Lunes 13 de abril
Empiezo el día no antes de lo previsto, pero sí antes de lo debido, de lo recomendable, antes de cuaquier otra cosa. La carretera se va dibujando infinita en el TomTom, un viaje infinito de dos horas y cuarto, una semana infinita de cinco días -cuatro noches- tercos como mentes primerizas, como novias primerizas, como lunes, primerizos que se concatenan. Conduzco. Pienso en el beso que le le dado a mi amor, que mi amor me ha dado, medio dormida, medio incorporada, medio en estado de vigilia, medio sueño que me besan; pienso en el gruñido de Nemo -siempre gruñe cuando me marcho y no me extraña, yo si fuese él también lo haría-. El día amanece más tarde que yo, eso me alegra, le llevo al menos hora y cuarto de ventaja, y siepre está bien llevarle ventaja a los días, eso hace que los lunes sean un poco menos lunes, y un poco más cualquier otra cosa mejor.
Conduzco y pienso en los besos. Besos y gruñidos. Gruñidos y besos. Tampoco le pido tanto a la semana, joder. Me enfado con Dios, la cago, no tengo constancia alguna de su exstencia. Enfado que cae, como todos en saco roto. Doy cuatro horas de clase, me trago una reunión y paso las migas con dos cafés apresuradísimos, casi inciertos, casi tan nerviosos y breves que siento que aquí, el día está acortando la distancia. Organizo una lectura de los clásicos, alguien me pregunta por el cine experimental y me pongo contenta -jódete, lunes, de nuevo la ventaja es mía-.
Como no demasiado bien, no demasiado nada, dejo que pase la tarde, la velocidad de crucero me da ventaja cuando el terreno es más o menos llano -no soy experta en etapas de montaña, o no todavía, al menos- necesito ver el horizonte, los límites de las cosas, lo limítrofe que está mi cuerpo del suyo, ahora que hablo con ella por teléfono, después del trabajo -el suyo, claro, el mío es estar lejos y alegrarme cuando alguien me pregunta por el cine de autor-; pues eso, que ahora que hablo con ella después del trabajo, recuerdo el mar y los paseos, y una tarde de lluvia torrencial en el que ella -así lo ha confesado- fue feliz para siempre secándose el vestido con mi ropa mojada y un té con leche.
Dejo de tribular. El lunes se acaba. Felicito a iNoe por tener un lunes de la suerte y saboreo mi victoria enfundándome el maillot amarillo. Ostento el título de campeón de los pesos diarios laborales, y llevo una buena racha porque, aunque el lunes me deja un ojo señalado -un orzuelo ha conspirado en su favor- ha acabado claudicando y ha optado, finalmente, por tirar la toalla.