Domingo 18 Enero 2009
Las nieves han remitido y por eso lo blanco ya no sigue aquí. Es posible que se fuese con las lluvias, pero también es muy probable que se hundiese en el fondo de los poemas lorquianos más taurinos, aquellos en los que siempre me pareció que Lorca era, en realidad, un poco menos Lorca y un poco más cualquier otro que tuviese algo que ver con su asesino. El mal sabor de boca no se me va, porque el blanco siempre deja un sabor de boca horrible. Los animales lo saben, por eso se destetan en seguida y se ponen pronto a buscar otros colores que llevarse a la boca. Pero justo cuando Lorca estaba palideciendo en mis recuerdos macilentos y blanquecinos de sus cinco de la tarde, Cascarita lo resucita -entregándoselo a lorin- en un rainbow-teatro que me reconcilia con el Lorca del amor oscuro bailando un vals pequeño y vienés en Nueva York con algún marinero en tierra que no se llamase Rafael, y me alegro de tener que celebrar el amor -coincidencias o incidencias, quién lo sabe- el mismo día de su nacimiento, cada 5 de Junio.
Leo las tribulaciones de otras atribuladas, sospecho que las noches que comienzan mal, acabarán fatal, Brigitte, o lo que es aún peor, no acabarán nunca, y poco podemos hacer contra eso, salvo contarlo bien -no sé si genial- y ponérselo fácil al día para que amanezca y al olvido para que haga su trabajo. Leo con interés tu historia, tan bien trazada, sobre las señoras de Harvey Milk. Me preocupan las señoras de Harvey Milk, pero en el fondo me gustan. Las encuentro fílmicas, desafiantes, todas dispuestas a protagonizar una historia, una gran historia, Las señoras de Harvey Milk, con sus visones y sus maridos, y las amantes de sus maridos, y los visones de las amantes de sus maridos. Me preocupan porque dan por asegurada la heterosexualidad de Sean Penn basándose en su matrimonio con Madonna, pero también me apasionan por eso. Señoras, agarrénse a sus visones, a sus maridos o a lo primero que encuentren a mano porque, hasta donde yo sé, Madonna puede ser garantía de muchas cosas, pero desde luego, no de la heterosexualidad de nadie. Me pregunto qué garantía tendrá mi tendencia sexual, si se me habrá pasado sellarla en la oficina de atención al cliente, si se me joderá alguna vez, cómo haré para arreglarla antes de un nuevo desembolso "tendenciero", . que ser bollo hoy, con esto de la crisis, está, como todo, por las nubes y, sobre todo, cómo conservarla a salvo de las Señoras de Harvey Milk. Y sí, señora, quédese tranquila, que Sean Penn no es ni será nunca del gusto de su hijo el mayor, ya sabe, ese al que, todavía, no le ha conocido ninguna novia y es tan amigo de sus amigos, especialmente de uno. Sí, exacto, de ése, ya sabe de lo que le hablo.
Pienso en el Penn de Pena de Muerte, y me pregunto si esa señora barajó la posibilidad de que el Penn de entonces fuese un asesino. La gente construye realidades pretendidamente temerarias en los rescoldos más anodinos de las mejores ficciones, y no repara en el hecho de que, por más que una historia esté basada en la realidad, no está envasada en ella, y no deja de tener, al fin y al cabo, tantos hilos de unión con ella, como la historia más fantástica e imposible. El capitán Ahab de Melville y su ballena no son, dentro de la ficción, menos reales que el Harvey Milk de Gus Van Sant, pero tampoco lo son fuera de ella.
Claro que, las ficciones también nos atribulan cuanto quieren, y por eso nos llevan, por ejemplo, a contemporaneizar en foros y estanterías, a bukowskies y baudelaires, celebrando el aterrizaje de una Fanfarlo que hace prosa con los agujeros del amor, o al contrario, y que consigue, en algunas líneas, que yo quiera, secretamente -quién no iba a quererlo-, ocupar ese hueco del amor en super ocho -bienvenida, Fanfarlo-. Y es que, al fin y al cabo, como diría Mallarmé: Mon art -como el vuestro- est une impasse. (Mi arte es un callejón sin salida).