Diario de la pérdida y el deseo; 2 junio
A B, supongo que siempre a B, En junio nació nuestra cintura quebrada Y el vals que no es vienes.
Estoy nostálgica, quizás algo melancólica y puede que triste. No es una novedad, pero hoy me puedo definir así. Me defino así porque, de una manera torpe -y esto sí nuevo para mi-, han empezado a venir recuerdos de la infancia, como dice ese poeta, y no sé muy bien cómo manejarlos. La culpa la tiene el príncipe de Asturias, el premio príncipe de Asturias de las Letras, que ha desatado en mi cabeza un montón de recuerdos infantiles. Y no será porque a Cohen no lo escuche en mi casa, pero ha sido la noticia, la que ha abierto la caja de Pandora, la caja de los recuerdos, y se han empezado a amontonar en mi pequeña cabeza. Lo de pequeña lo digo porque tengo un cráneo muy pequeño para mi estatura, o algo así me dijo el maxilofacial. El caso es que, a modo de corceles -como en ese cuadro simbolista que tanto me gusta- han aparecido; han aparecido los viajes desde el pueblo navarro de mi padre al pueblo castellano de mi madre, por un puerto en el que siempre había nieve y donde daban unos bocadillos de jamón serrano con torta de pan y cocacola que me parecía que estaban buenísimos; ha aparecido también la nieve que nos pilló a mi hermana, a mi madre y a mí yendo por ese mismo puerto con la cinta de Cohen, esa cinta donde cantaba al poeta que luego fue el que tuvo la culpa de mi relación con B. Desde entonces, desde que apareció esa cinta, me enamoré de Cohen y, supongo que desde entonces, si tienen razón los psicoanalistas y los psicólogos, busco que todas mis parejas tengan algo de Cohen, aunque no sean judías.
He recordado también un viaje en el Land Rover a París con un impermeable de plástico blanco que perdí en un hotel de las afueras. Recuerdo que, en ese viaje, mi abuelo me pidió que le dijera, ya de vuelta, los cuadros que había al lado de la Gioconda (si no me equivoco, dos venecianos). No sé por qué, a ninguno nos gustaba la Gioconda especialmente, siempre preferimos a la del armiño. También he recordado el olor a nueces de mi abuelo y el olor a perro mojado; el sabor que tenían las sopas de ajo y el sabor del helado de pistacho en la plaza de Pizza; el color de la bicicleta BH que me regaló mi padre por la comunión, el cocodrilo peluche con el que iba a todas partes y que luego cambié por una Barbie con un vestido muy Dallas; la gata siamesa que me regaló mi abuela después de un crucero por el Mediterráneo; los trajes de noche de mi abuela, sus pendientes…
También recuerdo que el tiempo no tenía la misma velocidad, que una hora era más larga que una hora, que las tardes pasaban despacio en una casa vacía, y que un fin de semana no era viernes, sábado y domingo. He recordado la sensación de que los Reyes no son los padres y la de que todavía existían los milagros. La magia era posible con las varitas de hada. He recordado la sensación de que los veranos no fuesen los tres meses sino un tiempo burbuja, un tiempo de estado permanente. He recordado el nerviosismo que generaban los puentes y la sensación de que el sudor de la frente era solo para los mayores. He recordado cómo contaba el tiempo antes, cuando no había sudor y había magia y vinilos con nombres de chicle; el tiempo se percibía como algo eterno, sin principio ni fin, y los días no eran medida de nada; donde todo estaba cubierto por una imperceptible pátina de eternidad, donde uno no se hacía mayor, sino que se hacía más alto. Entonces yo tenía prisa por ser más alta, con más tetas y unas largas piernas infinitas; tenía prisa por ser rubia…
Recuerdo que el inventarte una historia y escenificarla en un cuarto vacio, creértela en un cuarto vacio era posible y eras, a la vez, la gata de los Mosqueperros, la novia de D’Artacan que se liaba, además, con Amis y blandía una espada contra Richelieu. También podías ser Campanilla, la novia Sherlock Holmes, y ayudarle a deshacer los entuertos del profesor Moriarty o salvar a James Dean vestida de la bruja de Blancanieves al este del Edén. Dejar plantado a Elvis a las doce de la noche olvidándosete el zapato de cristal y, por el camino, encontrarte a Lorenzo Lamas con la Harley, quitarte el otro zapato y rasgarte el vestido para que te dejase conducir la moto y acabar en una secuencia de Bony and Clyde, sustituyendo a Warren Beatty por Paul Newman. Antes cuando todo era posible.