Finales de Agosto, principios de Septiembre. Diario del deseo y la perdida:
Resumen de unas vacaciones de mar.
Hemos llegado a la costa. Se ve el mar desde la terraza. Hago la misma fotografía que todos los años, supongo que siempre espero que cambie algo. Siempre cambia algo; pequeños matices, la luz, las olas, siempre se ven cambios insustanciales. Pienso que es como la vida: los cambios importantes suelen parecer insustanciales.
Me gusta la luz de finales de agosto, le da un aspecto polaroid a todo lo que toca, crea una atmósfera especial, diferente a la del interior. Las siete de la tarde es una buena hora para percibir esa luz, estamos tirados en la playa, desnudos, pasan barcos que entran por la desembocadura, la brisa ondula las duna y crispa el mar. Destellos de mar se filtran por mi retina. Todo es naranja, el sol está tan bajo que casi puedo tocarlo con los dedos. Nemo no para de mirar las dunas, desconfía de los maricas buscones. Se pone alerta cuando les ve otear, hay uno que le cae especialmente mal. Tu cámara de fotos está en las manos de G. G hace fotos, nos hace fotos. Salen los barcos y el faro rojo, salen más nudistas, sale Nemo. Cuando tu coges la cámara, G dice que posa como Ana Obregón. Nos sentamos en la orilla, disfrutamos de no hacer nada.
En la silla, colocada donde mueren las olas, choca el agua, hago chocolate con la arena, hago que la arena se convierta en chocolate, pienso que es un milagro, miro a ver si tengo llagas en las manos, no. Mis manos son manos de agua; soy una medusa que flota por la orilla, me siento más varada que medusa. Disfruto de estar varada. El sol se mete entre las montañas de semidesierto. Echo la arena-chocolate por la pierna y observo como se la lleva el agua. Trasparencias saladas se filtran por mi visión, busco peces, no hay peces, excepto los dos de mi nuca. Rueda la pelota rosa por la arena y Nemo quiere bañarse. Pienso en canciones que me recuerden al verano, hago una banda sonora para este momento, para este diminuto momento que alargo como si saborease un buen vino. Sal en los labios.
Se van cambiando los bañistas nudistas por los pescadores vestidos, recogemos las cosas y andamos despacio por la arena donde rompe el agua. La marea parece estar subiendo, pies de resaca caminan entre las aguas, aparecen y desaparecen como los inventos visuales del diecinueve. Respiro el salitre y dejo que la brisa entre por cada hueco que queda libre después de vestirme.
La desembocadura está ocupada por cañas, gaviotas y demás aves marinas. La mirilla de la caja negra las enfoca. Capturo una que está pescando. Acaricio su lomo con mi caja oscura.
Más naranja sobre las dunas móviles, palmeras, lenguas de gato sobre el suelo, caminos serpenteantes, sigue naranja. Son mejores las puestas de sol en el interior, los colores se expanden. Me acuerdo del sfumatto y de Leonardo, esto no se parece a Florencia. Cierro los ojos y el ruido del motor acurruca mis oídos y los de Nemo. Hoy para él, ha sido un día duro. Pubs y arquitectura efímera que recuerda a Las Vegas. Nunca he estado en Las Vegas. Quiero ir a Las Vegas y besar a Elvis.
Me haces una foto desde el retrovisor. Me pillas haciendo una pompa con el chicle. Surcas lo que ves con la cámara, te has convertido en la caja y todo lo que está pasando en estos diez kilómetros de viaje lo filtras por esa cámara. Luego observaré tus ojos a través de los míos.
Ya tarde, de noche -puede que antes de lo que pienso-,caminamos entre puestos con olores de lugares exóticos. Se venden artesanías tailandesas, cajas de Toledo, figuras de iconografía budista, collares que traen la buena suerte. Me compro dos negros y entre todo lo que queda, elijo un tarro que hace pompas. El resto del camino, estoy tan feliz que oigo los violines que la Rosenvinge no oye. Me echo un nuevo amigo de Kenia que intenta coger mis pompas con sus manos de ébano. Hacemos fotos de jabón.
Los pies caminan hacia Septiembre, Septiembre es un buen mes y, quizás, una buena película.
PD: Un gran libro mil dolores pequeños de Coloma Fernadez Armero