han ingresado.
Un Jueves 30 de septiembre
A veces hay espacios insondables que miden lo que mide un palmo. La cama de 1,35 se asemeja hoy más a la estepa de la que habla Fiódor que a una película porno. A veces creamos distancias para buscar acercamientos y otras, los acercamientos son meros trámites de la distancia. Nunca somos tan complejos como el reflejo de nosotros en el espejo del cuarto de baño y tampoco tan simples como nos ve el vecino del quinto, al que siempre evitamos.
Estados anímicos incongruentes, estados anímicos hormonales.
Hablamos en la cocina sobre las revistas que leen los adolescentes. Te digo que de adolescente viajaba a Madrid para comprarme el Europeo y leer lo último de El Ángel, mientras me metía mano el chulo de turno; me dices que yo era muy rara, que siempre he sido así de rara y que no te hubiese importado ser mi Humbert. Me río sin ganas porque todavía escuecen los golpes que te he dado y mi lengua de gata no ayuda a cicatrizar tus heridas. Me acuerdo de que esto lo mencionas en algún sitio, que está escrito en algún retrete. Hacemos la cena, el Real Madrid juega mal, incluso con Mourinho, no es que este dato sea importante; pero es útil para crear circunvalaciones sobre distancias, que a veces se convierten en un palmo infinito.
Abro la ventana y ya no hay televisores azules en las demás ventanas, ya no hay mosquitos, pero sigue haciendo calor y la boca tiene un extraño sabor agridulce. No sé si será el otoño o las horas de luz, pero a veces el cuerpo pesa más que lo que marcan las básculas de los grandes almacenes. Un montón de percepciones erróneas crean fuertes distorsiones de la realidad, y yo no sé muy bien en qué realidad vivo, ni cuál es el lugar que me corresponde en este conglomerado. A veces los agujeros negros están a los pies de mi lado de la cama; shuuup y aparezco en otro lugar, que sé de antemano que nunca voy a conquistar. No puedo pedir nada que yo no me quiera dar. El reloj sonará otra vez mañana y volveré a despertarme con agujeros negros en mis pies y ventanas llenas de golondrinas muertas. Te daré un beso de buenos días cubierto de todo lo que no te cuento a gritos, me vestiré como si fuese una virgen a la que desvirgaran, calentaré el agua, deglutiré la pastilla roja; puede que se me olviden las gafas o las llaves del coche y volveré a la rutina mecánica que tienen los días en los que, aunque estés a un palmo infinito de distancia, no nos podemos tocar.
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